Lo que yo sostengo que sostiene Pereira

   
Lem o la otra cara de la ciencia ficción
   
El valor agregado de lo actual

 
 
  
Juan Carlos Orrego Arismendi.
Antropólogo y narrador. Su libro de cuentos "Cuentos que he querido escribir" fue publicado por el Fondo Editorial Universidad Eafit en 1999.

    

 
 
 
 

 

    

 


Por Juan Carlos Orrego Arismendi

Sostiene Pereira 1*, sostengo yo, es una novela sobre la muerte antes que política. Durante la dictadura (1933-1968) de António de Oliveira Salazar en Portugal, el señor Pereira, redactor de la página cultural de un modesto periódico lisboeta, contrata como colaborador de su sección a Monteiro Rossi, un joven republicano metido hasta los tuétanos en conspiraciones políticas que terminará por comprometer a Pereira en delicados asuntos policiales y, más, a arriesgar su pellejo denunciando cosas que no debe denunciar. Sin embargo, sostengo yo, la novela no es política; o, al menos, a mí no me lo parece. Pero para que esta aseveración resulte más convincente, presento los otros hechos de la novela (porque no voy a cometer el error de los libros de historia que presentan como historia apenas la historia política): el señor Pereira, en su día a día, no hace otra cosa que redactar necrológicas -a veces antes de que mueran los personajes mismos-, traducir cuentos, comer omelettes a las finas hierbas, tomar limonada, pensar en la muerte y temerla, criticar el trabajo de Monteiro Rossi, descreer de la resurrección de la carne y hablar con el retrato de su mujer difunta: «Escucha, en realidad no es ese Lugones el que me preocupa, sino Marta, para mí ella es la responsable de esta historia, Marta es la novia de Monteiro Rossi, esa del pelo color cobrizo, ya te he hablado de ella...» (73). Ya se ve, entonces, quién es Pereira: un hombre enamorado angustiosamente de la vida, que recurre a la rutina -usted no podrá lograr que vaya a otro café distinto al «Orquídea» o que coma algo distinto a las omelettes o a las ensaladas de pescado, y en cuanto a la limonada sólo podrá conseguir, a lo sumo, que deje de echarle azúcar-... que recurre a la rutina, decía, acaso como una forma de detener la vida y tener así la sensación de que nada excepcional como la muerte podrá sucederle. Como Sísifo -me refiero a lo que dice Albert Camus de él-, tal vez sabe que sumergirse en la rutina ahogando la conciencia es la única forma de vencer el sin sentido del mundo. Ahora: el problema es que Pereira tiene conciencia, una dolorosa conciencia de sí mismo, y por eso siente que dentro suyo hay una lucha entre dos formas de ser, el hombre rutinario y el hombre que quiere hacer algo nuevo -dos formas de ser que, en el fondo, buscan la misma cosa: negar la muerte-, y esa lucha se manifiesta en Pereira sobre todo en un gran dolor frente al presente, como si sintiera que lo deseable es vivir en uno de los dos estados, el pasado (rutinario) o el futuro (nuevo), pero no en la ambigüedad de la transición: «Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida futura» (136). Entonces, está claro: la vida sólo existe en retrospectiva o en proyección, no en el presente, porque en él sólo está el temor a la muerte, el miedo de morir que lo ocupa y anula todo. Por eso mismo, entonces, Pereira es un redactor de la cultura que no quiere ser otra cosa, porque la cultura... sí, ¿qué es la cultura? Es la vida congelada en imágenes institucionalizadas y convenidas, y la literatura, que es lo que apasiona a Pereira, es una de esas imágenes. Pero si teme tanto a la muerte, sostendrá usted, ¿por qué Pereira no cree en la resurrección de la carne? Porque Pereira sabe que la carne es lo que el hombre tiene de fallido y perecedero, y si la carne fuera eterna sería también eterna la imperfección humana, sostengo yo -y también Pereira-. Muy bien, dirá usted, pero si es verdad que el señor Pereira quiere negar la muerte -razón por la cual, por ejemplo, trata a su mujer muerta como si estuviera viva-, ¿por qué hace necrológicas y justo de la gente aún no muerta? ¿no es eso contradictorio? En parte es contradcitorio, sostengo yo, pero fíjese: Pereira sabe que la muerte de un escritor desconcierta a los periódicos a tal punto que cuando alguien ilustre fallece han de pasar al menos tres días para que pueda prepararse un buen artículo sobre él; pues bien, si los artículos ya están listos con anticipación, se anulan esos días de desconcierto en que la vida parece perder su continuidad, y así no se permite a la muerte escamotearla. Y eso de algún modo lo pensaba Antoine de Saint-Exupéry, quien en su novela Vuelo nocturno presenta a un jefe de base área que, ante la muerte de uno de sus pilotos, decide continuar escrupulosamente con las labores cotidianas, porque con eso lograba quitarle importancia a la muerte y evitar que después de ella se abriera alguna grieta en el sentido de la vida. Pues bien, sostengo yo, lo mismo sostiene Pereira.



Sostiene Pereira
1*
Todas las alusiones y citas de la obra las hago para la edición de Anagrama (Barcelona, 1999; segunda edición en la colección «Compactos»).