At Buffalo

   
Introducción
   
 
 
Cruz Mauricio Correa:

Comunicador Social de la U.P.B.

Jaime Andrés Ramírez

 
He salido de Colombia para aprender el inglés y vine a Buffalo porque un tío me acogió en su hogar. Esta ciudad es silvestre, arborizada y posee una brisa parejita todo el tiempo; sin embargo, he tenido problemas por lo difícil del idioma; pero como dicen Nancy e Iván, mis tíos, debo aprovechar el verano para soltar la lengua y debo posponer la computadora y las películas para el invierno.

A pesar de todo, he decidido hacerlo gradualmente y llevar siempre conmigo un mapa y algunas monedas para llamar por si algo. Primero recorrí los alrededores del barrio, en otra ocasión salí de shopping, y ya hasta compré algo: una pipa. Paulatinamente he ido conociendo, al tiempo que escucho los diálogos de la gente y procuro no huirle a conversar.

Otra vez, por ejemplo, aconsejado de Nancy, a quien le gusta la música y el baile, fui al centro en busca de un lugar para una cerveza. Llevaba un par de datos: la calle Delaware es la principal en la noche y no es la única con esta clase de vida.

-Oh, ya... -dijo Iván con su acento colombo-americano- te puedes bajar luego de que el tren sale a la superficie. Es un bulevar muy bonito, te va a encantar...

-It'sverinais -agregó Nancy- It'sverinais! -enfatizó.

-Oh, sí ya, ya... -continuó mi tío- vas a ver, restaurantes tranquilos, ambiente calmado... lo que te gusta hijo, por ahí tu caminas... -hizo una pausa- dos bloques adelante hacia el norte... ¡ oh, ya. Esa es Delaware!

Encontré una calle bohemia repleta de carros suntuosos estacionados. Con tiendas de antigüedades, bares románticos, restaurantes pequeños y oscuritos; no obstante en el punto donde la tomé no oí nada tentador. Mejor camino hacia el centro y si alguna cosa, no problem, me quedo -pensé-. Nada de nada, atravesé esa zona rosa y luego por calles parecidas y espaciosas, con asustadores vehículos parqueados entre las casas silentes -parecían deshabitadas- y juguetes tirados en los antejardines, como si todos se hubieran marchado de repente y con prisa. Seguro están en el Burger King -pensé- y me reí conmigo.

Luego de unos veinte minutos me topé con un lote de vida nocturna ligeramente más sencillo que Delaware. No lo encontré por azar, minutos antes había escuchado a lo lejos una canción de Salsa y me dejé guiar. La quería de cerquita y así llegué a La Luna, una discoteca frecuentada principalmente por los del West Side y por aquellos americanos enamorados de la cultura hispana; mejor dicho, caribeña, para ellos la misma cosa.

No decidía si entrar o antes probar alguna de las diferentes cervezas que ofrecen las tiendas, cuando vi parquearse en la acera del frente una camioneta vieja y destartalada. La detallé porque aquí son más comunes los último modelo. A los gringos parece que les gusta mucho conducir, lo hacen desde los diez y seis años y he visto manejando a personas de bastante edad, incluso enfermos con sondas y máscaras de oxigeno.

Precisamente un hombre muy mayor vino en el carro. Bajó. Depositó unas cuantas monedas en el parquímetro. Puso un seguro de varilla al volante. Guardó en sus bolsillos unas botellas de agua. Escogió uno, entre tres sombreros de campesino mexicano que traía. ¿Cuál motivo tuvo para hacerlo? -me pregunté.

- ¡Wasap! - (What´s up!) Gritó alegre saludando a Soho (el bar de yuppis más popular de la cuadra), no supe a quien por estar pendiente de releer las palabras del hombre de la camioneta. La cabeza se me ha vuelto un tablerito en el cual armo lo que tengo que decir antes de decirlo y en el cual escribo lo que escucho para traducirlo cuando no lo entiendo al instante.

El señor del carro estaba en contraste con lo visto durante la tarde y retuvo mi atención porque sacó un estuche de instrumento musical. Supuse tocaba en el sitio a donde había saludado. Mientras el tránsito y el bullicio creció en cinco minutos, bajó una silla -con restos de pintura de mil colores- y tres baldes, tan deteriorados como el estuche, los sombreros, su ropa y su barba. Por la larga fila de autos casi no podía verlo, entonces fui por una cerveza. 

Él puso a tambalear mi plan de encerrarme cuando en la esquina diagonal a la cual estaba yo, descorchando mi bebida y elevado oyendo una conversación en inglés, armó una especie de corral-escenario. La silla contra la pared y rodeada por los baldes, con espacio para caminar cómodamente entre ella y éstos. Bebió agua. Destapó el estuche. Vi un saxofón largo e impecablemente conservado. Empezó a alistarlo, en ese momento miré al interior de los establecimientos y los sentí aburridores. Nada como un concierto en la calle.

