El Ejército Roto

   
El Ciclo de Cine "Sylvester Stallone"
   
 
 
  
Pascual Gaviria Uribe
: Abogado, poeta y columnista. Coodirector de Rabodeají.

Por Pascual Gaviria U.

Cientos de veces ha rayado nuestra retina la célebre foto donde algunos soldados del ejército rojo arrean la bandera del Tercer Reich de lo alto de un edificio público en Berlín, para izar el estandarte soviético. Esta es quizá una de las más representativas imágenes del final de la Segunda Guerra Mundial y la derrota alemana. Pero no es una simple casualidad que el ejército de Stalin haya sido el protagonista de ese momento: sin el concurso de los 13 millones de soldados de la URSS, la victoria aliada sobre los países del eje habría sido imposible.

Luego del triunfo vino la paranoia de la guerra fría y el ejército se convirtió en el eje de las políticas estatales en materia científica e industrial.
    

La competencia entre las dos superpotencias hizo que el orgullo nacional se centrara sobre todo en el poderío militar y que más allá de las necesidades estratégicas su componente siguiera creciendo en gastos y en importancia dentro de la vida civil.
Raul Fernando Zuleta. "Zuleta"

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El papel estelar del ejército ruso en esa época de la historia hace que su estado actual no sólo sea trágico, como lo es el ocaso de todo imperio, sino que toque los terrenos de lo absurdo y lo patético. Lo que fue durante más de 50 años el aparato de guerra que signó los destinos de buena parte de Europa y crispó los nervios de medio mundo con la posibilidad de un enfrentamiento que acarrearía la destrucción total, hoy parece ser sólo un depósito de chatarra y jubilados inconformes, algo así como nuestros ferrocarriles nacionales. Hace poco un historiador lo comparaba con un gigantesco petrolero averiado dirigiéndose hacia los acantilados.

Esta realidad, que es en parte la de toda Rusia, fue la que salió a flote hace unas semanas con la tragedia del Kursk. Pero ese es sólo el más publicitado botón de una muestra que desde hace unos años crece y convierte a los orgullosos bolcheviques en el hazmerreír del mundo occidental que se conduele y se divierte con las desgracias del "imperio del mal".

Primero fue el aterrizaje de un joven alemán en plena Plaza Roja de Moscú que mostraba que la ineficacia de la seguridad rusa no era sólo un invento de los productores de Hollywood; luego vino el desastre nuclear de Chernobyl que fuera de los muertos y la contaminación total de un territorio equivalente al departamento de Antioquia, dejó la impresión de que los soviéticos estaban encartados con sus orgullos tecnológicos y que tras su fachada de rigor a toda prueba, estaba la planta de Springfield. Más tarde empezamos a conocer cada semana los desperfectos de la estación espacial Mir como si se tratara apenas de un cacharro resabiado, una especie de Lada 2121 con sus filtros mugrosos y sus manchas de aceite regadas por todo el infinito; pero no es la única chatarra en ese cementerio galáctico que montaron los soviéticos, hoy en día el 70% de sus satélites son inservibles y cumplen la misma función de las antenas parabólicas que adornan solares y antejardines en nuestras ciudades.
    

 

Raul Fernando Zuleta. "Zuleta"

Las últimas dos muestras devuelven a los rusos y a su ejército a épocas de "barbaras naciones". La primera es el incendio en la torre de televisión moscovita de Ostankino que dejó a una gran cantidad de rusos sin televisión. A propósito de esto comentó una verdulera rusa: "Creo que hacía años que no miraba a mi esposo tan de cerca. Ha envejecido", son cosas que no sucedieron ni aquí en los años de Inravisión. Y la última es la oscuridad en que se vieron sumidas de repente varias bases militares rusas a las que se les cortó la energía por falta de pago, es decir le cortaron los servicios al ejercito rojo, pero eso era demasiado para su orgullo e hicieron subir el breaker a punta de pistola.

Sin embargo la destrucción material no implica que el ejército haya perdido su ascendencia dentro del estado ruso y por eso el presidente Putin dijo, luego del desastre en el Mar de Barents, que trabajaría "para recomponer el ejército, la marina y el estado", en un orden de prioridades que seguramente no es una coincidencia. Ese primer impulso es paradojico pero importante y consiste en un recorte de 400.000 efectivos.