Por Santiago Andrés Gómez
Dogma
95 es un decálogo cinematográfico, no a la manera
existencial y cifrada del gran largometraje de Kieslowski, sino
en el modo escueto y normativo con que estipula unos principios
que provienen directamente de la Nueva Sensibilidad de Handke y
Wenders, de la Nueva Ola de Bazin y Godard, del Neorrealismo Antropomórfico
de Visconti y Zavattini, todos movimientos inspirados en maestros
como fueron Erich von Stroheim en el esplendor del cine mudo de
Hollywood, Jean Renoir mientras el Realismo Poético francés
y, aunque sea difícil de creer, Orson Welles y sus más
insólitos discípulos de respiración contenida
en el cine americano de posguerra: Nicholas Ray, Samuel Fuller,
el mítico e intemporal Cassavetes... Y por supuesto, en el
proyecto que Dogma asume y sugiere, están los términos
iniciales de todos los documentalistas, como intencionado precepto:
de Lumière, Flaherty y Grierson a Wiseman, Depardon y Wenders,
pero sobre todo el Cine Ojo de Vertov, el Cine Verdad de Rouch y
el Cine Directo de los hermanos Maysles.
Lo
especial de Dogma 95 es que parece ser, no sólo como documento,
sino en la práctica, quintaesencia de lo que todos los cineastas
mencionados han buscado en nombre del cine: un hombre; ellos lo
habrían suscrito, pues, o sea que Winterberg, von Trier y
sus amigos, quienes redactaron el manifiesto e integran el colectivo
que lleva el mismo nombre, son sus amanuenses, de algún modo,
o amanuenses de un solo espíritu que los halla sueltos en
el aire de la vida, desnudo o verdadero y que es una mujer vista
por Zonca en La vida soñada de los ángeles, un obrero
escuchado por Ken Loach en Riff Raff, un punkero tocado por Víctor
en No futuro, y a quien también conocen, gratamente, Maurice
Pialat en Francia, Mike Leigh en Inglaterra, Tsai Ming Liang en
Taiwán. Así pues, Dogma 95 no sólo proviene
de una escuela que tiene sus raíces en la naturaleza íntegra
del cine sino que además ésta cuenta con otros representantes
en la actualidad, a cuyos descubrimientos Dogma se debe y ha sublimado
con su radicalismo en el mismo sentido en que Stroheim fue consciente
de los mismos hallazgos que Jasset y otros realistas, poco antes,
plasmaron sin saber desarrollar.
Si
la búsqueda de ese hombre que dejaban ver las primeras imágenes
nada más por su irrefutable objetividad ha sido un péndulo
constante entre el documental y la teatralización, nadie
había llegado tan lejos en sus propuestas como los daneses
del Dogma, hay que decir que por razón de que sus posibilidades,
a la vez, nunca habían sido tan amplias para desenmascarar
o parir la realidad. Seamos honestos: de no existir el video, Dogma
95 no sería un manifiesto muy distinto a las posiciones morales
que establecieron el cine cubano a partir del Neorrealismo o el
cine checoslovaco después de la Nueva Ola francesa, y sin
los matices ideológicos y culturales de manifiestos como
el de Oberhausen o como la Estética del Hambre de Rocha o
el Cine Libre de Anderson. El video es, a la vez, un nuevo cine,
técnicamente, como lo fue el cine de los años sesenta
con el advenimiento del formato de 16 mm y del sonido directo, y
un nuevo cine, moralmente, como indicó el Neorrealismo que
fuera todo movimiento posterior.
Ahora,
con aquella perspectiva, el retrato del ser humano es más
preciso, más profundo e íntimo, permite un uso impúdico
de la luz natural, del encuadre invisible, y comporta, pues, riesgos
mayores, responsabilidades novedosas, para actor y equipo de rodaje.
Estas responsabilidades y ventajas tienen que ver con el desarrollo
del lenguaje del cine y, por lo tanto, con el concepto de verdad
fílmica. Para contar una historia, Méliès debió
confinar el cinematógrafo de Lumière en un teatro.
