Un
muerto es un muerto
NOMBRE.
Antonio Ungar
NACIONALIDAD. Colombiana
LUGAR DE NACIMIENTO. Bogotá
EDUCACIÓN. Arquitecto (Maestría en Literatura Comparada en curso)
CASADO. No
HIJOS. No
RESUMEN DE OCUPACIONES Y TRABAJOS PRINCIPALES. Arquitecto, mesero, urbanista,
periodista, repartidor de correo, asistente social, traductor, diseñador
gráfico, etc.
INTERESES. Seguir escribiendo.
HOBBIES. Reírme.
DEPORTES. Fútbol y rasquetbol.
ESPECIALIDAD. Decir mentiras.
POR FAVOR, HAGA UN BREVE RESUMEN DE SU VIDA. He viajado y leído todo
lo que he podido, he tratado de disfrutar lo más posible, he sufrido
lo de rigor, he buscado gente parecida a mí.
POR FAVOR, HAGA UNA BREVE DESCRIPCIÓN DE SU OBRA, DE SU ALCANCE Y SU
FIN, TAL COMO USTED LOS VE. Mi obra son dos libros de cuentos y una
novela en proceso. Los primeros cuentos fueron unos juegos divertidos
y sustanciosos, muy cortos. Los segundos se acercan más a la realidad,
hablan de gente que he conocido y del país en el que nací. La novela
todavía no es nada, pero habla de un grupo de gente encerrada en una
casa, aislada, dejando que el tiempo pase y haciendo planes utópicos
para cambiar la realidad. El fin de lo que escribo es que se pueda leer;
que el que lea se deje meter en la realidad que le propongo, que la
disfrute o la sufra, y que al final le quede algo, un recuerdo de algo
vivido. Creo que ese es el alcance que debe tener.
1. El primer libro de Antonio Ungar se llama "Trece circos comunes"
(Norma, 1999). El segundo saldrá a mediados de diciembre del 2000.

Está
sentado al volante de ese carro negro, ciego en la tarde caliente y
densa del trópico, medio dormido por la borrachera. Lleva así todo el
día. Algo brilla atrás, en el espejo retrovisor.
Se voltea y ve los asientos vacíos; vuelve la cabeza al frente. Recuerda
otra vez. A su papá; manejando, hace más de treinta años; ese mismo
carro. Un hombre joven, con la barba sin afeitar y la frente grande,
que huele a tabaco, que tiene puesta una camisa de rayas azules. Un
niño que fue él mismo, sentado en el asiento amplio de atrás, jugando
con dos hermanas pecosas, iguales. Una canción dulzona que sonó en el
radio.
|
El
aire húmedo de la tierra caliente se mete por la ventana. En el
recuerdo y ahora. El olor de los plátanos, de la niebla, la luz
densa de las cinco. La voz del papá que habló de los plátanos,
de la luz, de la música.
El hombre que ahora maneja está solo. No va hacia ninguna parte.
Está borracho.
Tiene cuarenta años y dolor de estómago.
No tiene con quien llorar las tristezas: del papá ahora muerto,
de las hermanas que no veía desde que eran casi unas niñas y tuvo
que ver hace poco, en el entierro. Del país al que acaba de volver,
acabada por fin la guerra que supo evitar durante más de veinte
años.
|
|
Se
topa con un pueblo al borde de la carretera. Entra despacio por las calles
de casas bajas, de zaguanes y aleros grandes, hasta la plaza cubierta
de ceibas gigantes. Es un pueblo igual a otro pueblo de la infancia. No
lo recuerda, pero sí recuerda los olores mezclados, calientes, de avena
y río sucio, de helechos, de carne cruda, de gasolina derramada, que lo
hacen bajarse y caminar por los andenes vacíos.
Deja que se le agüen los ojos.
Decide sentarse en la primera cantina que ve.
Para enlazar la última borrachera, en otro pueblo igual, con esta borrachera
nueva, la misma. Lleva más de diez días así, perdido en el dolor, metido
en los recuerdos, a la deriva. Recorriendo un país que no reconoce, un
país muerto, sin gente. Un país de cementerios.
Se le va toda la tarde bebiendo cerveza, despacio, mirando la plaza. Mirando
atrás, antes. Otras carreteras, otras mesas, otras personas. A las cinco
pasa un campesino, descalzo, con un burro atado a una cuerda. Después
la calle está oscura y no camina más gente; él sale dando tumbos, a buscar
mujeres en otra cantina, a buscar un motel para acabar con la noche.
 |
El
amanecer le llega en la forma de un bombillo amarillo, de un cuartucho
rosado; de una puta gorda, todavía borracha, abrazada a su cuello.
Hay un espejo turbio en la pared, un lavamanos que gotea. A través
de la ventana rota mira una fila de camiones quietos sobre la carretera
de tierra. El gran río, al fondo del cañón cubierto de niebla. Los
primeros buitres.
Tiene ganas de llorar. Se sienta en la cama. Se pone los pantalones,
los zapatos.
Sale a la calle.
|
Se
desayuna dos cervezas.
Recuerda un ataúd negro. Hace una semana. Recuerda que tuvo la certeza,
mientras la tierra caía sobre la madera hueca del ataúd, de que ya no
le hubiera sido posible saber cómo era la cara de ese muerto, de su papá.
Recuerda también a una de sus dos hermanas, en el entierro, con las manos
en el vientre, doblada por el dolor.
