Por
Maria del Rosario Escobar
En
los primeros meses del 2001 la polémica continuará
en Santafé de Bogotá, en el 38 Salón Nacional
de Artistas.
Cuando
el ambiente está frío y extrañamente no se
escuchan las mismas críticas a los mismos personajes es
porque cierteramente han pasado casi dos años del último
Salón Regional y como es normal, una niebla de olvido ha
caído. Ahora, nuevamente la escena está candente.
Que
el recorrido es soso, que esta ciudad no aguanta tantos lugares
de exposición, que el arte dio un paso atrás, que
todo tiempo pasado fue mejor; son argumentos que ahora se ventilan
pero que cansadamente se han repetido una y otra vez desde hace
nueve versiones.
Desde
mayo de este año, cuando los vientos del Regional se acercaban,
los representantes de un grupo de instituciones se reunieron en
las salas del Museo de Arte Moderno para aceptar una convocatoria
que ya se había repetido en otras zonas del país,
en donde tuvo éxito según los espectadores.
Con
la presencia del Metro de Medellín y las propuestas de
los jóvenes artistas de descentralizar el arte se llegó
a una conclusión: de cualquier forma esta convocatoria
tendría que ser abierta a la ciudad. Por lo tanto, la primera
decisión fue vincular a las salas de arte locales para
que se realizara un circuito artístico nunca antes visto
que comprendiera el trabajo en equipo y la búsqueda de
nuevos ojos, es decir, llevar el arte a públicos vírgenes.
Lo demás era ya trabajo de los artistas.
Tal
vez por este tipo de convocatoria fue que, como pocas veces se
ha visto, se presentaron más de 200 propuestas de la Zona
Antioquia. Lo que siguió fueron jornadas de cuatro horas
de selección de obras, en las que se escogieron 87 artistas
con más de cien piezas.
Hasta
ese momento, e inclusive el día de la inauguración,
al parecer el arte fue una fiesta. Lo que vino después
fue llover sobre mojado. A pesar de la satisfacción del
Ministerio, de un grupo de artistas y críticos, fueron
muchas las voces que se levantaron en contra de este Salón
Regional, tal vez el último que veremos; sus detractores
lo calificaron como una resultante de las anomalías del
arte local, sobre todo en la manera como sus protagonistas de
siempre estuvieron nuevamente en escena.
Pero
cuando el espacio de la crítica se hace a través
de acusaciones de plagio, volantes anónimos que acusan
el trabajo de un artista, el público que critica entra
a hacer parte de ese ambiente enrarecido que odia y de las causas
que han hecho de esta ciudad una de las más controvertidas
del país en las artes plásticas y al mismo tiempo
una de las más cerradas.
Infortundamente
de lo que menos se habla después de un evento como éstos
es de Arte. Se mencionan nombres, actitudes, intereses; las obras
pasan a un segundo plano y sólo importa señalar
una identidad.
La
obra ganadora Vademécum, una instalación de Libia
Posada, logró imponerse a pesar de las dificultades que
enfrentó en el espacio asignado en el Museo de Arte Moderno.
Esta artista antioqueña, venida de la medicina, nos enfrenta
a la evasión, a las salidas de emergencia que nos presenta
la química ante la física de la violencia, ante
los ojos ciegos, la marginalidad.
El
segundo puesto lo obtuvo Marta Lucía Ramírez con
una pintura que hurgaba en la pared del Museo -sorpresivamente
encontró el rojo en viejas capas de pintura- las huellas
de cuerpos anónimos y cabezas inclinadas y ocultas, que
simulan filas de hombres fusilados, de seres que esperan.
Recibieron
mención de honor las obras Aguas del Grupo Urbe, y Cubetas
del Dorado de Jorge Ortiz. La primera, realizada por Gloria Posada
y Carlos Uribe es la materialización de un poema, de una
evocación del agua del Río Medellín. Las
nueve barcas, dispuestas en forma de diamante sobre las aguas
turbias de suelo y una fotografía de la corriente cristalina
que este afluente es cuando nace, ofrecen una visión que
nos enfrenta con otro Río, el que también le pertenece
a los areneros que recorren el cauce de estas aguas muertas.
Por
su parte, Jorge Ortiz, fiel a su visión de la fotografía
sin oscuridad, llena de luz y de descubrimientos, presentó
un collage dorado realizado a partir de la reacción controlada
de químicos sobre placas de MDF.
Este
Salón Regional nos deja sabores dulces, como la posibilidad
de realizar un evento en el que se cuente con más de dos
mil espectadores; la realización de un evento en el que
varias instituciones trabajaron en equipo (está comprobado
que el trabajo cultural es una labor en conjunto); y el cumplimiento
del objetivo sincero y claro en el esquema de un Salón
Regional: hacer un sobrevuelo sobre el estado del arte. Igualmente
un arte que demuestra una manera de abordar la violencia sin estridencias,
con un interesante manejo de los medios, la exploración
en la fusión de sus límites, el abordaje del cuerpo
y una nueva vitalidad puesta en la cotidianidad de lo urbano.
Lo
que queda y que hace tan pesado y lento este evento no fue lo
que él propuso sino la manera como la ciudad en sí
fue toda un Salón, estuvo en exposición y no ha
pasado al discernimiento. Tal vez tengamos otros dos años
con más de lo mismo.