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Carta robada

Cartas bogotanas Tomás Carrasquilla Minimizar

En octubre de 1895 viaja Tomás Carrasquilla a la lejana Bogotá, por primera vez, con 37 años cumplidos y unos pesos debajo del brazo, buscando un editor para publicar su novela Frutos de mi tierra: esa cosa, como le dice con su cariño escueto de autor. Las cartas con el relato de la gran aventura, dirigidas a su familia y amigos, forman un paquete de crónicas burlonas, maledicientes por momentos, libres del pudor que impone el público. Escritas para divertir a los íntimos con algunas exageraciones y agudezas. El viajero sabe que sus resabios de parroquia serán celebrados y que el veneno en su pluma es un anzuelo inmejorable para recibir pronta respuesta. Carrasquilla escribe entonces en uno de sus géneros preferidos: una cháchara de corredor que se encarga pintar paisajes y retratos, lanzar teorías sociológicas y consejos comerciales, admirar la decoración de los salones y hacer caricatura de sus habituales.

Vapor Juan Bernardo Elbers

El diario de viaje comienza con el bramido del tren y el susto del pasajero que no puede más que intentar un bestiario para describir su carroza: “No habíamos acabado de fumarnos un cigarrillo, cuando pitó el animal, y asomó muy lindo, por allá en una vuelta del camino, del tamaño de un perrito. Aquello fue creciendo, creciendo, y, cuando se nos acercó, no me parecía suficiente refugio la casa y el lado de la vía: se me antojaba que no iba a caber por ahí y nos iba a destripar. Cerquita de la casa se demoró a beber agua en un tanque que hay allí, y entonces pude examinarlo bien por fuera. Qué cosa tan hermosa y particular”. Luego del encuentro con la bestia vendrá el sosiego del carro, “una delicia por lo fresco y veloz”, y para el remate, ya en puerto, la vista de los vapores sobre el Magdalena: “…atisbando en el balcón del hotel, veo que sube río arriba, con mucha pausa, una cosita como iglesia de muñecas. ‘¡Vapor abajo!’, principia a gritar la gente… La vista de esa cosita tan enorme y tan bella sí me puso arrozudo”. Le esperan dos jornadas de río, fatigosas a pesar de “sus islotes tan poéticos y sus orillas encantadas”, cotidianas y comunes de tan leídas en las páginas de los viajeros. Pero Carrasquilla es hombre con suerte y pronto encontrará un teatro inmejorable para entretener las tardes y las noches de sofoco en la proa del Juan Bernardo Elbers: La compañía italiana de Opera Azzali se dedica a la opereta tropical entre pañuelos y abanicos. “Eran ventiún machos y catorce hembras, con las vestimentas más raras y diversas. Unos muy galanes y otros hechos un chocambre; mientras la Montagnini -la belleza de la compañía- se paseaba en las puras enaguas por todo el vapor o lucía batas de seda y encaje, andaban otras de zaraza y poncho.” Ya se advierte el ojo zumbón con el que Carrasquilla mira al prójimo: los italianos no son más que un zamberío feo y alborotador, glotón hasta la nausea y con la mira torcida como única cualidad: “Un caimán, una tortuga, una garza eran motivo para guacharaquiar media hora. Sacaban rifle y revólver, pero ni caimán ni pájaro pudieron matar por más bala que echaban.”

Luego de cinco de días de viaje Carrasquilla está recorriendo las “vejeces, rinconadas y callejones” de Honda, conmovido con el estilo tan raro y original que muestra la ciudad, casi dolido de no tener los alientos de poeta para describir sus aires romancescos. Pero muy pronto encontrará una voz adecuada para esa orilla de puentes, conventos y ruinas: “Una belleza digna de ser cantada por Bécquer”.

Estación de La Sabana 1910Terminado el tiempo de las operas de río y las líricas de puerto, Carrasquilla deberá ser caballero en un mulo amarillo para remontar Guaduas, Villeta y entrever La Sabana. “Trepando siempre y caracolenado por en medio de unas formaciones de cerros muy violentas, y tan pedregosas y bellas que parecen ciudadelas de piedra, nos pusimos en el Aserradero y se nos presentó La Sabana. Bonita y risueña en los comienzos, se desprende de unas colinitas muy esponjadas y redondas, pero luego se va volviendo muy pesado aquello y muy monótono.” Son las primeras puyas para el paisaje cercano a la capital: los ranchos torcidos, la falta de árboles y el ganado luctuoso que no blanquea, sumados a cuatro días de cabalgadura, hacen que Carrasquilla recuerde con saña el medio día de su arribo: “…esa altiplanicie tiene un sello de tristeza fea y aburridora.”

