Esta intersección no sólo vende Salsa. Después
de las ocho de la tarde todo tipo de música retumba y por lo
tanto el señor de la camioneta, o cualquier músico ambulante,
tiene que enfrentar la mezcla de músicas tiradas a la calle.
Arrojadas para enganchar gente y para crear un ambiente de vida nocturna.
En todas las ciudades es semejante (bueno, sí hay diferencias).
En Buffalo, en el verano, son terrazas, patios, balcones o miradores
y corrales sin paredes. La gente baila, bebe, se muestra y observa
el movimiento. Todos los lugares ponen en la barra, el único
espacio con sillas, el partido de baseball de la jornada. El saxofonista
podría ver el juego desde su esquina, en una de las pantallas
de Soho, si no tuviera que trabajar y si no disfrutara tanto interpretar
esa canción, de la cual repite, repite y repite el principio,
intentando pescar peatones.
El sector es vigilado por agentes en Harleys tan bullosas como las
de los visitantes de los locales de Trance y Disco (Zoo y Cocodrille)
y quienes, igual que los uniformados, no se hastían de pasear
por la zona tronando los motores. Los policías parecen clientes
-policemen Harleys customers, se debe decir-, pues aparte de ver
circular una y otra vez por las mismas tres cuadras las mismas tres
limosinas alquiladas lo que hacen es comer pizza, lucir las motos,
tomar café y ganarse el dinero (lo más importante
para los gringos).
Esta ciudad parece un gran escenario dejado por una productora de
una película muy americana. Ya se han ido las cámaras
y los dólares, pero parece olvidaron estas construcciones
estandarizadas; aunque al sur vivan solamente negros, al occidente,
contra el lago, los traviesos caribeños y en los suburbios
los económicamente más pudientes.
De
acuerdo con esta generalidad el hombre de la camioneta debe vivir
en el sur. Sé por Nancy que allá hay una organización
racista, no pueden ver un blanco; además en otras partes
de Buffalo existen grupos xenóbofos y hay que correrles si
te los topas. En todo caso no soy paranoico con la discriminación,
debe ser -como dice Iván, quien lleva 30 años aquí-
porque no entiendo muy bien el idioma.
Mientras veía al músico ganarse su dinero sin descansar
ni para comer, me puse a pensar lo que le indagaría si habláramos.
Si, como a todos, le gusta el helado, con seguridad el que suda
caramelo, sí. Si desayuna con donas y café claro o
con café descafeinado, y si tiene como todos un vaso-termo
para beberlo de la donería a su casa y al trabajo.
Le
preguntaría si le gustan los hot dogs y cuántos se
ha comido seguidos; creo que no muchos porque no es muy gordo. A
lo mejor él agregaría que especialmente los prepara
en el jardín de su casa durante esta estación y cuando,
al menos acá, meten a los niños en piscinas de plástico
y los adultos beben cerveza (la canadiense es la más popular)
y contemplan las flores, casi todas besitos, sembradas en el verano
para que sólo duren el verano. Está automatizado,
el frío se las va a llevar desde mucho antes de hacerse nieve
y no importa si vivís en el mismo centro del lago o en algún
suburbio. Ni una sola hoja sobrevive.
Seguramente como Nancy y casi todos a quienes les he preguntado
opinan que el otoño es la estación más linda
en este lugar entre Canadá y los Estados Unidos, frontera
que unos traviesamente aprovechan para pasar personas sin visa de
un lado a otro (¡Bingo!). Antes del invierno -me han dicho-
son los meses más hermosos en este sitio cercano a un pueblito
de cultivos sembrados y recogidos clandestinamente por indocumentados,
la mayoría se quedan toda la vida haciéndolo. Sin
papeles, sin aprender un cacahuete de inglés y sin problemas
con migración porque al americano no le gusta trabajar la
tierra y alguien tiene que hacerlo pues. Son semanas de bufanda
y elegantes chaquetas en este poblado que construyó aviones
para los aliados y quienes pusieron el dinero para producir todo
lo no reciente en esta ciudad con nombre de bestia rancia; con venados
en las carreteras rurales y patos, ardillas, liebres y gaviotas
en los ríos y las calles.
