Apuntes sobre una novela provocativa
(Rosaura a las diez de Marco Denevi)

Por Juan Carlos Orrego
 
La literatura policial argentina debe mucho, como se sabe, a Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, quienes, además de haber fundado una colección editorial ("El Séptimo Círculo") que reunió importantes obras del género, escribieron a dos manos uno de los más memorables volúmenes de cuentos policiales: los Seis problemas para don Isidro Parodi (1942). En ese volumen paródico (y no lo digo justo por el apellido del personaje), a un detective aficionado que se pudre en la cárcel le llegan varios casos por resolver, los cuales, casualmente, son justo los temas clásicos del género: el asesinato en un tren, el crimen en un hotel (un hotelucho de Buenos Aires, en este caso), un homicidio en una estancia de vacacionistas, la búsqueda de un objeto, etcétera. Fungiendo como ayudante del singular investigador aparece en escena, ocasionalmente, un tal Gervasio Montenegro, quien es, acaso, el petulante más cándido que ha conocido la historia literaria universal. Montenegro, a qué dudarlo, con sus interminables discursos presuntuosos (surgidos, sin duda, de su agudeza menguada) es quien hace que Seis problemas para Don Isidro Parodi sea una obra con 161 páginas, pues la parquedad y pragmatismo del detective enjaulado harían del volumen una cosa más breve, de no mediar ese insidioso y parlanchín ayudante que nadie ha solicitado.