Nada que no pueda resolver el lujoso coche de primera que lo llevará hasta Bogotá y el remolino de la estación. “Aquello es un mundo de cachacos y cachacas al estilo parisién… Qué gentío, qué movimiento; el chinerío voceando periódicos, peleando por sacar equipajes, ofreciendo carruajes y comestibles; la novelería de la gente, el palpitar vertiginoso de la gran ciudad, lo entuntuman y lo aturden a uno.” Así va Carrasquilla en su calesa rumbo al Hotel Europa en la calle Florián, embelesado en la ventana, admirando ese país exótico y abigarrado que describe con una sorpresa y una distancia que hace pensar que hubiera llegado al Tibet y no a la ciudad del Águila Negra. Por su primera carta sabemos que su habitación tiene vista a los cerros famosos, pero su ojo de señora minuciosa se dedica a describir las sillas de tripé verde, los nocheros y la cama de nogal “con mucha talla y pulimento”, el aguamanil extranjero y el botón eléctrico para llamar.

En la segunda carta, luego de una semana, el carácter ingenuo, fisgón, burletero y parroquial del visitante capitalino ha aflorado por completo. Carrasquilla moquea, tose y comienza a componer las postales de la metrópoli. En blanco y negro por supuesto: “Bogotá es la ciudad de los contrastes y de las contradicciones; parece un rebrujo de cosas lindas, nuevas y preciosas, y de vejeces, basuras y porquerías. Hay pedazos en donde le parece a uno que es en Europa en donde está, y hay otros que son como cosa de ‘Guanteros’ o ‘El Niguateral’… Junto a un pisaverde en traje parisién, una india asquerosa de sombrero de caña y mantellina que fue de paño; junto a un grupo de damas elegantísimas y lujientas, la montonera de chinos andrajosos y mugrientos, junto a un landó tirado por hermoso tronco de caballos y conducido por cochero de guantes y sombrero de copa, el carro de basura o los burros con los candolos de leche”. Esa ciudad vestida de negro, ocupada en un continuo andareguear de las mujeres en las iglesias y de los hombres en las cantinas y los cafés, embotada con el paso de los animales y el trajín de las ruedas, ha perdido el lustre de los primeros días y ahora fastidia con un ruido parejo los oídos del visitante: “como cosa de molino cuando está moliendo”. Las fatigas del provinciano hacen que Carrasquilla compadezca a los habitantes de Londres o París, obligados a soportar trajines más brillantes y más ruidosos.

Los periódicos capitalinos saludan al ilustre literato antioqueño y las casas de mostrar le abren sus puertas. Carrasquilla se dedica a “merendar” y a mirar de reojo, a ponderar los geranios en los patios y a cargar contra el exceso “de adornos y cositas falsas” en los salones. Todo le parece de una elegancia pasada y discutible, camina con una especie de admiración asquienta en las casas de sus anfitriones. Y se puede decir que agradece las ceremonias y las cortesías que le prodigan, pero muy pronto se da cuenta que asiste a escenas repetidas bajo un telón rebuscado: “Por lo demás, los mismos temas bobos, la misma chismografía, y el mismo comadreo de Medellín”.

Calle Real 1900

A la hora de la comida llegan las verdaderas sorpresas. Carrasquilla come sin demasiado entusiasmo mientras añora las arepas y la mazamorra de su pueblo, se queja de la carne y de la cantidad de “aves, pescados, frutas, cremas y dulces” que llegan a su mesa. “Esta si es gente de tripa ancha”, escribe, mientras sus vecinos se atragantan del pan con toda la mantequilla que haya en la mesa, de los rábanos y las alcachofas, de las lechugas y las remolachas. Sin dejar ni brizna.