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El
Erie, me han dicho mis tíos, de enero a principios
de la primavera, cuando los barcos rompedores de hielo pueden
empezar trabajo, viene siendo como una gran roca de hielo
a un pequeño vaso de gaseosa, es fácil de entender
hasta para alguien que no domine el idioma y por lo tanto
no hay necesidad de mencionar la ventisca ni las tormentas
generadas por el lago desde octubre.
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Si el saxofonista y yo habláramos, pensé, me podría
enterar si también sonríe para las fotos de documentos
-como los demás estadounidenses- y si usa sandalias de niño
en los meses de la mitad del año. La vida, la parte más
divertida de la película, el milagro para que la gente se
broncee hasta en los porches de las casas y la única esperanza
para soportar los aparatosos abrigos, los guantes, los interiores
largos y térmicos y lucir falditas, pescadores, sisas y cortos.
A la media noche en el cruce de la Chippewa con Franklin la gente
desfilaba de un lado a otro, pasando por encima de mí y ya
no pude practicar más robándoles los diálogos.
Aparte de mi mal oído en inglés, el trago venía
enredándoles la lengua. Alguien me preguntó, viéndome
papel y lápiz, que si he encontrado la inspiración.
Escuetamente le di un no como respuesta. Lástima mi corto
vocabulario, si no le hubiera entregado mi opinión completa
sobre las musas.
Al momentico de eso, me acordé que mi tía, igual a
mi mamá, se preocupa cuando no me he reportado. La maternidad
es una. Hice la fila para el teléfono. Marqué. Se
alegró al oírme. Me encargó comer y cuidarme
del viento. Le pregunté por mi tío, me dijo que estaba
dormido. Seguramente -supuse- preparó su Café Diablo,
cuando lo hace queda fatigado. Nos despedimos. Apenas colgué
sentí cansadas mis rodillas y preferí quedarme de
pie.
Caminé
de arriba a abajo el sector. Era otro más que se pasa buscando
a donde ir o yendo a todas partes. Tenía algo de hambre,
lastima... sólo conseguís perros calientes y pizza
(de peperonni). Pasé junto al músico. Me saludó.
Lo saludé. Ya tenía alguito de dinero en los baldes.
En uno lo recibe y en los otros dos lo clasifica por monedas y billetes
y volví a caer en cuenta que él tampoco había
comido. Sólo agua. Me animé entonces a comprar dos
pedazos de pizza para llevar, uno para mí y otro para entregárselo
cuando termine su número; pero no paraba y me senté
junto a él y sin darme cuenta terminé tamboreando
en mis muslos sus sonidos. Sonrió. A lo mejor pensó
que yo también soy músico.
Mientras yo comía reflexioné que él es un hombre
amistoso y tiene una buena relación con los clientes. Lo
saludan, sea desde los carros o desde las aceras y los balcones
de los bares. Whasap! Además lo vi como el gran protagonista
de esta película sin otro director que el libre humor de
cada cual, quien los hace, como en toda las fiestas, lucir algo:
sea una limosina o una moto o un tatuaje o -simplemente- el novio
o la novia o la ropa o la moda del verano 2000: la patineta del
diablo y los pircing de colores fosforescentes.
Un rato después me atreví a más, aproveché
que él me agradeció su pizza para intercambiar cuatro
palabritas, sólo entendí las primeras frases de sus
intervenciones. Eso sí, le descubrí su candonga de
oro, igual al de sus incisivos, opaca. Y así fue pasando
el tiempo, mientras él clasificaba el dinero, mientras tomaba
agua, mientras comía, mientras hacía sonidos destemplados,
graves y cómicos despabilando a los peatones que pasan de
un bar a otro, desprevenidos u ocupados en el celular. El tiempo
se fue mientras nos reíamos juntos.
Durante las últimas horas de la rumba no sólo yo le
hacía corrillo, fuimos varios quienes lo escucharon cerrar
la fiesta. Larga noche porque aquí las normas no obligan
a irse a una hora establecida y puede la gente rumbiar 24 horas
si quiere; pero hasta las cuatro y 30 está bien, no más
tatuados ni tatuadas ni motocicletas ni yuppis, ni siquiera los
traviesos del West Side. Sólo el saxofonista y sus últimos
clientes.
A
esa hora ya se ve cansado, aunque pudo haber aguantado sin comer.