De lo más gustador del verano en esta tierra es el sol. A las cuatro y media de la tarde se hace el rogado y hasta las diez no oscurece. Ese día, pasadas las 8 y media p.m. alumbraba como si la vida fuera una película sepia. Al tiempo, el músico ambulante organizaba su espectáculo. Tuve ganas de acercarme, de entablar una conversación o de invitarle a una cerveza, o algo. Mi experiencia me ha mostrado que si uno pide que le repitan y le hablen lento la charla fluye. Pese a esto fui poco arriesgado y como trabaja con la boca, deduje, no le interesaría una conversación, sobre todo ahora que la gente estaba volcándose por manadas al área.
      

 

Jaime Andrés Ramírez

Mejor, mientras él finiquitaba todo, seguí pendiente de cómo habla la gente y saqué mi pipa nueva y mi tabaco colombiano, fuerte y el cual siempre aspiro aunque el humo de pipa no se aspira. La taquié y noté que ésta se parece a un saxo, extendida hacia abajo y con la cacerola en forma de corneta-embudo. Aquí me quedo... él fumaría su instrumento yo tocaría pipa. Le di fuego, y me reí de las bobadas que a uno se le pasan por la cabeza.

Cuando entonó varias veces seguidas las primeras notas y reconocí una melodía popular latina, me encantó más el programa. Sin preocuparme si estaba permitido o no, ahí mismo, tomé asiento y du du du blim gu gum blim gu gumm; aunque no pudiera recordar el nombre de la canción, la tararié.

Estábamos en el cruce de la West Chippewa con la calle Franklin, sitio que en un pasado de opulencia fue la zona de tolerancia de esta fría y planísima ciudad y el cual hace nada fue rescatado por el judío propietario de La Luna como nuevo sector de rumba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Andrés Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Andrés Ramírez 

  
         

    
Esta intersección no sólo vende Salsa. Después de las ocho de la tarde todo tipo de música retumba y por lo tanto el señor de la camioneta, o cualquier músico ambulante, tiene que enfrentar la mezcla de músicas tiradas a la calle. Arrojadas para enganchar gente y para crear un ambiente de vida nocturna. En todas las ciudades es semejante (bueno, sí hay diferencias). En Buffalo, en el verano, son terrazas, patios, balcones o miradores y corrales sin paredes. La gente baila, bebe, se muestra y observa el movimiento. Todos los lugares ponen en la barra, el único espacio con sillas, el partido de baseball de la jornada. El saxofonista podría ver el juego desde su esquina, en una de las pantallas de Soho, si no tuviera que trabajar y si no disfrutara tanto interpretar esa canción, de la cual repite, repite y repite el principio, intentando pescar peatones.

El sector es vigilado por agentes en Harleys tan bullosas como las de los visitantes de los locales de Trance y Disco (Zoo y Cocodrille) y quienes, igual que los uniformados, no se hastían de pasear por la zona tronando los motores. Los policías parecen clientes -policemen Harleys customers, se debe decir-, pues aparte de ver circular una y otra vez por las mismas tres cuadras las mismas tres limosinas alquiladas lo que hacen es comer pizza, lucir las motos, tomar café y ganarse el dinero (lo más importante para los gringos).

Esta ciudad parece un gran escenario dejado por una productora de una película muy americana. Ya se han ido las cámaras y los dólares, pero parece olvidaron estas construcciones estandarizadas; aunque al sur vivan solamente negros, al occidente, contra el lago, los traviesos caribeños y en los suburbios los económicamente más pudientes.

De acuerdo con esta generalidad el hombre de la camioneta debe vivir en el sur. Sé por Nancy que allá hay una organización racista, no pueden ver un blanco; además en otras partes de Buffalo existen grupos xenóbofos y hay que correrles si te los topas. En todo caso no soy paranoico con la discriminación, debe ser -como dice Iván, quien lleva 30 años aquí- porque no entiendo muy bien el idioma.

Mientras veía al músico ganarse su dinero sin descansar ni para comer, me puse a pensar lo que le indagaría si habláramos. Si, como a todos, le gusta el helado, con seguridad el que suda caramelo, sí. Si desayuna con donas y café claro o con café descafeinado, y si tiene como todos un vaso-termo para beberlo de la donería a su casa y al trabajo.

Le preguntaría si le gustan los hot dogs y cuántos se ha comido seguidos; creo que no muchos porque no es muy gordo. A lo mejor él agregaría que especialmente los prepara en el jardín de su casa durante esta estación y cuando, al menos acá, meten a los niños en piscinas de plástico y los adultos beben cerveza (la canadiense es la más popular) y contemplan las flores, casi todas besitos, sembradas en el verano para que sólo duren el verano. Está automatizado, el frío se las va a llevar desde mucho antes de hacerse nieve y no importa si vivís en el mismo centro del lago o en algún suburbio. Ni una sola hoja sobrevive.

