El trayecto consta de tres partes. En el punto de partida, el acróbata,
con los pies sobre los estribos que reemplazan los pedales, se deja
ir derecho por la pendiente, siguiendo la línea recta que señala
el medio de la trayectoria, que es sólo de un metro de anchura.
Al llegar al bucle ha adquirido toda la velocidad; en este punto se
ensancha bruscamente la vía.
A
medida que sube se va retardando la velocidad, y apenas pasa del punto
culminante con la cabeza hacia abajo, como lo muestra la lámina,
parece que se detuviera.
Pero entonces, y esta es la tercera etapa, entra en el terrible descenso;
parece que se fuera á pique; esto es lo más bonito del
espectáculo.
Será perfecta la salida del bucle si el corredor tiene espacio
suficiente para ir retardando la carrera, pues sale con una velocidad
de más de 80 kilómetros por hora. Esta última parte
de su ejercicio no es menos interesante.
La longitud de la pista es de 100 metros; la parte necesaria para tomar
aliento, es decir, el plano inclinado para entrar en el bucle es de
35 metros. El diámetro vertical del bucle mide 10 metros. Peso
total del aparato 5.000 kilos; la sola bicicleta, dotada de cauchos
llenos, pesa por lo menos 31 kilos.
Matemáticamente se prueba que el truc de esta suerte consiste
sólo en la destreza del artista, su sangre fría y su audacia.
*
Este artículo apareció en el primer número
de la revista Lectura y Arte en julio de 1903. Dicha publicación
la dirigían entre otros Francisco Antonio Cano y Marco Tobón
Mejía. Sin duda Vanderwort, a quien se le llama artista, es un
pionero de los deportes extremos. La lámina que acompaña
el texto fue tomada del periódico parisino L'Ilustration.