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Por
Juan Carlos Orrego Arismendi
Sostiene Pereira 1*,
sostengo yo, es una novela sobre la muerte antes que política.
Durante la dictadura (1933-1968) de António de Oliveira Salazar
en Portugal, el señor Pereira, redactor de la página
cultural de un modesto periódico lisboeta, contrata como
colaborador de su sección a Monteiro Rossi, un joven republicano
metido hasta los tuétanos en conspiraciones políticas
que terminará por comprometer a Pereira en delicados asuntos
policiales y, más, a arriesgar su pellejo denunciando cosas
que no debe denunciar. Sin embargo, sostengo yo, la novela no es
política; o, al menos, a mí no me lo parece. Pero
para que esta aseveración resulte más convincente,
presento los otros hechos de la novela (porque no voy a cometer
el error de los libros de historia que presentan como historia apenas
la historia política): el señor Pereira, en su día
a día, no hace otra cosa que redactar necrológicas
-a veces antes de que mueran los personajes mismos-, traducir cuentos,
comer omelettes a las finas hierbas, tomar limonada, pensar en la
muerte y temerla, criticar el trabajo de Monteiro Rossi, descreer
de la resurrección de la carne y hablar con el retrato de
su mujer difunta: «Escucha, en realidad no es ese Lugones
el que me preocupa, sino Marta, para mí ella es la responsable
de esta historia, Marta es la novia de Monteiro Rossi, esa del pelo
color cobrizo, ya te he hablado de ella...» (73). Ya se ve,
entonces, quién es Pereira: un hombre enamorado angustiosamente
de la vida, que recurre a la rutina -usted no podrá lograr
que vaya a otro café distinto al «Orquídea»
o que coma algo distinto a las omelettes o a las ensaladas de pescado,
y en cuanto a la limonada sólo podrá conseguir, a
lo sumo, que deje de echarle azúcar-... que recurre a la
rutina, decía, acaso como una forma de detener la vida y
tener así la sensación de que nada excepcional como
la muerte podrá sucederle. Como Sísifo -me refiero
a lo que dice Albert Camus de él-, tal vez sabe que sumergirse
en la rutina ahogando la conciencia es la única forma de
vencer el sin sentido del mundo. Ahora: el problema es que Pereira
tiene conciencia, una dolorosa conciencia de sí mismo, y
por eso siente que dentro suyo hay una lucha entre dos formas de
ser, el hombre rutinario y el hombre que quiere hacer algo nuevo
-dos formas de ser que, en el fondo, buscan la misma cosa: negar
la muerte-, y esa lucha se manifiesta en Pereira sobre todo en un
gran dolor frente al presente, como si sintiera que lo deseable
es vivir en uno de los dos estados, el pasado (rutinario) o el futuro
(nuevo), pero no en la ambigüedad de la transición:
«Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo,
sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir
de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y
de una vida futura» (136). Entonces, está claro: la
vida sólo existe en retrospectiva o en proyección,
no en el presente, porque en él sólo está el
temor a la muerte, el miedo de morir que lo ocupa y anula todo.
Por eso mismo, entonces, Pereira es un redactor de la cultura que
no quiere ser otra cosa, porque la cultura... sí, ¿qué
es la cultura? Es la vida congelada en imágenes institucionalizadas
y convenidas, y la literatura, que es lo que apasiona a Pereira,
es una de esas imágenes. Pero si teme tanto a la muerte,
sostendrá usted, ¿por qué Pereira no cree en
la resurrección de la carne? Porque Pereira sabe que la carne
es lo que el hombre tiene de fallido y perecedero, y si la carne
fuera eterna sería también eterna la imperfección
humana, sostengo yo -y también Pereira-. Muy bien, dirá
usted, pero si es verdad que el señor Pereira quiere negar
la muerte -razón por la cual, por ejemplo, trata a su mujer
muerta como si estuviera viva-, ¿por qué hace necrológicas
y justo de la gente aún no muerta? ¿no es eso contradictorio?
En parte es contradcitorio, sostengo yo, pero fíjese: Pereira
sabe que la muerte de un escritor desconcierta a los periódicos
a tal punto que cuando alguien ilustre fallece han de pasar al menos
tres días para que pueda prepararse un buen artículo
sobre él; pues bien, si los artículos ya están
listos con anticipación, se anulan esos días de desconcierto
en que la vida parece perder su continuidad, y así no se
permite a la muerte escamotearla. Y eso de algún modo lo
pensaba Antoine de Saint-Exupéry, quien en su novela Vuelo
nocturno presenta a un jefe de base área que, ante la
muerte de uno de sus pilotos, decide continuar escrupulosamente
con las labores cotidianas, porque con eso lograba quitarle importancia
a la muerte y evitar que después de ella se abriera alguna
grieta en el sentido de la vida. Pues bien, sostengo yo, lo mismo
sostiene Pereira.
Sostiene Pereira 1*
Todas las alusiones y citas de la obra las hago para la edición
de Anagrama (Barcelona, 1999; segunda edición en la colección
«Compactos»).
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