El Maestro Botero
Por Marden de Valencia

¿Que qué? ¿Que si vi al Mono de las pepas rojas? Joder si lo vi, iba con su tradicional verdiblanca de los leones del Kelme. 16 horas 30 minutos del 31 de agosto, salgo del metro a la superficie en la estación Alameda admirando una vez más el puente de Calatrava. El paseo de la Alameda es un lugar idóneo para una llegada de etapa en esprint como se preveía para ese día y a la postre sucedió: una amplia recta con espacio suficiente para albergar a los más brillantes velocistas del planeta y a otros corredores que siempre quieren dar la sorpresa.
La hora estimada de llegada del diario Marca es las 17:10, más de media hora soportando la severidad del incandescente sol levantino. Mientras tanto nos iban metiendo propaganda por los cinco sentidos -por los seis a las que los tienen, o dicen tenerlos- con la tal caravana publicitaria. La etapa transcurre sin demasiada emoción, al menos en lo que se refiere al "Rey del Izoar" y su corte de leones. Un escapado está a punto de ser alcanzado por tres perseguidores que no llevan demasiada ventaja sobre el grupo. La entrada a la capital del Turia por el sur, pasa sobre el antiguo cauce de río por el puente Monteolivete para tomar la Avenida Doctor Manuel Candela, luego la Avinguda de Blasco Ibañez hasta los jardines del Real y de allí buscar la meta en el Paseo de la Alameda.


Valencia. 1. En la llegada a la capital del Turia
se dieron cita las más grandes figuras
del ámbito internacional.
(Foto cortesía La Gazetta dello Sport).

Siguen pasando las modelos de la caravana publicitaria pallá y pacá repartiendo pitos, cachuchas, llaveros, camisetas, mecheros y todo tipo de propaganda. Parece ser que acaba de ocurrir una caída dentro del pelotón, una treintena de corredores se ha ido a tierra; son los peligros de los fuertes vientos que vienen del mar. Que ha caído Escartín es la noticia. ¿El Mono qué? Nadie dice nada del Mono. En cabeza de carrera la escapada se neutraliza. Quedan un par de kilómetros más o menos para meta y no sé nada del Mono. El enano Belda lo tiene camellándole a los demás y así no luce como se merece.

Los tres o cuatro helicópteros no dejan de rondarnos. Pasan los coches acompañantes, motos de policía y de la televisión, hasta que por fin llega el grupo. Alguno gana en un esprint que hubiera preferido ver por televisión porque en el lugar de los hechos no se ve sino un bololoi. Ciclistas por todas partes, aficionados ni se diga, periodistas, policías, y el Mono no se ve. Decido irme al autobús del Kelme adonde seguro tendrá que ir a dar. Pasan los minutos y van entrando todos los verdiblancos menos el rey de la montaña. Le pregunto a un socio que se asoma por la puerta del autobús si está Botero y me dice que aún no ha llegado. Hay mucho colombiano por ahí. Algunas personas llegan preguntando por Heras, por Escartín y demás. Heras tampoco ha llegado. Pregunto por segunda vez en el autobús y me confirman que no han llegado, dizque están en el podio recibiendo un premio a nombre del equipo, y yo aquí, en vez de estar allá arriba con el Mono abrazando biscochazos y recibiendo flores y levantando los brazos. Ya no sé si irme para allá o esperar que llegue. Viene, viene, viene el Mono con Heras. Mucho aficionado le corta el paso, el pobre viene con la bicicleta por un tumulto que parece una salida de Oriental en partido de Copa Libertadores. ¿Cómo es que no le tienen un secretario que le reciba el caballito apenas llegue? Le caigo, le doy un toque en el hombro y lo saludo. Viene con sus gafas oscuras, tal vez por eso no me distingue, o por la cantidad de gente que le venía pidiendo autógrafos y saludando. Me responde algo así como "listo mijo, gracias, suerte de aquí", entonces lo tomo más fuerte y le digo "¡Santiago, Santiago!", entonces fue cuando el hombre aterrizó y soltó el "¡eh, qué máhome ochoita". Me quedé un poco en blanco, no podía creer que estuviera por fin ante el coloso del Tour. No sabía qué decirle, y el tumulto y la emoción me hacían ver la situación un poco borrosa. Él también estaba incómodo, los pelaos no paraban de darle papelitos pal autógrafo, no podíamos llevar una conversación así. Recuerdo que me mostró su codo sangrante por la caída en la entrada a Valencia. Me dijo que no estaba cansado, que había terminado por acostumbrarse, lo cual no fue para mí ninguna nueva porque ya había visto en el Tour que el Mono no se cansaba nunca. Le pregunté por el hotel y no me supo decir, un aficionado que estaba allí oyéndonos hablar metió la cucharada y me dijo que estarían en el hotel nosequé en el Puig. El Mono me dijo que en seguida hablábamos, y que cayera por la tarde al hotel y charlábamos más despacio. Empezó a ir hacia el bus abriéndose paso, cuando caí en cuenta de que no me había tomado la foto, traté de decirle pero ya el tumulto no me dejaba llegar. Afortunadamente la sagacidad de mi compañera había ya tomado el registro fotográfico de la ocasión. Llegó hasta el bus, se montó y de una cerraron la puerta y arrancaron. No contaba con eso, creí que se iba a poder duchar y salir un momento a que habláramos, pero se fueron de una.


Valencia. 2 Decenas de aficionados se congregan
buscando llegar hasta sus ídolos.
(Foto cortesía Diario As)

No podía creer todo lo que acababa de pasar. Para bajar el bochorno fuimos a una tienda a echarnos una cañita. Averigüé por el hotel ése y resultó ser en un pueblo en las afueras de Valencia. Me quedé sin poder ver al Mono con más despacio. Me tocó conformarme con llamarlo al hotel. Me comunicaron con la habitación de una. Lo cogí con el cepillo de dientes en la boca. Echamos carreta como una hora. Le conté de cómo viví el etapón de Briançon. Me soltó que no duerme bien. Hablamos de los muchachos, de que leí en el periódico que se piensa casar, de los periodistas, de los países que se ha recorrido en su máquina de acero, del cabrón de Virenque. Supe de la mala suerte que le había acompañado en la Vuelta, que había pinchado dos veces en la etapa de hacía un par de días, lo de los vientos que dejaron rezagados a todos los Kelme. Me explicó lo de la caída en la llegada, fue un enredo entre dos italianos y se llevaron consigo a todos los demás. En la caída el Mono rompió una zapatilla y allí perdió un poco más de tiempo.

Al final me quedé con la tristeza de no haber podido ir al hotel a pasar la tarde con el campeón. En el poco tiempo que lo pude ver no caí en cuenta de haberle pedido una cachucha de Kelme de las que regalaban en la caravana publicitaria, o un vueltón en la cicla, o la zapatilla rota pal recuerdo, o al menos el autógrafo pal concurso de la rabodiají. Tampoco don Vicente Belda me vio pinta de buen coequipero para tenerme en cuenta el año entrante en su nómina. Otro año será.