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Si usted prefiere puede ir directamente al cuento de Orrego, aunque
siempre estará invitado a este pequeño preámbulo
donde podrá encontrar algo dedicado al género o al
ejercicio de escribir en general.
De
una reunión en 1939, en las barrancas de San Isidro, salió
la idea de escribir un cuento entre tres que recreara la curiosa
condición del "literato sin obra". El cuento tendría
como protagonista a un joven literato de provincia que, en la búsqueda
de la supuesta obra de un escritor ya muerto, encuentra en su lugar
una lista de preceptos escritos de su propia mano. La lista justificaba
aquella obra inexistente y, para el lector quedaría expuesta
la "la imposibilidad de escribir con lucidez absoluta",
así lo cuenta Adolfo Bioy Casares en sus memorias. De la
idea del cuento quedó nada más que esa lista, redactada
por Bioy y los otros dos contertulios: Silvina Ocampo y Jorge Luis
Borges. Así dice:
En
literatura hay que evitar:
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Las
curiosidades y paradojas psicológicas: homicidas por
benevolencia, suicidas por contento. ¿Quién ignora
que psicológicamente todo es posible? |
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Las
interpretaciones muy sorprendentes de obras y de personajes.
La misoginia de Don Juan, etcétera. |
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Peculiaridades,
complejidades, talentos ocultos de personajes secundarios y
aun fugaces. La filosofía de Maritornes. No olvidar que
un personaje literario consiste en las palabras que describen
(Stevenson). |
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Parejas
de personajes burdamente disimiles: Quijote y Sancho, Sherlock
Holmes y Watson. |
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Novelas
con héroes en pareja. La dificultad del autor consiste
en: si aventura una observación sobre un personaje, inventará
una simétrica para el otro, abusando de contrastes y
lánguidas coincidencias. Bouvard y Pécuchet. |
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Diferenciación
de los personajes por manías. Cf.: Dickens. |
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Méritos
por novedades y sorpresas: trick-stories. La busca de lo que
todavía no se dijo parece tarea indigna de un poeta de
una sociedad culta; lectores civilizados no se alegrarán
en la descortesía de la sorpresa. |
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En
el desarrollo de la trama, vanidosos juegos con el tiempo y
con el espacio. Faulkner, Priestley, Borges, Bioy, etcétera.
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El
descubrimiento de que en determinada obra el verdadero protagonista
es la pampa, la selva virgen, el mar, la lluvia, la plusvalía.
Redacción y lectura de obras de las que alguien pueda
decir esto. |
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Poemas,
situaciones, personajes con los que se identifica el lector. |
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Frases
de aplicabilidad general o con riesgo de convertirse en proverbios
o de alcanzar la fama (son incompatibles con un discours cohérent). |
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Personajes
que pueden quedar como mitos. |
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Personajes,
escenas, frases deliberadamente de un lugar o época.
El color local. |
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Encanto
por palabras, por objetos. Sex y death-appeal, ángeles,
estatuas, bric-á-brac. |
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La
enumeración caótica. |
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La
riqueza del vocabulario. Cualquier palabra a la que se recurre
como sinónimo. Inversamente. Le mot juste. Todo afán
de precisión. |
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La
vividez de las descripciones. Mundos ricamente físicos.
Cf.: Faulkner. |
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Ambientes,
clima. Calor tropical, borracheras, la radio, frases que se
repiten como estribillo. |
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Principios
y finales meteorológicos. Coincidencias meteorológicas
y anímicas. Le vent se lève!... Il faut tenter
de vivre! |
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Metáforas
en general. En particular, visuales; más particularmente
agrícolas, navales, bancarias. Cf.: Proust. |
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Todo
antropomorfismo. |
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Novelas
en que la trama guarda algún paralelo con la de otro
libro. Ulysses de Joyce. |
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Libros
que fingen ser menús, álbumes, itinerarios, conciertos. |
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Lo
que puede sugerir ilustraciones. Lo que puede sugerir filmes. |
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La
censura o el elogio en las críticas (según el
precepto de Ménard). Basta con registrar los efectos
literarios. Nada más candoroso que esos dealers in the
obvious que proclaman la inepcia de Homero, de Cervantes, de
Milton, de Molièr. |
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En
las críticas toda referencia histórica o biográfica.
La personalidad de los autores. El psicoanálisis. |
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Escenas
hogareñas o eróticas en novelas policiales. Escenas
dramáticas en diálogos filosóficos. |
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La
expectativa. Lo patético y lo erótico en novelas
de amor; los enigmas y la muerte en novelas policiales; los
fantasmas en las novelas fantásticas. |
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La
vanidad, la modestia, la pederastia, la falta de pederastia,
el suicidio. |
Según
Bioy, a los pocos a quienes leyeron la lista manifestaron disgusto
(ella sola, sin el cuento alrededor, la hacía parecer como
mínimo pretenciosa), como tal vez no ocurriera hoy si de
antemano se saben sus autores, lo que hace que el juicio considere
más prontamente la ironía como principio del catálogo;
el problema, sin embargo, sigue teniendo una vigencia indudable.
En sus memorias, Bioy comenta la experiencia de la lista dentro
de una pregunta propia que él mismo se planteaba en la década
de los treinta, cuando lo superaba su inquietud hacia la vanguardia.
Entre ese momento y hoy, con lo mucho que se ha agotado en la búsqueda
de una nueva literatura a través de la innovación,
el catálogo redactado por los entonces jóvenes escritores
cobra una validez más fundamental que su significado de época.
Para quien quiere escribir, el desaliento de lo ya hecho, por así
llamarlo, no es ningún misterio. Es un momento recurrente
donde la página en blanco se llena de obras leídas,
y éstas a su vez se ven como caminos ya recorridos o puertas
cerradas por seres más calificados que quien intenta escribir.
Bioy, Borges y Silvina Ocampo, con cientos de lecturas encima y
memorias prodigiosas (como la de Borges o la de Funes), trataban
precisamente ese íntimo problema de quien escribe y muestran,
a partir de la contradicción, que siempre queda esa otra
cara que hallar a través de la ironía. Finalmente
puede escucharse en voz baja una invitación a escribir desde
la primera necesidad. Había toda una obra por delante.
Esta
lista puede encontrarse tanto en la versión de Bioy Casares
(la aquí reproducida a partir de Adolfo Bioy Casares, Memorias,
Tusquets, 1994) como en la de Borges, que es acaso más sintética
y bien enumerada, pero esencialmente igual. Curiosamente, Lauro
Zabala en su libro de recopilación "Teorías de
los cuentistas" (UNAM, 1997), la refiere como "Dieciséis
consejos para quien quiera escribir libros", escrita por Borges
y retomada de una reunión "hacia 1948" con los
mismo contertulios (evidentemente se trata de la misma reunión).
Zabala cita como fuente la revista El viejo topo, núm. 20,
de mayo de 1978.
Ahora
sí, pase al cuento de Juan Carlos Orrego para que lo disfrute.
El cuento no es largo y con seguridad encontrará una voz
muy actual en una combinación de buena prosa (clara, precisa,
inteligente) y de búsqueda de eso que no se ve sino con el
ojo que rastrea el alma: cuando las circunstancias acercan la vida
de un hombre a su propia fábula.
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