Pero no todo ha sido ir de puerta en puerta y besar la mano de las señoras. En los exteriores Bogotá se encarga de lucir sus joyas más preciadas y el visitante de abrir bien la boca. Si Carrasquilla hubiera podido tomar algunas fotografías en ellas estarían sin duda El Capitolio, El Teatro Colón, el Bolívar de Teneranni, las bicicletas y la gran plaza de mercado. Hablando de esas 5 maravillas se puede ver a un visitante feliz de estar en Bogotá. Tanto que debe advertir a sus corresponsales su lealtad por la tierra: “Por lo que estoy contando se figurarán que estoy muy encantado. Pues no: siempre me hace mucha falta mi gente, y en medio de este bureo y embolate continuo, siento nostalgia por la quietud de mi parroquia”. A falta de fotos aquí están los bocetos que dejó Carrasquilla sobre los asombros bogotanos. Luego de asistir a la inauguración del Teatro Colón, donde la compañía Azzali se dedicó a representaciones más clásicas que las mostradas en el vapor, Carrasquilla convierte la ópera en su ocupación preferida. Tres veces ha ido al Colón y no ha cumplido dos semanas en Bogotá. No extraña entonces su memoria de folleto para hablar de ese teatro que es un sueño: “Tiene 105 palcos y 104 focos de luz eléctrica en figura de glicinia. Las filas segunda y tercera están sostenidas por cariátides doradas…la cuarta fila o sea el paraíso está sostenida por quimeras, los antepechos están adornados con medallones que tienen caras hermosísimas en bajo relieve…” Y así, recorriendo todas las filas hasta llegar a los frescos deslumbrantes del cielo y los encantos del telón traído desde Italia. El teatro y la función de la sociedad bogotana distraen a Carrasquilla de los dramas mayores: “Tres veces he estado en el gran teatro, en Hernani, Aida y Rigoletto; pero ni cuenta me he dado de la ópera y los cantantes por ver el teatro y la concurrencia; pues los hombres van de frac y de flor en la solapa.” Para las damas y sus flores tampoco no hubo ojos.

Carrasquilla no tiene problemas en juntar en una misma carta las bellezas de la ópera y el Teatro Colón, con sus perfumes y sus plumas de tornasol, con el mundo de verduleras y matarifes de la Plaza de mercado. Su segundo gran descreste capitalino, porque no sólo de lirismo vive el hombre. “No se imagina uno como puede juntarse tanto qué comer, ni como puede haber quien se puede jinchir ese mundo de cosas. La sección de legumbres y yerbas causa vértigo; en la de aves se venden gallinas, patos, gansos, pavos, piscos, perdices, pichones, palomas, y me parece que hasta el Espíritu Santo; en otras venden cangrejos, peces vivos, que se rebullen en los canastos de un modo que ataca los nervios, anguilas, bagre, dorada… El mercado de menudencias de cuchino es de los más curioso y original:, los vendedores y las vendedoras, que son las más, usan traje especial compuestos de uno como camisón muy blanco y aplanchado y de un gorro o turbante blanco también, con cintajos y adornos de colores, con cuentas y plumas. En unas partes venden cabezas, en otras pezuñas, en otras morcilla; aquí un rimero de costillas; aquí las lonjas enrolladas de tocino; acullá los cueros para los famosos chicharrones.” Y así continúa el exaltado desfile gastronómico, hasta describir las tripas rellenas de manteca como si fueran bejucos que todo lo enredan.

Capitolio 1895Luego vendrá la caminada por la Plaza de Bolívar, donde el Capitolio a medio hacer lo hace soñar con el Partenón, por severo e imponente, y la pequeña estatua del libertador, que en ese tiempo miraba al sur, le impone una pequeña ronda de admiración. Después de los deleites estéticos y culinarios aparece una gran sorpresa tecnológica: la bicicleta. Carrasquilla dice sentir envidia frente a los “tipitos” que ruedan por las calles y se duele su edad y su gordura como impedimento para montar en “esas ruedas”: “Otra cosa que me ha encantado mucho y son las bicicletas (no sé cómo se escribe). Qué delicia ver esa gente resbalando en esas ruedas con esa suavidad, esa delicadeza, esa rapidez y esa gracia”.

