Vida de nadie

Tierra

Muchacha, montaña mía, ahora que el camino
es el viento, donde el polvo de la casa que
sostiene mis huesos se entrega a su paso, y cualquier
voz es agua para mis ojos, ignoro el real motivo
de estas palabras:

Ya ves, te lo dije un día, y lo repito en su
noche: no soy más que un árbol en el bosque de la
intemperie. De tanto esperarte he terminado por
ser uno más de ellos, quienes han sido los únicos
que han recibido mi cansada paciencia entre su
aire.

Mírame muchacha, ya el gesto de mi abrazo
ha hecho ramas de mis manos. Tengo cubierto el
cuerpo de parásitas, y llevo sobre mi espalda los
cabellos crecidos de insectos y con aroma de orín.
Mientras te hablo llegan a mí los pájaros que han
construido su nido en mi voz con las pajas secas de
mis venas.

***

no temas si al llamar no respondo, si nadie
te asiste bajo la llameante ceguera del sueño: es la
escritura; el extravío en lo hallado.

Muchacha, cuerpo mío, donde ascendía en
la noche a contemplar la consumación del cielo en
el temor de sus criaturas.

Muchacha, montaña mía, ven porque atrás
quedaron las palabras.

     

 

Ojo Por ojo

una noche siendo yo un niño, mi padre me
dijo - ya no recuerdo las palabras-: escóndete en la
casa, luego te buscaré.

Sigo escondido, esperando.

***

mi padre día a día, noche tras noche, alimenta
con su vida a los cuatro caballos ciegos que
lo maldicen.

Los cuatro caballos ciegos le persiguen por
el silencio de la casa que los esconde, mientras lo
miro lavar sus manos con la lluvia que escurre por
los tejados rotos del sueño.

Los cuatro caballos ciegos de mi padre lo
llevan a pasear por cuatro reinos diferentes, donde
todo recuerdo es una ruina.

Los cuatro nombres por los que me llama.

***

Bajo el nombre de mi padre se levanta un
vasto imperio que desconozco.

Puedo ver en sus ojos la mano que trepa por
las paredes de la casa y se oculta en la tiniebla de
los cuartos clausurados. La mano que deja a su paso
una baba oscura, por donde ahora camino.

Sobre la muerte que imploro, se levantan
las piedras de la casa.

***

Mi madre gorda cuando duerme parece una ballena
encallada en la playa. Entonces río, y mis ojos que
la miran desde el sueño, se vuelven agua de su
océano y mis manos arena de la orilla.

Mientras duerme pienso si la vida se entrega
a la tierra como las ballenas, y si en vano ahora
intento mover su cuerpo hacia las aguas que no
quiere más visitar.

    

Casa de huesos

mi casa, como el desierto, no tiene techo ni
puerta, sólo boca.

Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos,
Sólo una mano empuñada la sostiene.

Esta casa la he construido quitando ladrillos
y entregando mis huesos al vacío que resta.

La casa es oscura como mi voz en sus corredores.

Vivo en la casa que camino, la que acecho
y me persigue como el gusano tras la carne
enferma.

A cada grito se levanta; con cada silencio
la destruyo.

***

este rostro mío de montaña y trozos de
cielo caído. Este rostro de sol apagado en charquitos
de agua turbia, levantado con las piedras que me
sepultan, las palabras.

Este cuerpo mío, unido sus tendones a telas
de araña, pintado en sangre de colores que se
odian.

Esta voz mía es el polvo de la casa, hecha
con despojos de música y columnas de silencio. De
ruido y furia callada.

Este rostro mío, este cuerpo mío, esta voz
mía, esta casa de huesos que se rompen en la
oscuridad de la sangre.

    

 

Cielo sepultado

ilumíname Señor del jardín quemado.
Estoy perdido en esta casa de palabras ciegas. Me
encuentro luchando contra desconocidos en una
lengua que no es la mía.

Señor, penumbrante Señor, dame el don de
errar en mi mundo.

***

de repente, bajo la inmortal tiniebla que
lacera mi rostro, caminar con los párpados caídos por
el peso constante de la voz que llamo.

Y mientras persisto en ignorar todo, quiero
volver la mirada, pero temo en mi mano encontrar
más ajeno el mundo.

Pienso, si éste ha sido el camino y si éstos
los pasos.

***

El viento quiere entrar por la puerta, y no hay
corazón que lo impida.

Viene y los ojos sueltos miran en los pasos, las
huellas borrarse.

***

Los pájaros clavan sus picos en mi carne.

Sobre mis palmas reposan. Beben el agua de mis
ojos y mi lengua calla. La dicha de ser su alimento
no me alcanza.

Otra será mi gloria, no los cielos.