[[ MORIR ÚLTIMO ]]
Por: Santiago Andrés Gómez - La palomera perdida

Llegué con Cristina al Dux, apenas enterado por ella del escándalo que ha provocado La virgen de los sicarios, pensando que, de algún modo, era el lugar indicado para verla. El Dux es uno de los teatros más viejos de Medellín. Está ubicado en el Centro, en Junín, y su taquilla aparece por unos instantes en el filme. Nunca antes había salido de un teatro de cine al propio escenario de la película, y es que por Junín, por Girardot, del Parque Bolívar a San Antonio, se pasean los personajes y la cámara de ésta, una película colombiana producida y dirigida por un francés universal: Schroeder. Al Dux va el pueblo o digamos la parte más pobre de ese montón de animales a los que se refiere Fernando Vallejo, el autor del guión de La virgen y de la novela en la que se inspiró. Allí, la película es para mayores de dieciocho años, pero entra el joven sicarito de diecisiete con su mujer y sus dos hijos a explicarles las diferencias entre la Lugger y la Beretta, pues el rotativo es de doble función: Jean Claude Van Dame y Dolph Lundgren, o la viga de Van Dame y el calidoso de Steven Seagal, o Stallone y Van Dame.

Allí vi yo Butch Cassidy and the Sundance Kid, con Paul Newman y el Sundance Kid, hace más de veinte años. Era, pues, no sólo el mejor sitio para ver La virgen de los sicarios, sino el mejor momento para volver allí, para estar en contacto con otro cine, distinto al que se proyecta en los centros comerciales y en las salas de cine arte, menos elegante y más cálido, incómodo e inseguro: el lugar propio. La proyección, incluso, estuvo horrenda, pero mejor, infinitamente mejor que en el Museo de Arte Moderno de Medellín, hueco del que me desquito ahora, París.

Bien: la gente reaccionó como yo, que soy paisa y nací en el 73, pero se escandalizó más con el beso entre Alexis y Fernando, los protagonistas de la película, que con todas las balaceras que ocasiona Alexis porque sí. No obstante, una especie de reflexión, un asentimiento femenino a alguna frase, una risa de un niño comentada por su padre, dejaban ver que el profundo mensaje de Vallejo y Schroeder calaba aunque no fuera a producir ningún resultado, porque una película frente a la vida es como Goliat muerto a manos de David: parece contar una historia, pero no es nada. Historia la mía y después de ver tanto cine, sigue siendo la mía. Estos muchachos que matan porque quieren, como me desatrasó una madre de familia hace diez años, porque oportunidades hay para todos, decía la engañada, estos muchachos, no son tan maleducados. Sus maestros fueron colombianos como ellos, amenazados, embaucados, ignorantes, pero los alumnos decidieron, no sabemos por qué, Señor, enfrentar la muerte de un modo que ha preocupado a los pocos inteligentes que habitan esta ciudad, incapaces, no como los capacitados fariseos que siguen pisoteándose: incapaces naturalmente y atentos a la debacle de mi generación en adelante. Aquí mataron a Jorge Abad, un parapentista pionero, por aterrizar accidentalmente en Belén ; mataron a Andrés Escobar por un autogol ; a Botero, el patinador, por existir, claro ; al hermano de Taché, porque no corrió un carro en una de las lomas de San Lucas - menos mal de un santo -. A Jesús María Valle lo mataron porque no "convenía", aunque fuera buena gente, como a Roldán, y a Umaña porque iba a decir la verdad de la muerte de Gaitán: que lo mató Oswald.

Así han muerto muchos miles en nuestra ciudad, donde la vida no vale nada. Por eso da risa el escándalo ante esta cinta, que es el siguiente: Barbet Schroeder vino a Colombia, vino a Medellín y vivió un tiempo grabando un supuesto documental sobre la obra de Fernando Vallejo. Dijo que su nombre no era La virgen de los sicarios: dijo que no tenía nada que ver con una película sobre esa historia, tan importante en la carrera del excelente escritor. Así engañó a "medio mundo", a "medio Medellín": si no, lo matan. O de pronto. O quién quita. Le tocó volarse porque lo iban a secuestrar, pero no se voló: terminó su trabajo. Cuando el "documental" en video fue estrenado en el Festival de Venecia como La virgen de los sicarios, y en cine, Germán Santamaría pudo verla y no creyó que eso pasara aquí, ni que nadie tuviera derecho a decir: "Pobre Pablo", de Pablo Escobar, porque aquí no le dejan levantar cabeza a nadie. Cuando en verdad todos nos levantábamos a desayunar con Pablo y hasta le decíamos que sí, que mate a ese ministro, que no deja trabajar tranquilo. ¿O se dirá que no ? Este mundo va para un revolcón tan grande que ningún futurólogo se lo imagina. Prohibir esta película era la propuesta de Santamaría en la Revista Diners y de su amigo Alberto Duque, un escritor que habla de cine como una lora, quien escribe en esa publicación y en el 90 envió informes falsos de Cannes diciendo a RCN que Rodrigo D, que es la única gran película que se ha hecho en Colombia, era un fracaso, todo porque hablaba mal del país, o, mejor dicho, porque hablaba. Santamaría, que también ha escrito, dijo en un cuento que su mamá le dijo que es mejor "morir último". Que siempre será mejor morir último. Ahí están.