Pero el escritor no está de paseo en la capital y muy pronto las cartas comienzan a hablar de los detalles de su embajada. Que se largó a caminar de imprenta en imprenta y que aunque está comprobada su ineptitud para todo lo que sea negocio, su acuerdo con la del Señor Rivas ha sido tenido con un gangazo por los entendidos. “Lo creo con mi confianza de Carrasquilla”. Es momento de que las cartas se dediquen más a los números que a las letras. Sus cuentas dicen que está un poco descuadrado por los “adornitos y perfiles” que ha tenido que comprar para ponerse a punto de señor medio regular. De modo que ahí va Tomasito, como él mismo se llama, estrenando sombrero y botines, buscando colocación en una pieza menos lujienta que la del Hotel Europa que le cuesta 35 “riales” diarios. Y aunque se declara cicatero dice que no llegará hasta buscar casa de asistencia en compañía de estudiantes. No sería sitio para el ilustre visitante que aparece en la revista La época en compañía de toda la bohemia literaria de la capital, “con todo y descripción, muy ponderativa y encomiástica”. Por lo lados de la “grande obra” las cosas marchan a gusto: ya han salido tres pliegos de la imprenta y todas las personalidades literarias que han leídos adelantos de Frutos de mi tierra se desbordan en elogios. Incluso dice que en Bogotá ha encontrado mayor ambiente para su novela que en la misma Medellín. Pero la capital y sus modales no dejan de inspirarle muchas dudas: “Lo recibo con la indiferencia e indolencia que uso en todo. También hay que convenir que esta gente bogotana es capaz de lamberle a un mendigo”.

Ya fuera del Hotel Europa, viviendo en una casa montada con todo y cocinera, en la calle 12 entre carreras séptima y octava, a una cuadra de la Plaza de Bolívar, frente al Café Madrid, Carrasquilla se dedica en las tardes a ver pasar el cachaquería desde su balcón con “tres puertas de cristales. “Esta esquina -la primera de la calle Real- es el mentidero de todos los cachacos ociosos, que aquí son muchos, y desde las seis hasta las ocho de la noche se llena de chismosos”. Chismes y ocio describen bien la tarea del propio Carrasquilla en Bogotá. Visto desde la calle, acodado en el balcón, podría pasar por cachaco y ser uno más que camina y da lengua de acera a acera. Mientras salen los dos mil ejemplares de la “cosa” Tomás sigue ocupado en la ópera, en alguna comedia y en dos centros periodísticos-literarios donde contesta lista todos los días. Con el único objetivo, según parece, de componer un mosaico de retratos entre grotescos y presumidos.

Paseo Usaquén 1894Los dos oficiantes principales de las tertulias le parecen tan sencillotes como grandilocuentes. El uno se sienta en el lugar y la postura de Víctor Hugo pero si acaso ha leído a Tolstoi y a Galdós y dice que Zolá le parece muy poca cosa. Para el remate le hace un dibujito: “Es muy aindiado y de tipo vulgarote en grado sumo”. Así que muy pronto Carrasquilla desecha los elogios que ese Doctor Roa le ha entregado a su “obrilla”. El otro, el Doctor Grillo, es un poco más contrahecho y más torpe de palabra y obra: “una criatura menuda, ojos de sapo, desairado y un poco encogido de actitudes. Habla con cierta bobería y simpleza, y es a ratos muy enfático y conceptuoso, y a ratos muy tímido y vacilante”. Los demás, los que apenas tienen voz en los tertulias, son torpes e insulsos, con aire de bachilleres gomosos y con rosquillas en la capul. Sólo un piropo deja caer Carrasquilla para uno de sus compañeros de “miseriucas y pequeñeces” de todas las noches. Un “repórter” de apellido Burgos a quien le elogia su muy bonita cabeza luego de resaltar su lambonería y su mucho culo.

