|
Distinguido
lector, hablemos de groserías, expresiones muy usadas mas no bien ponderadas...
Es de imaginarse que en cada idioma habrá juramentos y escupitajos lingüísticos
que sería imposible decir en cuál de todos la grosería encontraría mayor
solaz. Pero el repertorio antioqueño, si se trata de establecer algunas
jerarquías, podría decirse que tiene con qué robarse alguno de los primeros
sitiales en variedad y creatividad. De hecho, una buena perorata de groserías
genera en muchos casos más hilaridad que disgusto y, en otros, esas inquietantes
muletillas marcan el ritmo de las conversaciones más amenas. El repertorio
de una posible filosofía regional diría que la infelicidad del lugareño
está en no poder expresar tranquilo sus "hijueputas". La literatura local,
en ese sentido, ha sido tan solapada como los naturales: esfuerzos por
el buen verbo y menos atención a la jerga. Claro que esto no es estrictamente
cierto, pues hay obras que van al otro lado y lo más suavecito es "gonorrea,
carechimba", y enseguida "te voy a quebrar, malparido".
|
 |
|
En La historia de Horacio, una historia de familia, los juramentos
hacen parte de las vidas de todos en la medida que salpican una u otra
conversación. Horacio es un hombre que anda por los cincuenta y tiene
esposa e hijos a quienes el amor pica aquí y allá y los convierte al fin
en un hogar. Sus hermanos viven en los alrededores, en otras casafincas,
y sus vidas se centran precisamente sobre la familia. Los hermanos están
también casados y con hijos, y entre todos forman ese conglomerado extraño
en donde se construyen los afectos y los odios ridículos a los que no
tiene derecho el mundo exterior, como una familia de cualquier parte,
pero en Medellín. Las cosas pasan alrededor de los 60, lo cual apenas
se menciona, así como la presencia de Fernando González, uno de los hermanos,
que es presentado aquí como alguien más de la prole. Está entonces el
apoyo incondicional de los hermanos, las situaciones con las tías metidas,
los íntimos deseos de los casados, las angustias mínimas, los reveses,
la muerte. Narrador y personajes hablan como lo hacen las familias de
Antioquia; el primero es más prudente y conserva sólo la cadencia, el
tono, la música local. Por su parte, los personajes son típicamente paisas
y en sus palabras está presente esa cantidad de matices que los dialectos
locales crean espontáneamente para expresar intenciones contradictorias
y complejas. El más gracioso es sin duda Jerónimo.
Cuando aparece el muchacho por primera vez, al lector le da cierta comezón.
Más tarde se convierte en una tranquilidad, en el compinche; el único
que expresa con la carga monumental de la grosería la percepción franquísima
de las situaciones humanas. Con una palabra pertinente echa al agua incluso
a su papá y su mamá: un día en que éste miraba delicadamente por el escote
de ella, entra el hijo y apunta "Miren a ésta. Se le están viendo todas
las tetas".
Hay más en esta novela, por supuesto. Está la mencionada presencia de
Fernando González, que se convierte en un guiño para muchos y que recoge
el afecto de quienes tienen por entrañable su obra. Está también la relación
de Horacio con sus vacas y sus antigüedades: con las lecheras sufre partos
y a ellas les dedica sus esfuerzos, como si la propiedad le significara
responder por su bien rumiar y claro bramar; y con los objetos de arte
se ufana de su habilidad de comerciante, aunque nada más para conseguir,
porque ninguno vende. Con estos últimos se recoge en miradas silenciosas
a las bacantes o en brillos secretos de arañas cristalinas. El carácter
nervioso de Horacio le viene tanto de natural que de su muerte no hay
más culpable que la historia suya, de cuyos apuntes está hecha esta novela.
|