Hijos de la Nieve

Una novela de José Libardo Porras Por Ignacio Piedrahíta

A continuación hablaremos de Hijos de la nieve, último libro y primera novela de José Libardo Porras; hablaremos quiere decir con el autor, directamente, ya que su generosidad llega hasta nosotros. Anteponga mentalmente un RdeA (Rabodeají) a las preguntas y un JLP a las respuestas y estará listo para disfrutar de esta conversación y hasta para animarse a leer Hijos de la nieve. Y si aún le aguantan los ojos o quiere perder un poco más de tiempo, al final encontrará un escrito donde el autor ha querido compartir con nosotros algunos aspectos de su vida como escritor.
         
¿Qué lugar ocupa Hijos de la nieve dentro de tu búsqueda y trabajo como escritor?
 

  
Hijos de la nieve
es mi séptimo libro publicado pero es el primero en mi corazón: los seis anteriores, en los que ensayé géneros, temas, tonos, tiempos, lenguajes y tipos de narradores, los escribí como preparación para él, igual al futbolista que, desde joven, empieza a entrenar y a recorrer, una a una, las categorías de su liga. Si me formularan esta pregunta al salir publicado otro libro mío, quizá daría una repuesta semejante.
  

¿Cuál es la historia que cuenta la novela?
 

  
Hijos de la nieve
narra el proceso de quiebra de valores y disolución que sufre una familia medellinense a partir de que uno de sus miembros, el hijo mayor, se dedica al negocio de la cocaína. Es una historia colectiva de los habitantes de esta ciudad durante la década de los ochentas, cuando todos, aunque sólo fuera a través de un pariente, de un amigo o de un conocido, teníamos algún vínculo con el narcotráfico, cuando en Medellín nadie podía tirar la primera piedra. ¡Qué tiempos aquellos!
  

¿Quién es Capeto, el protagonista?
 
  
Capeto es uno de tantos jóvenes que, a ciegas, se lanzan a la búsqueda del dinero porque ése es el norte que les ha señalado nuestra sociedad: "Consiga plata, mijo, aunque sea honradamente", "Dime cuánto tienes y te diré quién eres"; un muchacho que, por triunfar en esa carrera loca del billete, arrasa con todo lo que constituía su mundo; un rey Midas al revés que, al tocar el oro, convierte en escoria o en mierda su vida. Yo soy Capeto, tú eres Capeto, él es Capeto, nosotros, vosotros, ellos...
  
¿Cómo fue tu acercamiento a ciertos temas y a ciertos lugares sobre los cuales la novela demuestra un conocimiento particularmente profundo, por ejemplo el procesamiento de la coca y el paisaje del Putumayo?
 

  
A esta pregunta tengo, por ahora, dos respuestas: la primera, tal vez más interesante porque me hace ver como un hombre de acción con mucho de rufián, lo que no siempre desacredita a un escritor, es que yo fui narcotraficante y como tal me tocó viajar a las selvas colombianas y trabajar al lado de importantes figuras que en su momento fueron leyendas, luego fueron pasto para los gusanos y ahora son polvo olvidado; la segunda es que, impelido por la necesidad de contar una historia verdadera, aunque fuera inventada, recorrí la región, hablé con la gente y, aprovechándome de la confianza que me brindaron esas almas generosas e incautas, les escurrí toda la información, lo demás fue imaginar e imaginar. ¿Cuál respuesta será más conveniente?
  

El tema de la mafia, tan llevado y traído por especialistas de diversas ramas, es abordado en Hijos de la nieve desde la literatura, ¿cómo pudiste lograr el equilibrio?
 
  
Lo primero fue leer mucho de lo publicado por esos especialistas, aunque algunos no lo son tanto, para saber qué no debería hacer; lo segundo, allegar información de muy variadas fuentes y procesarla interiormente hasta quitarle la espectacularidad; lo tercero, crear unos personajes comunes y corrientes parecidos a la gente que uno ve en la calle, meterme dentro de ellos y mirar el fenómeno del narcotráfico a través de sus ojos; lo último, contar de cada uno de estos personajes una historia que a mí me hubiera gustado vivir.
  
Una de las virtudes del libro es cierta alternancia de técnicas narrativas. ¿Podrías hablar, por ejemplo, de las dificultades que dicha alternancia entraña para la conservación del hilo narrativo y del interés en la historia?
 
  
Con el narrador en tercera persona lo más difícil fue plantear con claridad las reglas de juego de modo que el lector comprendiera muy rápidamente que se trataba de una serie de historias buscando que, en cada momento, tuvieran elementos comunes. Con los monólogos, diferenciar las voces masculinas de las femeninas y construir sus distintas miradas sobre determinados hechos sin caer en la reiteración; además, adecuar el vértigo y la simultaneidad característicos del pensamiento humano al ritmo de la respiración, que es con el cual se lee.
  
Aunque Hijos de la nieve acaba de ser publicado, ¿es posible hablar de nuevos proyectos?
 