Griffith, al tiempo que Stiller y Sjöström en Suecia,
aprovechó la cámara para grabar más de cerca
los actores y filmar en exteriores y atenuó de tal modo los
artificios teatrales ingeniándose una verdad fílmica
que Stroheim depuró con exigencias salvajes filmando siempre
en lugares de verdad, desiertos, pueblos apartados, y que Renoir,
con el sonido, terminó de conformar. A ellos les siguió
el Neorrealismo, que, como política, sacó las cámaras
a la calle. Orson Welles, al mismo tiempo, demostró que el
montaje era un arma que, si Griffith utilizó para compaginar
los planos cercanos con los lejanos, podía volverse contra
el espíritu interno de la película, pues era un truco
necesario, pero ya rutinario.
El
plano secuencia, la puesta en escena, fueron revalorados por Welles
y la Nueva Ola vio en ello el método por excelencia de respeto
a la verdad filmada, como condición previa para cualquier
verdad fílmica: es decir, que la filmación sea casi
documental, aunque después en el montaje la acción
se edite, se recorte, se falsee. Ese es el camino extraño
que va de Ciudadano Kane a Sin aliento. También es el que
lleva de Sin aliento a La celebración, al Dogma 95. Tanto
la Nueva Ola como la Nueva Sensibilidad - que es la parte del Nuevo
Cine Alemán más cercana a nuestro asunto - sintieron
en el actor el ejemplo máximo de la realidad filmada, su
clímax.
Bresson y Tarkovski y Dreyer también lo vieron así
desde un principio, pero por eso renegaron siempre del resto del
cine como algo teatral y buscaron lo suyo creando un tipo de actuación
que, por supuesto, era sumamente estilizada, despojada. Winterberg,
von Trier, como el Wenders de Alicia en las ciudades o de En el
transcurso del tiempo, buscan, nada más, que lo que se vea
sea verdad.
Aquí
es donde decimos que el video era necesario para hablar de una transfiguración
del cine. Cuando Dogma 95 dictamina que no importa el formato con
el cual se registre una película, quieren decir que la película
existe en un punto exterior al cine, tanto al celuloide como al
mismo video. Oliver Stone, combinando formatos en Asesinos por naturaleza,
quiso mostrar esa realidad ajena a nuestra propia historia, a nuestra
propia perspectiva. El proyecto de la bruja de Blair, por su parte,
anula la cámara como narración, de manera semejante
a la manera como Brecht y otros dramaturgos anulan, junto con la
ilusión de la cuarta pared, el concepto de realismo teatral.
El caso es que, si bien el video permite grabar la luz de las velas,
dejando el actor a oscuras, éste nunca deja de actuar. Si
el video permite llevar la cámara a donde la película
sucede, ésta debe suceder en virtud de una historia escrita
o, mínimamente, de unos personajes o situaciones ya existentes.
Luego, la diferencia entre Bresson, Winterberg y, por decir un caso
extremadamente opuesto a ambos, Alfred Hitchcock o Santiago Álvarez
el documentalista, no es una diferencia sustancial porque cada película
tiene su noche.
Emir
Rodríguez Monegal, en su ya clásico artículo
sobre la relación entre teatro y cine, decía que Elsinor
era la misma tierra fantasmal en Hamlet, la película de Olivier,
y en el drama de Shakespeare. Espacio ajeno a nuestras palabras,
existe la verdad del arte en un espacio limítrofe entre el
sueño y la carne. Dogma 95, surgido cien años después
del cine, cuando la inquietud por su vigencia lo exigía,
no podrá, con su exaltación de la carne, decidir por
todos nosotros lo que ya era un hecho con la aparición anterior
del video y, por supuesto, de la realidad virtual. Por ello son
necesarios dogmas mil, para el cine de terror o de reconstrucciones
históricas, por ejemplo, el cual, por este genial capricho
danés, ya parece que no cuenta. Este Dogma 95 nos acerca
a otra narración, otro cine u otra literatura dramática,
que en su misma raíz es una forma impura, definida de modo
abstracto y estrictamente conceptual, que para su avance deberá
imponer y contradecir sus propios mandatos. No es de extrañar
que sus mismos creadores desobedezcan sus compromisos y firmen sus
películas, los muy herejes. Sólo Kieslowski es Dios.
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