| Nómina inédita de la poderosa escuadra Paquetes rojos Por Juan Carlos Orrego |
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Sin más preámbulos, pues, entrego mi listado de jugadores no propiamente brillantes que han militado en el Deportivo Independiente Medellín desde principios de los años ochenta hasta hoy. Aclaro que hago caso sólo de mi experiencia, dejando para las estadísticas y añoranzas radiales aquellos nombres remotos en que con disfrutada alevosía suelen ensañarse los viejos aficionados ("¿Camejo? ¿El "médico" Camejo? ¡Hombe, si a ese tipo le robotaba un trapo mojao!"). Esta es la lista de un escéptico joven. La custodia de los tres palos, apetecida por una considerable cuantía de aves de corto vuelo, hay que endilgársela al anónimo José Luis Sosa, guardameta uruguayo; crespo, de cabellera poco original, estuvo en el DIM a principios del año 85. Toda su pericia se evidenciaba cada que lo castigaban desde los doce pasos: Sosa, resignado y pusilánime, se dejaba caer hacia adelante, con la cabeza gacha y los brazos unidos al tronco con singular adherencia. En su caída semejaba a un fusilado que se desploma luego de la descarga, y en tales circunstancias, como es de imaginar, el gol era inevitable. Los defensas centrales llegan a esta crónica casi por mandato divino; sin duda, alguna piedra incuestionable y milenaria labrada por un rayo hermano del que talló las tablas de la ley en el monte Sinaí, contenía desde la noche de los tiempos estos dos nombres: José "Boricua" Zárate y Óscar Sabino "El Chócolo" Ragenhard. El primero, rudo mulato, contribuyó a los anales del folclor antioqueño al permitir que se fraguara una leyenda por cuenta suya: se dice que, cuando se cobraba un tiro de esquina contra la meta poderosa, el "Boricua" debía ser marcado por sus propios compañeros. "El Chócolo", por su parte, representó siempre al esforzado pero desventurado jugador que ora está cometiendo un penalty innecesario, ora está resbalándose a la hora de marcar al adversario, ora está trastabillando por haberse parado en el balón o, en fin, está próximo a perpetrar un autogol en virtud de sus rechazos locos. Sin embargo sería imperdonable -y aún para esta crónica tan escéptica- echar en saco roto el evidente empeño con que luchaba en la cancha o, peor aún, olvidar aquel precioso cabezazo de ese minuto 28 del segundo tiempo que, significando un empate a 1 con el Pereira en el mismísimo Atanasio Girardot, le dio a la inmaculada escuadra roja el tiquete hacia el Octogonal Final de 1987. Como se quiere que esta nómina sea simpática en grado superlativo, haremos que adopte un agresivo e irresponsable esquema 3-4-3. Por ello, sólo nos queda agregar un zaguero: un negrito Viáfara, de nombre desconocido, que actuó por allá en el año 1998. Acerca de este muchacho baste decir que, en un partido que la escuadra escarlata perdió 1-2 con el Cali en el Atanasio Girardot (entonces eran los tiempos en que los azucareros oficiaban como satanases del divino equipo), ante la enésima equivocación del mulato, Fernando "El Pecoso" Castro (entrenador del DIM por esas calendas) se llevó las manos a la cabeza en el gesto más descorazonador y desesperanzado que haya hecho técnico alguno en la historia del fútbol; Castro, a no dudarlo, pensaba desde el banco: "Es increíble que esto esté pasando". La contención en el medio del campo está a cargo de un jugador aún activo que, si bien ha descollado un tanto por su fuerte temperamento y arrojo, en los tiempos en que vistió la casaca roja no era más que un joven enclenque que, más que a jugar, salía a la cancha para naufragar en medio de las jugadas tejidas por los otros, y cuando, por ventura, un balón caía a sus pies, el joven de marras le propinaba un violento zapatazo que hacía al esférico surcar los aires hacia el lado opuesto de la cancha, más allá de la pista atlética y del monopolio de las vallas publicitarias, en un grotesco remedo de lo que los entendidos llaman "cambio de frente". Me refiero, sin mala intención, a Wbeimar Villegas. La batuta de director de tan promocionada orquesta corresponde, sin discusión, a Carlos "El Pájaro" Rojas, ciudadano chileno (llamarlo futbolista sería un despropósito) que militó en el inmaculado equipo durante cuatro partidos de 1991, y que tras mostrar en la cancha su escaso vigor