Pero el visitante se niega a creer que la tontería ambiente sea cosa de la testuz de sus amables anfitriones y encuentra razones científicas para disculparlos. Porque no todo puede ser ladridos e insidias. Una pequeña fábula de Rafael Pombo sirve para que Carrasquilla pueda entender cómo los supuestos genios hablan siguiendo la cuerda de párrocos o del mismísimo Sansón Carrasco. La teoría causa pasmos en Carrasquilla y en los que intentamos verlo en silencio, por encima del hombro, mientras escribe sus cartas: “Produce esta tierra de Bogotá un ‘entutumamiento’ raro, no sólo en el forástico, que, como yo, viene de una parroquia, sino en los extranjeros y en los mismos habitantes de la ciudad…El fenómeno se lo explica Don Rafael Pombo, a quien he tratado mucho, diciendo que debido a la altura de la ciudad, el corazón trabaja mucho, y que, a más de esto, el abuso de la papa -que aquí es verdadero abuso- produce no sé qué fenómeno en el cerebro, que, si no soy víctima de él, llaman afasia o cosa así en la jerga técnica…sea así o asá, es lo cierto, Pachito, que aquí se nota en uno mismo y en casi toda la gente cierta dificultad para expresarse, y algo como impropiedad en frases y en palabras.” A la hora de cumplir con sus labores de corresponsal bogotano la afasia retrocedía y Carrasquilla recobraba su locuacidad de crítico a la siniestra de Dios padre.

José Asunción Silva, miniatura de MoscosoPero todavía faltan los retratos de los grandes hombres, porque la “blanquería” que trató y conoció Carrasquilla en sus cuatro meses de aplausos en la capital fue completa. Pobre de la efigie de los poetas de cartilla y pedestal en las manos del gracioso descuartizador. Para Rafael Pombo, a quien le cree sus cuentos científicos y a la vez le trata de loco, no hay compasión: “Don Rafael Pombo es las ruinas de Herculano: una curiosidad arqueo-antropológica. ¡Qué desencanto! No está tan viejo para tanta chochez: debe ser algo de tocamiento. ¡Si lo vieras disertar sobre un remedio que ha descubierto para los hombres que no sirven… Y luego esa figura de mico vestido, que le ayuda.” La juventud no sale mejor librada que los achaques del pobre viejecito: “José Asunción Silva…¡¡¡Virgen de la Trinidad, mi querida madre!!! ¡Ese si que es el tipo de los tipos, y la cosa particular! Es un mozo muy bonito, con bomba de para arriba, y muy crespo él y barbón. Hazte de cuenta ‘El Buen Pastor’ de las Señoras González. ¡Pero no te puedes suponer una bonitura más fea ni más extravagante! Es muy culto y muy amable; pero con una cultura tan alambicada y una amabilidad tan hostigosa que se puede envolver en el dedo, como cuenta Goyo del dulce de duraznos de Santa Rosa. Modula la voz como dama presumida, y, sin embargo, no tiene nada de adamado. Anda como un huracán, pero con mucho compás”.

Será Julio Flórez quien despierte los halagos atragantados de Carrasquilla. Al comienzo lo moldea en cera esmerilada, con cejas y bigotes como de gente pintada y no de “gente de verdá”, y unos dientes tan blancos que parecen azules y unas ojeras violadas que se encargan de acompañar sus ojos negros centelleantes. Unas líneas más tarde el tono del escultor da paso al de la señora enamorada: “En toda esa figura tan idealmente hermosa y varonil, hay no sé qué de triste y enfermizo que encanta y ofusca al mismo tiempo…Bástete saber que le oí recitar una poesía inédita titulada ‘Víctor Hugo’, y me dejó enfermo: toda la noche me la pasé viendo al hombre”. El bohemio irredento, el poeta de verás loco, ha fascinado al novelista moderado, al honrado hombre de su casa: “Dicen que las mujeres se mueren por él y lo mantienen. No las culpo”.

En sus caminadas, en sus quietudes en las habitaciones con botón eléctrico, en las tertulias y los paseos de vuelo largo hasta Chapinero, se nota como Carrasquilla mira a Bogotá con el recelo de quien teme ser seducido por apariencias y volutas. Todo el tiempo está defendiéndose de una ciudad con alma de bruja que quiere hacerlo renegar de la religión de sus nostalgias. “También estoy muy amañado; pero no les de miedo que roncée mucho y que me ranche aquí, como hacen muchos. No soy tan tonto así para no ver que no puedo y no debo hacer eso, y, además estoy muy viejo para dejarme alucinar por espejismos. Me contento con disfrutar el espectáculo.” Así que el corresponsal bogotano salta constantemente de los elogios a las injurias, según Bogotá amanezca embozada o luminosa. Un día dice que las mujeres capitalinas son muy bonitas, aunque todas iguales, y al siguiente les pinta bigotes y dice que después de los cuarenta todas barban que es un horror. Y cuando se descubre ensalzando a las gentes bogotanas reacciona con el necesario desdén: “…Pero en fin, la cuestión es que uno gusta siempre de los bonito, aunque por dentro sea basura, como los ramos de Tulia”.

