La Historia de Horacio
por Ignacio Piedrahíta
     

Distinguido lector, hablemos de groserías, expresiones muy usadas mas no bien ponderadas...
Es de imaginarse que en cada idioma habrá juramentos y escupitajos lingüísticos que sería imposible decir en cuál de todos la grosería encontraría mayor solaz. Pero el repertorio antioqueño, si se trata de establecer algunas jerarquías, podría decirse que tiene con qué robarse alguno de los primeros sitiales en variedad y creatividad. De hecho, una buena perorata de groserías genera en muchos casos más hilaridad que disgusto y, en otros, esas inquietantes muletillas marcan el ritmo de las conversaciones más amenas. El repertorio de una posible filosofía regional diría que la infelicidad del lugareño está en no poder expresar tranquilo sus "hijueputas". La literatura local, en ese sentido, ha sido tan solapada como los naturales: esfuerzos por el buen verbo y menos atención a la jerga. Claro que esto no es estrictamente cierto, pues hay obras que van al otro lado y lo más suavecito es "gonorrea, carechimba", y enseguida "te voy a quebrar, malparido".

   
En La historia de Horacio, una historia de familia, los juramentos hacen parte de las vidas de todos en la medida que salpican una u otra conversación. Horacio es un hombre que anda por los cincuenta y tiene esposa e hijos a quienes el amor pica aquí y allá y los convierte al fin en un hogar. Sus hermanos viven en los alrededores, en otras casafincas, y sus vidas se centran precisamente sobre la familia. Los hermanos están también casados y con hijos, y entre todos forman ese conglomerado extraño en donde se construyen los afectos y los odios ridículos a los que no tiene derecho el mundo exterior, como una familia de cualquier parte, pero en Medellín. Las cosas pasan alrededor de los 60, lo cual apenas se menciona, así como la presencia de Fernando González, uno de los hermanos, que es presentado aquí como alguien más de la prole. Está entonces el apoyo incondicional de los hermanos, las situaciones con las tías metidas, los íntimos deseos de los casados, las angustias mínimas, los reveses, la muerte. Narrador y personajes hablan como lo hacen las familias de Antioquia; el primero es más prudente y conserva sólo la cadencia, el tono, la música local. Por su parte, los personajes son típicamente paisas y en sus palabras está presente esa cantidad de matices que los dialectos locales crean espontáneamente para expresar intenciones contradictorias y complejas. El más gracioso es sin duda Jerónimo.
Cuando aparece el muchacho por primera vez, al lector le da cierta comezón. Más tarde se convierte en una tranquilidad, en el compinche; el único que expresa con la carga monumental de la grosería la percepción franquísima de las situaciones humanas. Con una palabra pertinente echa al agua incluso a su papá y su mamá: un día en que éste miraba delicadamente por el escote de ella, entra el hijo y apunta "Miren a ésta. Se le están viendo todas las tetas".
Hay más en esta novela, por supuesto. Está la mencionada presencia de Fernando González, que se convierte en un guiño para muchos y que recoge el afecto de quienes tienen por entrañable su obra. Está también la relación de Horacio con sus vacas y sus antigüedades: con las lecheras sufre partos y a ellas les dedica sus esfuerzos, como si la propiedad le significara responder por su bien rumiar y claro bramar; y con los objetos de arte se ufana de su habilidad de comerciante, aunque nada más para conseguir, porque ninguno vende. Con estos últimos se recoge en miradas silenciosas a las bacantes o en brillos secretos de arañas cristalinas. El carácter nervioso de Horacio le viene tanto de natural que de su muerte no hay más culpable que la historia suya, de cuyos apuntes está hecha esta novela.