Sin embargo,
es justo Gervasio Montenegro quien nos permite empalmar esta introducción
con algunos comentarios a propósito de Rosaura a las diez (1955),
la inolvidable novela del también argentino Marco Denevi (1922-1998).
(Pero aclaro: la novela es inolvidable para quien la haya leído y no,
por supuesto, para una tradición crítica y lectora que, sin que pueda
conocerse la razón, optó por guardarla en el infame baúl del anonimato.)
Pues bien, ocurre que Denevi, en su novela, explota con intensidad la
psicología desaforada de Montenegro, de tal suerte que la obra, con
crimen y policías a bordo, llega a convertirse, en virtud de la fuerza
de que le confieren cinco parlanchines protagonistas, en una de las
más divertidas entre las escritas en el siglo XX en la América del Sur.
En la hospedería La Madrileña (es claro el lugar común con el Hotel
El Nuevo Imparcial, el albergue de mala muerte que aparece en los cuentos
de Bioy y Borges) un pintor taciturno y tímido ¾Camilo Canegato¾ se
hospeda durante doce años, de tal forma que la dueña, sus hijas y la
mayoría de los huéspedes logran establecer con él una gran familiaridad
(y ello sin olvidar que la familia puede ser tanto un remanso como un
calvario). Al pintor siempre se le ha detectado poquedad y pusilanimidad
en su trato para con las mujeres, y por eso causa gran admiración la
llegada a la hospedería de una carta romántica y perfumada que una tal
Rosaura le dirige. Después, para aumento de la sorpresa, Canegato confiesa
que ha conocido a la más bella, joven e idílica mujer que quepa imaginar,
quien además le ama a él profundamente. Sin embargo, luego debe separarse
de ella por impedimentos oscuros del azar, y por más que la gente de
la hospedería trata de exhortarlo a que luche por su amor, el pintor
se muestra sin ánimos para una nueva batalla. Alguna noche, sin embargo,
justo a las diez (de ahí el título de la novela), Rosaura llega a la
casa de huéspedes provocando un estridente entusiasmo general, pues
todas las gentes de allí siguen la historia del pintor como si se tratase
del más celebrado de los folletines. No obstante, algo extraño se verifica:
Canegato es el único que se muestra más o menos hosco ante la irrupción
de la amada, y durante los días que ella permanece en La Madrileña -mientras
se prepara el matrimonio-tienen lugar entre ellos ciertas escenas más
o menos equívocas. Cuando se casan, la misma noche de bodas llega a
la hospedería la noticia de que Canegato ha asesinado a Rosaura.
El lector de esta reseña pensará que acabo de arruinar toda la sorpresa
del libro; pero, realmente, no hay tal: igual iba a conocer tales acontecimientos
a la mitad de la novela y, como puede comprobarse después, toda la gracia
está en la explicación a ese hecho y no en el hecho mismo; es decir:
lo que importa no es saber que muere Rosaura sino conocer las razones
por las cuales tal cosa ocurre, el follaje de circunstancias que rodea
los acontecimientos. Rosaura a las diez, como las clásicas novelas
policiales, se basa en la reconstrucción de hechos, en la consideración
de un asunto desde diferentes perspectivas de tal forma que poco a poco
se vaya completando una imagen esclarecedora de lo que ha pasado. Por
eso no aparece aquí ese inverosímil narrador en tercera persona que
todo lo sabe, sino que, mejor, la novela convoca la declaración de cinco
personajes. Ellos harán la novela, y el lector, después de conocer sus
testimonios -desde el más deformado hasta el más crudo-sabrá, en la
última página, por qué murió Rosaura la noche en que, junto a Canegato,
se presumía que debía ser feliz.
Doña
Milagros, la dueña de La Madrileña, es la primera y la más pródiga en
declarar, y en su parlamento se puede detectar, airosa y sin bozal,
la más pura candidez montenegrina: la buena señora representa, dentro
de las indagaciones, la más alta ingenuidad. Donde aún el más pasivo
lector podría observar hechos extraños, doña Milagros sólo ve fáciles
tramas y motivaciones nacidas en sentimentalismos rosados y sublimes
(y a tal punto que uno, fácilmente, puede abochornarse ante ciertas
salidas de la vieja). Después habla David Réguel, un universitario habitante
de la hospedería, quien hará las veces del malintencionado, del fraguador
de explicaciones negras y paranoicas, quien se vale de un discurso seudo
científico y pretencioso -hermano, en esto, del de Montenegro- con el
que le apuesta a cierto protagonismo dentro de la historia; Réguel,
pues, está situado al otro extremo de doña Milagros, por lo que el lector
prontamente sabe que su versión sufre también de alguna deformación.
En seguida se deja leer el testimonio del propio Camilo Canegato, quien,
aunque soñador, habla desde cierta reposada razón filosófica (cabría
imaginárselo -porque también gusta de los largos discursos-como un Montenegro,
aunque más o menos melancólico y decididamente mucho más modesto); construyendo
poco a poco una singular versión de los hechos, Canegato compartirá
con su interrogador singulares tesis de arte y psicología. Con él, el
cuerpo de versiones comienza a equilibrarse en algo, y la neutralización
se concretará aún más con la declaración de la señorita Eufrasia Morales:
ella, orgullosa y escéptica a la vez que inofensiva, se permite poner
frente al lector nuevos acontecimientos que van iluminando otras galerías
de ese laberinto del crimen. La señorita, maestra jubilada, de algún
modo participa también del prototipo de Gervasio Montenegro, aunque
de él replica nada más esa jactancia infatuada que le lleva a una desfavorable
evaluación de las intenciones ajenas. Y acabada esa declaración es cuando
cae sobre la mesa el último testimonio: una carta póstuma de Rosaura.
Ahí, entonces está la verdad definitiva.
¿Debe una reseña hablar con profundidad o con paciencia académica de
un libro? No: sú único objetivo es declarar que el libro existe, y una
vez hecho el anuncio, poner frente a la boca del lector un anzuelo que
sea a tal punto tentador que le obligue, como un poseso, a salir corriendo
a las librerías o bibliotecas a hacer todo tipo de averiguaciones sobre
la obra de marras. Por eso, desaprovechando esta gran ocasión de darme
a conocer ante los lectores del presente medio como un analista conspicuo
y certero (acaso, a mi vez, haciendo las veces de un Gervasio Montenegro)
que sabe dar cuenta de la unidad significativa de una obra literaria,
no diré una palabra sobre lo que decía Rosaura en su carta. Y si por
ello va a decirse que esta no es una reseña sino una provocación, que
así sea.
Por ahora sólo quería decir que la novela de Denevi, original e irrepetible,
puede entenderse como la feliz prolongación de un camino creativo que
ya había sido proyectado por dos maestros del oficio, Bioy y Borges
(y así termino invocando dos nombres que ya habían aparecido en el primer
párrafo. Cierre perfecto.)