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El papel estelar del ejército ruso en esa época de
la historia hace que su estado actual no sólo sea trágico,
como lo es el ocaso de todo imperio, sino que toque los terrenos
de lo absurdo y lo patético. Lo que fue durante más
de 50 años el aparato de guerra que signó los destinos
de buena parte de Europa y crispó los nervios de medio mundo
con la posibilidad de un enfrentamiento que acarrearía la
destrucción total, hoy parece ser sólo un depósito
de chatarra y jubilados inconformes, algo así como nuestros
ferrocarriles nacionales. Hace poco un historiador lo comparaba
con un gigantesco petrolero averiado dirigiéndose hacia los
acantilados.
Esta realidad, que es en parte la de toda Rusia, fue la que salió
a flote hace unas semanas con la tragedia del Kursk. Pero ese es
sólo el más publicitado botón de una muestra
que desde hace unos años crece y convierte a los orgullosos
bolcheviques en el hazmerreír del mundo occidental que se
conduele y se divierte con las desgracias del "imperio del
mal".
Primero fue el aterrizaje de un joven alemán en plena Plaza
Roja de Moscú que mostraba que la ineficacia de la seguridad
rusa no era sólo un invento de los productores de Hollywood;
luego vino el desastre nuclear de Chernobyl que fuera de los muertos
y la contaminación total de un territorio equivalente al
departamento de Antioquia, dejó la impresión de que
los soviéticos estaban encartados con sus orgullos tecnológicos
y que tras su fachada de rigor a toda prueba, estaba la planta de
Springfield. Más tarde empezamos a conocer cada semana los
desperfectos de la estación espacial Mir como si se tratara
apenas de un cacharro resabiado, una especie de Lada 2121 con sus
filtros mugrosos y sus manchas de aceite regadas por todo el infinito;
pero no es la única chatarra en ese cementerio galáctico
que montaron los soviéticos, hoy en día el 70% de
sus satélites son inservibles y cumplen la misma función
de las antenas parabólicas que adornan solares y antejardines
en nuestras ciudades.
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