Seguramente como Nancy y casi todos a quienes les he preguntado opinan que el otoño es la estación más linda en este lugar entre Canadá y los Estados Unidos, frontera que unos traviesamente aprovechan para pasar personas sin visa de un lado a otro (¡Bingo!). Antes del invierno -me han dicho- son los meses más hermosos en este sitio cercano a un pueblito de cultivos sembrados y recogidos clandestinamente por indocumentados, la mayoría se quedan toda la vida haciéndolo. Sin papeles, sin aprender un cacahuete de inglés y sin problemas con migración porque al americano no le gusta trabajar la tierra y alguien tiene que hacerlo pues. Son semanas de bufanda y elegantes chaquetas en este poblado que construyó aviones para los aliados y quienes pusieron el dinero para producir todo lo no reciente en esta ciudad con nombre de bestia rancia; con venados en las carreteras rurales y patos, ardillas, liebres y gaviotas en los ríos y las calles.

El Erie, me han dicho mis tíos, de enero a principios de la primavera, cuando los barcos rompedores de hielo pueden empezar trabajo, viene siendo como una gran roca de hielo a un pequeño vaso de gaseosa, es fácil de entender hasta para alguien que no domine el idioma y por lo tanto no hay necesidad de mencionar la ventisca ni las tormentas generadas por el lago desde octubre.
Jaime Andrés Ramírez

Si el saxofonista y yo habláramos, pensé, me podría enterar si también sonríe para las fotos de documentos -como los demás estadounidenses- y si usa sandalias de niño en los meses de la mitad del año. La vida, la parte más divertida de la película, el milagro para que la gente se broncee hasta en los porches de las casas y la única esperanza para soportar los aparatosos abrigos, los guantes, los interiores largos y térmicos y lucir falditas, pescadores, sisas y cortos.

A la media noche en el cruce de la Chippewa con Franklin la gente desfilaba de un lado a otro, pasando por encima de mí y ya no pude practicar más robándoles los diálogos. Aparte de mi mal oído en inglés, el trago venía enredándoles la lengua. Alguien me preguntó, viéndome papel y lápiz, que si he encontrado la inspiración. Escuetamente le di un no como respuesta. Lástima mi corto vocabulario, si no le hubiera entregado mi opinión completa sobre las musas.

Al momentico de eso, me acordé que mi tía, igual a mi mamá, se preocupa cuando no me he reportado. La maternidad es una. Hice la fila para el teléfono. Marqué. Se alegró al oírme. Me encargó comer y cuidarme del viento. Le pregunté por mi tío, me dijo que estaba dormido. Seguramente -supuse- preparó su Café Diablo, cuando lo hace queda fatigado. Nos despedimos. Apenas colgué sentí cansadas mis rodillas y preferí quedarme de pie.

Caminé de arriba a abajo el sector. Era otro más que se pasa buscando a donde ir o yendo a todas partes. Tenía algo de hambre, lastima... sólo conseguís perros calientes y pizza (de peperonni). Pasé junto al músico. Me saludó. Lo saludé. Ya tenía alguito de dinero en los baldes. En uno lo recibe y en los otros dos lo clasifica por monedas y billetes y volví a caer en cuenta que él tampoco había comido. Sólo agua. Me animé entonces a comprar dos pedazos de pizza para llevar, uno para mí y otro para entregárselo cuando termine su número; pero no paraba y me senté junto a él y sin darme cuenta terminé tamboreando en mis muslos sus sonidos. Sonrió. A lo mejor pensó que yo también soy músico.

Mientras yo comía reflexioné que él es un hombre amistoso y tiene una buena relación con los clientes. Lo saludan, sea desde los carros o desde las aceras y los balcones de los bares. Whasap! Además lo vi como el gran protagonista de esta película sin otro director que el libre humor de cada cual, quien los hace, como en toda las fiestas, lucir algo: sea una limosina o una moto o un tatuaje o -simplemente- el novio o la novia o la ropa o la moda del verano 2000: la patineta del diablo y los pircing de colores fosforescentes.


Un rato después me atreví a más, aproveché que él me agradeció su pizza para intercambiar cuatro palabritas, sólo entendí las primeras frases de sus intervenciones. Eso sí, le descubrí su candonga de oro, igual al de sus incisivos, opaca. Y así fue pasando el tiempo, mientras él clasificaba el dinero, mientras tomaba agua, mientras comía, mientras hacía sonidos destemplados, graves y cómicos despabilando a los peatones que pasan de un bar a otro, desprevenidos u ocupados en el celular. El tiempo se fue mientras nos reíamos juntos.