físico, su pésimo sentido de orientación, su nula habilidad para tejer la más modesta jugada y, en fin, su lamentable improductividad, fue despedido terminantemente del club al dilapidar, en la propias cinco con cincuenta y con los rivales santafereños miserablemente tendidos en el piso, una de las más increíbles opciones de gol de que se haya tenido noticia en los 52 años del rentado colombiano. Como auxiliar de semejante genio nombraremos a Jorge Merlo, volante argentino con efigie de payaso (enano, moreno y de pelo abundante sobre los huesos temporales) que militó en el cuadro rojo en el año 1996. Increíblemente incapaz y limitado, marcó un gol inesperado en cierto partido contra el Tolima. Tal gol, que de por sí pone en tela de juicio la seriedad del cuadro pijao, sirvió no para que este bufón tuviera continuidad en el equipo sino para que al menos los hinchas indignados perdonaran su vida al término del último partido que jugó con la escuadra roja. Un cuarto volante sería Pablo Segarra, descendiente de los sabios Incas (que, por cierto, nunca jugaron al fútbol, como bien pudo probarlo su hijo cultural). Habiendo caído al equipo rojo después de una modesta militancia en el Santa Fe, con su fútbol improductivo y su impericia creadora Segarra bien pronto hizo que la tribuna añorara, melancólica y dolorida, las pasadas glorias de Eduardo Malásquez, Franco Navarro, José Velásquez, Julio César Uribe e, incluso, Jorge Olaechea. Así como Fujimori es una figura peruana funesta en el concierto latinoamericano, Segarra ha de serlo para el Medellín en el ámbito local. Arriba, luchando por lo goles que nunca habrá de conseguir, ubicaremos en la punta izquierda a Carlos Humberto "El Jabalí" Rodríguez. En el año 1992 marcó ante la Selección Colombia, en partido amistoso, un gol increíble con el ángulo cerrado. Sin embargo, tal gesta fue disculpa para que durante toda una temporada abrumara a la tribuna con sus zancadas indecorosas, su desarmonía para transportar el balón y, en fin, con su poca fortuna a la hora de arrimarse al arco rival. Las consejas populares cuentan que cierto jugador de las divisiones inferiores olvidó su carrera como futbolista una vez que supo que debía "chuparle" banca al supradicho "Jabalí". Encabezando el ataque por el corazón del área los espectadores encontrarán la cabeza de Gustavo Daniel Iturburo. Figura insigne en el Unión Magdalena, Iturburo puso sus pies en el Deportivo Independiente Medellín (en la campaña 1995-1996) para demostrar lo que ya había logrado demostrar Jairo "Calanche" Sulbarán en 1992 y lo que ratificaría Luis "La Puya" Zuleta en 1998: todo ex samario que vista la camiseta roja de Antioquia está condenado a vagar por el área como un maldecido Caín que buscara inútilmente la buena senda; no habrá goles para él, ni aplausos, ni oportunidades para arrancar la más mínima sonrisa de parte de los espectadores; cuando más, éstos le concederán una desdeñosa sonrisa de perdón una vez que se enteren del vencimiento del contrato. La función postrera del ataque está a cargo de Claudio Fabián Árturi, espigada estrella del cine argentino que llegó a Colombia con la taimada intención de hacerse pasar por futbolista. A no dudarlo, las sabias matronas de la comarca paisa lo calificarían de "grande y acabarropa": demasiado alto para moverse, desorientado, complicado e insulso en su juego, Árturi vistió la camiseta escarlata en el año 1999 -tan sólo un par de meses, felizmente-, y si no logró prosperar en el equipo fue porque, al serle concedida la oportunidad de batirse en la cancha, ofreció un completo set de argumentos para explicar por qué el Unicosta, equipo del que procedía y donde había sido contratado para golear, había descendido en el año inmediatamente anterior. La dirección técnica ha sido entregada a los inmortales Gallegos, Hugo y Nelson, barones de la teoría futbolística pero ramplones aprendices en las argucias y mañas del fútbol verdadero, ese que se juega en canchas de grama y con jugadores de carne y hueso. Esta temida dupla llevó al Poderoso a un honroso treceavo lugar en la campaña del 92 (incluso con "El Pibe" Valderrama a bordo), lo que motivó a las masas enardecidas a componer en su honor esta elocuente copla: "¡Gallegos, unidos, los dos serán despedidos!".
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