  
Tengo lista otra novela, Fuego de amor encendido, que narra una historia de amor sucedida en Medellín durante el último cuarto del siglo XIX, pero antes de publicarla es necesario esperar que los lectores conozcan Hijos de la nieve. Con lo entusiasmados que los dejará ésta, querrán comprarla.
  

          

José Libardo Porras Vallejo

Soy escritor. Los amigos poetas me aconsejan dedicarme a la prosa; los narradores, a escribir poemas. No entiendo a los amigos.
A mediados de los ochentas algunos me consideraban una joven promesa de la literatura antioqueña; ahora, cuando no soy ni lo uno ni lo otro, cuento con siete libros publicados, tres financiados por entidades de carácter cultural, tres por cuenta propia y uno por una editorial comercial. Son ellos, en orden cronológico: Es tarde en San Bernardo, Partes de guerra, El continente sumergido, Hijo de ciudad, Seis historias de amor, todas edificantes, Historias de la cárcel Bellavista e Hijos de la nieve. Salvo el último título, han sido ediciones de poco tiraje y la mayoría de los ejemplares reposan en bodegas o, quizás, en las bibliotecas de esas personas a quienes se los he regalado y a quienes jamás consulto su opinión. Con Hijos de la nieve comienzo a sentirme escritor profesional, y en cierta forma un comerciante de la literatura y a la vez una mercancía. Es una sensación extraña.
Una idea me ronda desde la primera publicación en 1984: llamar la atención sobre algunos aspectos de Medellín, sobre algunos rasgos de su gente (tan afamada por su empuje), pues me interesa esta ciudad porque en ella he vivido la mayor parte de mi vida, desde cuando mis padres me trajeron de Támesis en un camión de escalera con bancas tapizadas en cuero azul, a la edad de dos o tres años; de ella, ubre inmensa, obtuve los aprendizajes más significativos en la vida de un hombre (en mi experiencia son sinónimos ubre y urbe). Así, el primer volumen consistió en un conjunto de pequeños textos sobre personajes del barrio, especies de retratos; el último, que hasta ahora es el que más me gusta por ser un trabajo más reposado y concienzudo, cuenta el proceso de disolución de una familia media paisa a partir de la vinculación de uno de sus miembros a las actividades del narcotráfico, una historia que al menos hace quince o veinte años fue muy común para los medellinenses.
Guardo inéditos otros libros de géneros diversos. Soy escritor. Con la convicción de que se debe escribir para ayudar a desenredar la pita y aportar un documento del presente al futuro, especialmente ahora cuando bárbaros de toda calaña se nos han metido en casa, trabajo durante catorce o quince horas diarias y mi producción es abundante: novelas, cuentos, poemas, ensayos, cartas, diarios, comentarios de libros; literatura menor, también importante y necesaria para una sociedad en desarrollo. En los períodos de receso asisto a cine y a teatro, deambulo por el centro y me embriago en bares de dudosa reputación, acompañado por una mujer o solo; no aguanto las patotas: después de las seis de la tarde, los hombres, tan sabihondos, ¡pesan tanto! A pesar de haber cursado una carrera profesional y un postgrado, soy escritor, y si me preguntan de qué vivo respondo que de milagro. No tengo nada pero la literatura me lo ha dado todo. Además, soy escritor con suerte: hasta he resultado ganador en ciertos concursos literarios, el último de los cuales fue el V Premio Nacional de Cuento de Colcultura, en 1996, con Historias de la Cárcel Bellavista. En una revista muy mentada, un escritor costeño se preguntaba cuál sería mi fórmula para ganar concursos; yo deploré que un artista aplazara las cuestiones esenciales por estar formulándose tales pendejadas. ¡En fin! En historias de la cárcel de Bellavista, desde la ficción, con unas estructuras cercanas a las del lenguaje televisivo, intenté esbozar el mundo de la prisión y espero no haber traicionado a sus habitantes (para reflexionar sobre dicho mundo dos personas dedicamos año y medio a una investigación que aguarda a los curiosos en la biblioteca del a U.P.B).

Dos colombianos excepcionales han tenido la mayor trascendencia en mi formación y han determinado mi actitud hacia la literatura: Manuel Mejía Vallejo y Jaime Jaramillo Escobar, en cuyos talleres literarios participé; de su generosidad para conmigo dan cuenta sus prólogos a Es tarde en San Bernardo y Partes de guerra, respectivamente. A ellos, que me dijeron lindezas como "si uno puede vivir sin escribir, debe hacerlo" o "al escritor no le conviene tener plata porque si la tiene no escribe", mi agradecimiento inmarcesible. Que Dios los multiplique.
Al cabo estoy aprendiendo dos cosas fundamentales para un escritor: ser responsable con la obra y corregirla con verdadero juicio antes de publicarla, y leer no sólo para divertirse sino también para aprender. En consecuencia, ahora procedo según una certeza: para un escritor un año está mejor empleado si lo dedica a estudiar Crimen y Castigo que si se atropella devorando las cien novelas más vendidas de la temporada; no leo revistas; de los periódicos sólo leo la sección de avisos clasificados; así me entero de qué vende la gente, de qué compra; así sé qué tienen mis contemporáneos, qué buscan.