Durante las últimas horas de la rumba no sólo yo le hacía corrillo, fuimos varios quienes lo escucharon cerrar la fiesta. Larga noche porque aquí las normas no obligan a irse a una hora establecida y puede la gente rumbiar 24 horas si quiere; pero hasta las cuatro y 30 está bien, no más tatuados ni tatuadas ni motocicletas ni yuppis, ni siquiera los traviesos del West Side. Sólo el saxofonista y sus últimos clientes.

A esa hora ya se ve cansado, aunque pudo haber aguantado sin comer. Es su trabajo y sabe cómo hacerlo. A lo largo de la noche tomé dos cervezas, de las que nunca había probado; toqué varias veces mi pipa; espié conversaciones; escribí algunas cosas, para que no se me olviden por si decido compartir la experiencia con alguien, y le eché cabeza al nombre de la canción con la cual el hombre de la camioneta mantiene su espectáculo en guardia.

En todo caso, lo más importante fue haber estado frente a frente. Él tirando su anzuelo, yo mirándole. En eso se la pasó sin ceder un punto, por más que la gente no lo determinara al principio.

La jornada entera regaló esas notas pegajosas y escritas a una mujer suramericana y, como la mayoría de ellas -si son lindas-, con una curvilinealidad sensual. Toda la noche esos acordes los cuales una vez agarrado el cliente transforma hábilmente en otra canción (sacada a oído entre semana, supe después), suben de volumen, silenciando a los bares. Y toca hasta el espectador retirarse o hasta cuando la melodía finaliza. Las monedas, recibe el aplauso y se despide con su alegre What´s up!

Se tejió la amistad mientras la calle se hizo de gente desconocida: luego de su vehículo haber llamado mi atención, de haber escogido sombrero y haberse compuesto los tenis de bota, el pantalón caqui de bolsillos anchos y su desgastada camisa azul claro.

Cuando recogía sus cosas me dijo el nombre de esa canción. Yo no podía identificarla; aunque sea una fácilmente reconocible para alguien nacido en Latinoamérica, así no tenga una cultura musical como la de mi tía quien, según Iván, tocaba el clarinete en "Nancy no", un grupito de taberna en los setenta. El hombre de la camioneta me repitió varias veces el título, pero sólo fui capaz de entenderle una palabra: girl. Nos pudimos haber quedado toda la vida intentándolo y no se hubiera podido. Ahí es cuando me da duro el inglés. Le pedí que por favor me deletreara las otras palabras y me contestó que no sabe como se escriben y se río para contarme que en la calle no voy a encontrar mucha gente que sepa deletrear, yo le dije que en español también es difícil escribir sin errores. Únicamente con exponerle las tildes hubiera quedado convencido.

- Noproblem -le dije en últimas.

Ofreció llevarme y yo le contesté que no era necesario. Me gusta caminar. Me volvió a dar gracias por la comida.

- Siyiuleirer - agregó, antes de encender su auto.

- Okei - le respondí y se fue.

Yo arranqué de regreso entre las calles explayadas y de muchos carriles, pasando por algunas de esas tiendas que abren 24 horas -así no haya quien compre en la madrugada- y con parqueaderos atrás (en la parte central de la manzana). Mientras el viento se hacia rocío, caminé tratando de descifrar las palabras del saxofonista. Fue inútil.

Al otro día desperté con la misma melodía en mis oídos. Pensé que estaba mi cerebro traumatizado y me levanté, pero no. Efectivamente sonaba y fui a la fuente de sonido: el equipo del comedor. Tomé la caja del cd. Mi tío servía el almuerzo, tacos mexicanos en Ivan's Gourmet Salsa (su invento más cotizado). Las palabras que no le entendí al músico fueron: The, from, Ipanema. The girl from Ipanema era el nombre y lo leí varias veces en voz alta con alegría.

- ¿Te gusta? -me preguntó y yo asentí en silencio- Oh, ya, es un clásico... oh, ya, sabes, a veces un poco de música si estoy cocinando. A veces -aclaró- oh ya... no todas las veces ¡no creas! Relaja.

Me enteró de que Nancy se lo regaló y ya eran varios años sin escucharlo. Luego puso a hacer café y me preguntó mis planes para la tarde, yo le expliqué que escribir algún mail y hacer mi homework para la escuela. También le dije de la noche anterior.

Él me habló de la tradición jazzista de Buffalo, de un tal Al Tinney y de los deliciosos bares que se pueden visitar en el sur, y que un día de estos le dirá a la tía que me lleve. Volví a leer el título de la canción.

-Ahora bien, tómate tu café y cuando almuerces, sí puedes irte entonces a la computadora.

-Noproblem -le respondí.

Me serví un café -como siempre- negro, grande y sin azúcar y reinicié The girl from Ipanema para disfrutarla entera.