Recuerda a su mamá, rígida, en silencio, sin una lágrima, sola en un rincón.
Sabe que trató de imaginarse cómo habrían sido las mil tardes iguales
del viejo, de su papá solo en la biblioteca. Sin hijos, sin mujer. Refugiado
en su barrio ya para entonces cercado por la miseria y la destrucción
de la guerra. Recuerda que lo imaginó arrugado, desconocido, muerto. Llevando
a cabo los mismos rituales inútiles de siempre; la tienda del pan, la
hora del periódico, las conversaciones con la empleada del servicio, las
cartas diarias a las rotativas corrigiendo erratas de artículos sobre
la guerra.
Recuerda que hace una semana, en el entierro, pensó que tal vez su padre
había tenido también recuerdos de antes de la guerra. De cuando estaban
todos juntos. De los pueblos tranquilos de tierra caliente. Recuerdos
como los suyos: una carretera, música en un radio, el olor de los plátanos,
la niebla sobre el río.
A las once el hombre ya está otra vez borracho. Como ayer. Se ha tomado
una botella de aguardiente con dos empanadas viejas.
Está a punto de perder la conciencia. Remotamente sabe que ya no le quedan
más pueblos de este lado del río para dejarse llevar, para seguir muriéndose
despacio. Que al otro lado del río está solo la sabana interminable, el
sol, las carreteras bombardeadas.
Nada.
Pide otra botella de aguardiente. Después de cinco tragos se le paraliza
la cara. El dolor de estómago le llega hasta la espalda. Ya no puede pensar
nada más.
Levanta los ojos del piso, siente la lengua hinchada.
En la misma mesa, en un banquito de madera como el suyo, está sentado
su papá, el muerto.
El hombre lo mira, temblando. El muerto también mira, dócilmente, casi
con dulzura. Después el hombre oye cómo le habla, despacio, en voz muy
baja. De los primeros días de la guerra.
Del comienzo de un final atroz, sin reglas, sin orden.
Sus frases son lentas, opacas.
El hombre escucha, con los ojos secos, sin poder mover la lengua, procurando
mantener la cabeza firme. Escucha cómo fueron los primeros bombardeos
sobre los barrios más pobres de la ciudad. La semana en la que los soldados
con cascos azules se tomaron las calles. Cómo patrullaron durante diez
días y diez noches y al final firmaron un acuerdo con alguna de las partes,
y se llevaron a cinco presos importantes, y se largaron por fin para no
volver.
El hombre tiene que oír. Eso y más.
Todo lo que nunca quiso leer en los periódicos durante veinte años de
exilio; lo que le hizo apagar los televisores, botar los recortes de revistas
que llegaban con las cartas de los pocos amigos, saltarse párrafos de
los periódicos.
Sirvió
la siguiente ronda de trago con mano temblorosa, apoyando el tronco en
el borde de la mesa.
El muerto le hablaba ya de las llamadas de mamá, cuando todavía había
teléfonos.
Diciéndole desde París que se fuera. Que dejara la casa, que huyera en
los aviones militares. Le habló también de un fajo de billetes de diez
dólares en un sobre con estampillas de Francia, que él botó por la ventana
para que lo recogieran los últimos niños de la calle. Porque él no quería
dólares, ni vivir en París, sino que lo dejaran en su barrio tranquilo,
seguir existiendo en paz entre sus libros, ejecutando con puntualidad
hasta el día de la muerte sus rituales mezquinos.
Y habla de cómo ese dinero le hubiera podido salvar la vida, después,
en los días más duros, cuando los soldados desaparecieron una noche y
tuvo que defender la casa de la turba, la última casa del barrio ya destrozado.
Habla del disparo de revólver que le había alcanzado un hombro. La herida
inofensiva que lo mataría lentamente después de varios meses de agonía.
Acompañado por una empleada del servicio que tampoco tenía ya a dónde
ir.
Encerrados los dos en la casa. Solos.
El
borracho escucha todo eso, temblando, con la botella todavía agarrada
por el cuello. Callado. Mirando a su papá, que está muerto.
Eso es lo que cree el borracho. Porque el borracho se escucha solo a sí
mismo.
Porque los muertos no hablan.
Porque los muertos están muertos, y no se ven.
Solo
está él. Caído de la borrachera en su mesa vacía.
Le ofrece un trago al muerto. Pero el muerto no quiere beber más. El muerto
mira el abismo del río con los ojos entrecerrados y no vuelve a abrir
la boca.
Y el borracho, él, se levanta impulsado por algo que sale de su estómago
y le tensa la lengua, por un grito que se le queda atragantado. Da tres
pasos tambaleándose, se cae.
Se
despierta mucho más tarde ahí, recostado contra una columna del alero,
en el andén sucio. Mira el cañón profundo del río, los buitres planeando
bajo el sol. Siente que se puede parar; lo hace; adolorido, con la piel
mojada de sudor.
Le entrega al hombre del mostrador un billete sucio.
Camina muy despacio hacia su carro. Se demora en prenderlo.
Sale del pueblo por la única carretera, llega hasta el puente medio destrozado
y logra atravesarlo; desde el pueblo se ve, rodando muy despacio. Al otro
lado del río está la sabana interminable, el sol, ruinas de pueblos.
Carreteras bombardeadas durante la guerra.
Al otro lado del río no hay nada.

|