Introducción

Una antigua figura literaria sostiene que la vida es un viaje. Que el hombre, conductor de su propio navío, se aventura por las corrientes del tiempo para sufrir, asombrarse y tal vez hastiarse de los hechos que constituyen su breve itinerario.
De esta forma la literatura puede leerse como una interminable crónica de viaje. Testimonios de hombres que atravesaron las mismas u otras aguas, o de algunos que permanecieron anclados en un remanso del río que fascinó a Heráclito, y que dan noticia de la parcial geografía que nos depara la realidad.

A los 22 estudiantes de Minas que protagonizan la siguiente crónica los deslumbró el Atrato, el Andágueda y el San Juan, y en tres semanas de arduas caminatas dieron cuenta de la parcial geografía del Chocó, territorio al que llegaron pasando al otro lado de la Cordillera Occidental en 1934. Quedaría muy a tono citar algunas líneas de Una Avanzada del progreso, relato donde Joseph Conrad describe el sentimiento de aquellos que de la ciudad se aventuran en el soberbio océano de la selva, ya no en los torrentes de América sino del Africa Central.

"Y ahora, insensibles como eran a la sutil influencia de lo que les rodeaba, se vieron muy solos al encontrarse de pronto desamparados frente a la selva; una selva a la que hacían todavía más extraña, más incomprensible, los misteriosos vislumbres de la vigorosa vida que albergaba. Eran dos individuos perfectamente insignificantes e incapaces, cuya existencia era únicamente posible dentro de la compleja organización de las multitudes civilizadas. Pocos hombres son conscientes de que sus vidas, la propia esencia de su carácter, sus capacidades y sus audacias, son tan sólo expresión de su confianza en la seguridad de su ambiente. El valor, la compostura, la confianza; las emociones y los principios; todos los pensamientos grandes y pequeños no son del individuo, sino de la multitud; de la multitud que cree ciegamente en la fuerza irresistible de sus instituciones y de su moral, en el poder de su policía y de su opinión. Pero el contacto con el salvajismo puro y sin mitigar, con la naturaleza y el hombre primitivos provoca súbitas y profundas inquietudes en su corazón. A la sensación de estar aislado de la especie, a la clara percepción de la soledad de los propios pensamientos y sensaciones, a la negación de lo habitual, que es lo seguro, se añade la afirmación de lo inusual, que es lo peligroso; una intuición de cosas vagas, incontrolables y repulsivas, cuya perturbadora intrusión excita la imaginación y pone a prueba los civilizados nervios, tanto de los tontos como de los sabios".