Democracias ejemplares
Por Daniel Hermelin

Raúl Fernando Zuleta "Zuleta"
El escándalo suscitado por las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos señala, para muchos, las fisuras en la democracia más importante del planeta. Unos dicen que ésta es una muestra de que allí también hay graves fraudes electorales, y que ése no es asunto exclusivo de los "países del tercer mundo". Otros dicen que existen ciertos problemas estructurales que ameritarían cambios estructurales, por ejemplo: un presidente de los Estados Unidos puede ser elegido con un máximo total de votos menor que el de su contrincante, como al parecer sucedería si, al final de la batalla político jurídica, le ganase Bush a Gore, ya que todo depende de la suma total de votos de los Colegios Electorales de los estados.

Muchos analistas han hablado de los problemas en la elección, de los mecanismos para elegir al presidente, de las soluciones jurídicas para la crisis, pero poco se ha aprovechado la coyuntura para la discusión sobre la representatividad en la democracia gringa. Pareciera no ser muy sorprendente el hecho de que, en la nación más influyente del planeta, no haya sino dos partidos con opciones de llegar a la presidencia, los dos mismos que se llevan la inmensa mayoría de curules en las cámaras parlamentarias. Claro que sus gobernantes se dan ínfulas de defensores del sistema de gobierno democrático en su país y en el mundo entero. ¿Pero es tan homogénea la sociedad norteamericana (nacida de las más diversas hordas de inmigrantes, muchas de ellas recientes) como para que el gusto electoral todavía se refleje exclusivamente en dos partidos? Además, ¿son tan importantes las diferencias programáticas entre los demócratas y los republicanos? ¿Hasta dónde tiene que ver esto con que la constitución norteamericana sea la carta magna vigente más antigua del planeta (212 años, ¡sí: 212 años!) y la más resistente al cambio?

Es curioso que en el país del Tío Sam aún no existan partidos fuertes que defiendan los intereses de las clases menos favorecidas, al menos en teoría. ¿Acaso no son viables, o acaso es esto todavía una herencia del macartismo? De cualquier manera, la oposición de esa índole sí existe allí, desde los sindicatos hasta la academia, pero nunca ha tenido el poder suficiente como para ejercer una verdadera oposición política. Además en los Estados Unidos, ya se sabe, los demócratas y los republicanos están lejos de mandar solos: en buena parte son ellos simples representantes de los intereses de las grandes compañías (pregúntenle a Bush por la Rifle Association, la asociación de vendedores y fabricantes de armas), muchas de ellas transnacionales (pregúntenle a Gore por la Exxon). De suerte que los abusos de sus dirigentes no perjudican sólo al pueblo norteamericano sino al resto del mundo. Cuando los gringos bombardean o apoyan política o militarmente un conflicto en otro país, los intereses son tan políticos como económicos, y, en el fondo, suelen ser sólo económicos. Es obvio que no hubiera habido guerra del Golfo si en Kuwait no hubiesen existido intereses petroleros norteamericanos.

No obstante, no se puede desconocer que los otros regímenes democráticos "ejemplares" tienen muchas prácticas semejantes. Francia, a quienes muchos ven como un país con una democracia cercana al ideal, está lejos de ser la excepción. ELF y TOTAL, empresas petroleras que han sido en buena parte propiedad del estado, se han visto involucradas en graves denuncias por manejos políticos, envíos de armas e intromisiones en conflictos o guerras civiles de sus excolonias africanas. Y no nos detengamos en lo del negocio de las armas para los países en conflicto. Vale la pena hacer énfasis en una virtud de los sistemas políticos de muchos países de Europa Occidental. La mayoría cuenta normalmente con por lo menos 4 ó 5 partidos grandes, que aunque no siempre llegan al ejecutivo, tienen un poder considerable en el legislativo. Y eso sucede incluso en los más retrógrados, como aquellos que no nacionalizan a los hijos de sus inmigrantes -Suiza o Austria, por ejemplo. En Francia y en Alemania existe toda la gama, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, pasando por la centro-izquierda y la centro-derecha (que son quienes más representantes tienen en el Estado). Lo que implica que la sociedad civil tenga más opciones, e incluso más peso, teniendo en cuenta las facilidades y la efectividad que allí se tiene para los referendos, además de la cercanía entre la academia y las legislaciones. Así pues, estos países suelen contar con democracias relativamente representativas. Eso sí, no nos metamos con sus problemas en cuanto a inmigración, pues evocan a las democracias de la Grecia Antigua con sus ciudadanos de segunda y hasta de tercera clase.

En síntesis, no está este mundo en muy buenas manos. Y aunque los dirigentes europeos, ya sea por demagogia o por presión de su sociedad civil, a veces intentan arrebatarle a los gringos el timón del barco planetario con propuestas altruistas, éstas no pasan de ser jugadas esporádicas e inocuas. La sumisión a los designios de los Estados Unidos parece ineluctable. Basta con recordar la intervención de la OTAN en Kosovo.

Tampoco da la impresión de que este rumbo vaya a cambiar sustancialmente en un futuro inmediato. Menos con Gore, hombre de aire pérfido, y menos aún con el mentecato de Bush. Bueno, o quizás el destino del mundo sí puede ser distinto con este último: ¿No se le ocurrirá al sonriente de George Walker algún brillante pretexto para exasperar, por ejemplo, al exdirector del DAS ruso y campeón de judo Vladimir Putin, tanto como para que haga uso de sus desvencijadas cabezas nucleares?