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De
la guerra y la semántica One
wonders how many of us can recall a plain-speaking Evil En cuestiones semánticas, la mona que se viste de seda muchas veces mona no se queda. El lenguaje sirve para disfrazar la ignorancia, la ignominia y la sinrazón, y los eufemismos engañan a veces con su fulgor de baratija. Basta una mirada desprevenida a cualquier periódico para descubrir que estamos viviendo no sólo en el reino de las balas sino también bajo el yugo de los que tuercen el lenguaje para ocultar sus intenciones. Los ejemplos sobran. Aquí va un pequeño diccionario para no iniciados:
Una cosa es decir que la sociedad civil reclama un cese de hostilidades, y otra muy distinta decir que la gente pide que dejen de matar y secuestrar. Por ello los actores armados (perdón!) han optado por los eufemismos. Ellos saben muy bien que si controlan el lenguaje podrán hacernos tragar su agria medicina bajo la disculpa manida de que es por nuestro propio bien.
No cabe duda, estamos perdiendo la guerra de la palabra y el significado. Y ésta no es una guerra sin consecuencias, un simple lance de entrenamiento, sino el primer paso hacia la claudicación definitiva. Deberíamos pues comenzar a llamar las cosas por su nombre y a desdeñar los símbolos y los gestos de doble sentido. Y a propósito de símbolos, recuerdo una entrevista que se le hizo a doña Bertha de Ospina en las postrimerías del gobierno de Belisario Betancur. El entrevistador de turno le preguntó a la señora qué opinaba del proceso de paz. Y ésta contestó sin aspavientos y con una claridad que hoy añoramos: "cada que veo una paloma me dan ganas de matarla".
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