Es menester que Rabodeají confiese a sus visitantes la manera un poco precaria como sus creadores se mueven por la red. Quienes estamos al frente de esto que nosotros llamamos revista y que otros llaman apenas página, caímos aquí por unos gustos y unas coincidencias bien alejadas de las apologías del nuevo mundo virtual; todavía formamos en las filas de los que soban los libros, huelen las páginas y ansían la tinta, así que hemos dudado acerca de la manera de presentar este segundo número. Hay quienes dicen que la revista es estática y que mantenerla dos meses quieta es demasiado para cualquier información que se quiera mostrar en Internet, sin embargo al ingresar al contador para preguntar por el número de gente que ha paseado por la primera Rabodeají y cuánto ha durado ese paseo, nos enteramos de que más que lectores tenemos visitantes y con visitas de médico: la mayoría de la gente no se ha tardado más de uno o dos minutos en medio de estas líneas. Así que satisfacer ese picoteo de novedades sería imposible, lo que haremos es seguir entregando literatura y temas prosaicos en buenas letras para quienes quieran detenerse un poco. Nuestra paradoja consiste en aparecer en un medio donde las imágenes atropellan a las letras y trabajar para un público que más que pantallas quiere papeles. Esperamos sonsacar a los unos hacia las letras y a los otros hacia las pantallas.

Raul Fernando Zuleta "Zuleta"

    
Alguien sostuvo -tal vez Borges- que la conversación es un género literario indirecto, esta afirmación nos recuerda que al principio fue la palabra, la palabra oral.
Los medios digitales que hoy empleamos para comunicarnos han rescatado, sospecho que sin proponérselo, la importancia de la conversación y de géneros como el epistolar. Las líneas que integran los mensajes electrónicos y actividades como 'chatear' (tan cerca de 'charlar') son la prolongación de estos actos en los que la frescura y la destreza son necesarias para invocar, no siempre con fortuna, la presencia de eso que torpemente llamamos verdad.
Si bien es cierto que las circunstancias actuales y la sobrevaloración de la individualidad hacen de los hombres de hoy seres aislados, también lo es que esas circunstancias y sus herramientas entrañan la posibilidad de encuentros y conversaciones sin cuento.
Es muy pronto para sentenciar vicios o beneficios, lo mejor es vivir esta nueva paradoja.

Si el Internet hará trizas al libro impreso, si lo despanzurrará y le chamuscará los lomos con sevicia, es una pregunta que nada tiene que ver con la literatura -¡como si hubiera planes de instaurarse una hoguera universal para la quema de todos los libros!-. Con conservar los que ya hay sería suficiente, caso de que el internet le diera amnistía a los que aún viven. Son mínimas las razones para pensar que no se seguirá escribiendo, que es lo que interesa. La necesidad de escribir es un imperativo superior a los medios, porque si no fuera así se escribiría en la arena solitaria de una playa cuando la marea estuviera baja. Si nada se tiene se escribe con un lápiz en el revés de tanto papel malgastado; o si se es más o menos viejo se dicta o se escribe con pluma, o en una máquina de escribir, o hasta en un computador. La literatura a través del computador es apenas otra carta para quienes sufren los rigores de las bibliotecas.
¿Que si está todo en el Internet o no lo está?: todavía se oye decir por ahí que no todo está en los libros.
Dicen que los computadores aislan a la gente, que reemplazan las relaciones en vivo por las impersonales relaciones virtuales: hay de los que se conocen en la red y se casan sin haberse siquiera olido; un solterón menos. ¿Acaso no aislan los libros? Los dramas humanos seguirán siendo iguales a pie, a caballo, en carro o por computador. No hay por qué preocuparse de quedar ciegos, siempre habrá quién describa el mundo para nosotros.

Raul Fernando Zuleta "Zuleta"

Pescador, lucero y río.