Sin embargo, es justo Gervasio Montenegro quien nos permite empalmar esta introducción con algunos comentarios a propósito de Rosaura a las diez (1955), la inolvidable novela del también argentino Marco Denevi (1922-1998). (Pero aclaro: la novela es inolvidable para quien la haya leído y no, por supuesto, para una tradición crítica y lectora que, sin que pueda conocerse la razón, optó por guardarla en el infame baúl del anonimato.) Pues bien, ocurre que Denevi, en su novela, explota con intensidad la psicología desaforada de Montenegro, de tal suerte que la obra, con crimen y policías a bordo, llega a convertirse, en virtud de la fuerza de que le confieren cinco parlanchines protagonistas, en una de las más divertidas entre las escritas en el siglo XX en la América del Sur.
En la hospedería La Madrileña (es claro el lugar común con el Hotel El Nuevo Imparcial, el albergue de mala muerte que aparece en los cuentos de Bioy y Borges) un pintor taciturno y tímido ¾Camilo Canegato¾ se hospeda durante doce años, de tal forma que la dueña, sus hijas y la mayoría de los huéspedes logran establecer con él una gran familiaridad (y ello sin olvidar que la familia puede ser tanto un remanso como un calvario). Al pintor siempre se le ha detectado poquedad y pusilanimidad en su trato para con las mujeres, y por eso causa gran admiración la llegada a la hospedería de una carta romántica y perfumada que una tal Rosaura le dirige. Después, para aumento de la sorpresa, Canegato confiesa que ha conocido a la más bella, joven e idílica mujer que quepa imaginar, quien además le ama a él profundamente. Sin embargo, luego debe separarse de ella por impedimentos oscuros del azar, y por más que la gente de la hospedería trata de exhortarlo a que luche por su amor, el pintor se muestra sin ánimos para una nueva batalla. Alguna noche, sin embargo, justo a las diez (de ahí el título de la novela), Rosaura llega a la casa de huéspedes provocando un estridente entusiasmo general, pues todas las gentes de allí siguen la historia del pintor como si se tratase del más celebrado de los folletines. No obstante, algo extraño se verifica: Canegato es el único que se muestra más o menos hosco ante la irrupción de la amada, y durante los días que ella permanece en La Madrileña -mientras se prepara el matrimonio-tienen lugar entre ellos ciertas escenas más o menos equívocas. Cuando se casan, la misma noche de bodas llega a la hospedería la noticia de que Canegato ha asesinado a Rosaura.
El lector de esta reseña pensará que acabo de arruinar toda la sorpresa del libro; pero, realmente, no hay tal: igual iba a conocer tales acontecimientos a la mitad de la novela y, como puede comprobarse después, toda la gracia está en la explicación a ese hecho y no en el hecho mismo; es decir: lo que importa no es saber que muere Rosaura sino conocer las razones por las cuales tal cosa ocurre, el follaje de circunstancias que rodea los acontecimientos. Rosaura a las diez, como las clásicas novelas policiales, se basa en la reconstrucción de hechos, en la consideración de un asunto desde diferentes perspectivas de tal forma que poco a poco se vaya completando una imagen esclarecedora de lo que ha pasado. Por eso no aparece aquí ese inverosímil narrador en tercera persona que todo lo sabe, sino que, mejor, la novela convoca la declaración de cinco personajes. Ellos harán la novela, y el lector, después de conocer sus testimonios -desde el más deformado hasta el más crudo-sabrá, en la última página, por qué murió Rosaura la noche en que, junto a Canegato, se presumía que debía ser feliz.
Doña Milagros, la dueña de La Madrileña, es la primera y la más pródiga en declarar, y en su parlamento se puede detectar, airosa y sin bozal, la más pura candidez montenegrina: la buena señora representa, dentro de las indagaciones, la más alta ingenuidad. Donde aún el más pasivo lector podría observar hechos extraños, doña Milagros sólo ve fáciles tramas y motivaciones nacidas en sentimentalismos rosados y sublimes (y a tal punto que uno, fácilmente, puede abochornarse ante ciertas salidas de la vieja). Después habla David Réguel, un universitario habitante de la hospedería, quien hará las veces del malintencionado, del fraguador de explicaciones negras y paranoicas, quien se vale de un discurso seudo científico y pretencioso -hermano, en esto, del de Montenegro- con el que le apuesta a cierto protagonismo dentro de la historia; Réguel, pues, está situado al otro extremo de doña Milagros, por lo que el lector prontamente sabe que su versión sufre también de alguna deformación. En seguida se deja leer el testimonio del propio Camilo Canegato, quien, aunque soñador, habla desde cierta reposada razón filosófica (cabría imaginárselo -porque también gusta de los largos discursos-como un Montenegro, aunque más o menos melancólico y decididamente mucho más modesto); construyendo poco a poco una singular versión de los hechos, Canegato compartirá con su interrogador singulares tesis de arte y psicología. Con él, el cuerpo de versiones comienza a equilibrarse en algo, y la neutralización se concretará aún más con la declaración de la señorita Eufrasia Morales: ella, orgullosa y escéptica a la vez que inofensiva, se permite poner frente al lector nuevos acontecimientos que van iluminando otras galerías de ese laberinto del crimen. La señorita, maestra jubilada, de algún modo participa también del prototipo de Gervasio Montenegro, aunque de él replica nada más esa jactancia infatuada que le lleva a una desfavorable evaluación de las intenciones ajenas. Y acabada esa declaración es cuando cae sobre la mesa el último testimonio: una carta póstuma de Rosaura. Ahí, entonces está la verdad definitiva.
¿Debe una reseña hablar con profundidad o con paciencia académica de un libro? No: sú único objetivo es declarar que el libro existe, y una vez hecho el anuncio, poner frente a la boca del lector un anzuelo que sea a tal punto tentador que le obligue, como un poseso, a salir corriendo a las librerías o bibliotecas a hacer todo tipo de averiguaciones sobre la obra de marras. Por eso, desaprovechando esta gran ocasión de darme a conocer ante los lectores del presente medio como un analista conspicuo y certero (acaso, a mi vez, haciendo las veces de un Gervasio Montenegro) que sabe dar cuenta de la unidad significativa de una obra literaria, no diré una palabra sobre lo que decía Rosaura en su carta. Y si por ello va a decirse que esta no es una reseña sino una provocación, que así sea.
Por ahora sólo quería decir que la novela de Denevi, original e irrepetible, puede entenderse como la feliz prolongación de un camino creativo que ya había sido proyectado por dos maestros del oficio, Bioy y Borges (y así termino invocando dos nombres que ya habían aparecido en el primer párrafo. Cierre perfecto.)