Es su trabajo y sabe cómo hacerlo. A lo largo de la noche
tomé dos cervezas, de las que nunca había probado;
toqué varias veces mi pipa; espié conversaciones;
escribí algunas cosas, para que no se me olviden por si decido
compartir la experiencia con alguien, y le eché cabeza al
nombre de la canción con la cual el hombre de la camioneta
mantiene su espectáculo en guardia.
En todo caso, lo más importante fue haber estado frente a
frente. Él tirando su anzuelo, yo mirándole. En eso
se la pasó sin ceder un punto, por más que la gente
no lo determinara al principio.
La
jornada entera regaló esas notas pegajosas y escritas a una
mujer suramericana y, como la mayoría de ellas -si son lindas-,
con una curvilinealidad sensual. Toda la noche esos acordes los
cuales una vez agarrado el cliente transforma hábilmente
en otra canción (sacada a oído entre semana, supe
después), suben de volumen, silenciando a los bares. Y toca
hasta el espectador retirarse o hasta cuando la melodía finaliza.
Las monedas, recibe el aplauso y se despide con su alegre What´s
up!
Se tejió la amistad mientras la calle se hizo de gente desconocida:
luego de su vehículo haber llamado mi atención, de
haber escogido sombrero y haberse compuesto los tenis de bota, el
pantalón caqui de bolsillos anchos y su desgastada camisa
azul claro.
Cuando recogía sus cosas me dijo el nombre de esa canción.
Yo no podía identificarla; aunque sea una fácilmente
reconocible para alguien nacido en Latinoamérica, así
no tenga una cultura musical como la de mi tía quien, según
Iván, tocaba el clarinete en "Nancy no", un grupito
de taberna en los setenta. El hombre de la camioneta me repitió
varias veces el título, pero sólo fui capaz de entenderle
una palabra: girl. Nos pudimos haber quedado toda la vida intentándolo
y no se hubiera podido. Ahí es cuando me da duro el inglés.
Le pedí que por favor me deletreara las otras palabras y
me contestó que no sabe como se escriben y se río
para contarme que en la calle no voy a encontrar mucha gente que
sepa deletrear, yo le dije que en español también
es difícil escribir sin errores. Únicamente con exponerle
las tildes hubiera quedado convencido.
-
Noproblem -le dije en últimas.
Ofreció
llevarme y yo le contesté que no era necesario. Me gusta
caminar. Me volvió a dar gracias por la comida.
-
Siyiuleirer - agregó, antes de encender su auto.
-
Okei - le respondí y se fue.
Yo
arranqué de regreso entre las calles explayadas y de muchos
carriles, pasando por algunas de esas tiendas que abren 24 horas
-así no haya quien compre en la madrugada- y con parqueaderos
atrás (en la parte central de la manzana). Mientras el viento
se hacia rocío, caminé tratando de descifrar las palabras
del saxofonista. Fue inútil.
Al otro día desperté con la misma melodía en
mis oídos. Pensé que estaba mi cerebro traumatizado
y me levanté, pero no. Efectivamente sonaba y fui a la fuente
de sonido: el equipo del comedor. Tomé la caja del cd. Mi
tío servía el almuerzo, tacos mexicanos en Ivan's
Gourmet Salsa (su invento más cotizado). Las palabras que
no le entendí al músico fueron: The, from, Ipanema.
The girl from Ipanema era el nombre y lo leí varias veces
en voz alta con alegría.
-
¿Te gusta? -me preguntó y yo asentí en silencio-
Oh, ya, es un clásico... oh, ya, sabes, a veces un poco de
música si estoy cocinando. A veces -aclaró- oh ya...
no todas las veces ¡no creas! Relaja.
Me
enteró de que Nancy se lo regaló y ya eran varios
años sin escucharlo. Luego puso a hacer café y me
preguntó mis planes para la tarde, yo le expliqué
que escribir algún mail y hacer mi homework para la escuela.
También le dije de la noche anterior.
Él
me habló de la tradición jazzista de Buffalo, de un
tal Al Tinney y de los deliciosos bares que se pueden visitar en
el sur, y que un día de estos le dirá a la tía
que me lleve. Volví a leer el título de la canción.
-Ahora
bien, tómate tu café y cuando almuerces, sí
puedes irte entonces a la computadora.
-Noproblem
-le respondí.
Me
serví un café -como siempre- negro, grande y sin azúcar
y reinicié The girl from Ipanema para disfrutarla entera.
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