Luego de dos meses en la ciudad del “progreso herético” Carrasquilla parece tener clara sus conclusiones. Ha hecho un largo y desordenado inventario de pecados y virtudes. Le encanta la compostura del público en los teatros y detesta el luto perpetuo de las mantillas y los sobretodos, cuervos y más cuervos; admira a los niños capitalinos y sus cachumbos de ángeles y se duele de las torres de la Catedral levantadas a la diabla; se marea con el tono de los voceadores de periódico y se inclina ante los altares sociales que se levantan en las casas de sus anfitriones. Una carta a su abuelo Tista y su tía Mercedes tiene las sentencias definitivas: “Pasada ya la primera impresión y la novelería consiguiente, me parece que puedo decirte lo que es la gran capital, así a rasgos generales. Decididamente, Bogotá es una ciudad muy fea, según mi modo de verla. Es una vieja emperifollada a quien los adornos empeoran. La piedra real e imitada de los edificios, el apeñuscamiento de las casas, la poca amplitud en todo, le dan un aire deslucido. El sol es aquí un astro enfermo que no alumbra, el aire no vibra, ni las campanas suenan; pero ni las flores perfuman nadita. El color dominante es uno de mugre o de polvo; el pantano es negro, y negro el gentío en las calles. En fin, niña: ¡es una ciudad de medio luto, o un entierro en forma de ciudad!”.

Plaza Bolívar finales siglo XIX

Es lógico que el peregrino, en medio de su cansancio, se entusiasme con las diatribas a su hogar de paso. Carrasquilla es un especialista para crecer la espuma displicente de sus comentarios, su pluma va tomando impulso, su tono sube y es fácil imaginarlo cerrar sus frases con el punto de una sonrisa maligna.

Pero el escritor primerizo fue recibido con amabilidad y pulcritud, su libro despertó entusiasmo y no simple curiosidad y el trato galante de los bogotanos sirvió como hilo para mover a la capital, para lograr que esa señorona de medio luto tuviera sus encantos espirituales a los ojos del visitante. Por eso luego de su diatriba contra la cara y la joroba de Bogotá viene una pequeña loa para su alma: “Sino fuera por el carácter de la gente, esta tierra volvería a uno neurótico del todo. Es al contrario de Medellín, que alegra por el aspecto material, y entristece por los cristianos.” El Bogotá social es el mayor descubrimiento del viajero, el espectáculo lo deslumbra más que el sonado escenario: “Lo que sí vale es el Bogotá social. Esto sí se necesita de verlo, sentirlo y olerlo, y merece el viaje. Lo curioso es que no son ni más sabidos ni más grandes que nosotros, sino que tienen por allá una tiza de los más fácil y natural, que no me parece nada trabajosa de coger.”

Monserrate 1895Solo la escalada hasta el inhóspito cerro de Monserrate, en un camino de grutas y altares humildes en cada curva, le permite al explorador una vista deslumbrante de la capital. Así quería Carrasquilla ver a la gran ciudad, lejana y silenciosa como un recuerdo, inocente como los pequeños altares campesinos ordenados con floreros como un dedal y diminutas canastas de paja y añicos de loza. Años más tarde, en un cuento, describirá esos barrios del pie de la montaña como “una bandada dispersa de perdices”. Por ahora es su pequeño homenaje a la capital que sirve de pañuelo blanco para su despedida: “¡Qué paisaje, mis queridos, tan hermoso y tan melancólico a la vez! Ni un rancho se pierde; aquel mar de casas, aquellas iglesias, se ven como de carey empañado, las sabanas se extienden lisas y verdosas como la mesa de un billar desteñido. Tan sólo los cercos de tapias y tal cual ringlera de eucaliptos interrumpen aquella lisura”.

Es posible verlo señalar la ciudad con un bastón largo y torcido, como quien las toca y la mide con una vara.

Panorámica Bogotá 1895


* Este artículo apareció originalmente en la edición N° 292 de la Revista de la Universidad de Antioquia

  

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