Vallejo, como Gaviria, no gasta pólvora en gallinitas, ellos no se ponen a hablar "bien" o "mal" del país: ellos están vivos en una encrucijada grande que tiene a Medellín como ojo de tempestad. En un mundo en el que se penaliza hipócrita, selectivamente, el uso y el tráfico de estupefacientes, Medellín es la capital de la cocaína, de la marihuana y del asesinato, sin que se vaya realmente a cambiar la situación por acabar cada año con toda la tierra y toda la gente de este país. Gaviria y Vallejo hablan, de manera además muy distinta, de las expectativas vitales de una persona en esta ciudad: ¿Cómo ? ¿Los sicarios son personas ? Son asesinos, pues claro. ¿Qué caldo de cultivo cultural es el que hace no sólo que hagamos lo que hacemos sino que lo neguemos ? La gente en el exterior vive fascinada con el mito Escobar: en Bélgica hay una taberna: Pablo Disco Bar es el nombre. En People & Arts, canal de los mejores, pasaron hace poco un documental sobre el Patrón, ese hijueputa. Daban como un hecho que él había mandado asaltar el Palacio de Justicia en el 86 para matar los magistrados de la Sala Penal. No mencionaban ni siquiera al grupo del M-19 que quiso hacerle, en cambio, un juicio político al Presidente Betancur por incumplir los pactos de paz. Ni mucho menos, que la ocupación a sangre y fuego del ejército desencadenó la muerte de los magistrados. También daban por hecho que Escobar "mató" a Galán, cuando yo sé que detrás de todo ello estaban, igual, políticos, ganaderos y mafiosos que querían que Durán Dussán llegara a la presidencia, el otro liberal. Escobar sabía que no tendría cabeza después de la muerte de Galán, y sus amigos nos le torcimos. Matón, no des la cara. Sé legión.

Barbet Schroeder leyó esa cantera implacable de denuestos contra la propia estupidez que es el librito La virgen de los sicarios, esa perorata incontenible, y se sintió atraído por ella, así como se sintió atraído por la obra de Bukowski para hacer Barfly. No es, pues, por ganar plata que Schroeder vino acá: lo hizo, oh Dios, por placer. Lo hizo por ese destino fatal de ser el artista que es. De hecho, la obra de Vallejo tiene repercusiones objetivas enormes. La novela que dio origen a la cinta es hija de seis mil años de literatura, y está a la cabecera, después de Camus, después del mismo Bukowski. Vallejo canta en primera persona una elegía impresionante de vencimiento y sueño. Este personaje que siempre habla del río del tiempo llega a Medellín después de la época de las bombas luego de muchos años de estar lejos. Lo que ve es el producto de la hipocresía que combatía antes. Aquí han dicho que él es un acomplejado y el gracioso Alberto Restrepo dijo en El Colombiano que "patología no es culpabilidad", indulgente, cuando no hay nadie que no sea culpable y además enfermo en este país de presuntos inocentes que nunca, nunca tenemos "nada qué ver" en el jaleo. Su homosexualidad sencillamente encantadora no es alegre, no es frustrada, es putamente real y desafiante: el busca amor, no hijos: ni siquiera sexo, ¿ah? ; ahora: él es sólo un escritor y está tapado de la plata. No es nadie, pues, ni tampoco tiene derecho a quejarse. Pero tiene el don de la libertad con el que nació Epifanio para lamentar el oro, con el que nació González para desnudar la vanidad, con el que nació Arango para desvelar la beatitud. Vallejo pide a Wilmar en la novela que escriba sus deseos: recibe una lista escasa de productos. El escribe, grande: "Wilmar".  

Esta tremenda lección la da Vallejo como lo hacen los grandes escritores, como lo hace Caicedo cuando me pone a llorar, Ospina cuando se olvida de todo, Gaitán: con precisión, con certeza. Cada uno de los productos, bienes o servicios que anhela Wilmar son minuciosamente descritos con su bendita marca: unos tenis Reebok, unas camisetas Ocean Pacific, ropa interior Calvin Klein, una nevera Whirlpool para la cucha, la mamá. Ahí están. Son las cosas con que la publicidad emboba no sólo a los jóvenes de Medellín, claro: no se es malo por ser pobre: también emboba, con otras cosas, a adultos, y son bobada del rico. Lo que pasa es que aquí sí somos malos: aquí no nos importa nada ni nos gusta de la vida sino el sabor. Poesía bestial de amor a estas bestias, no dejan de ser Vallejo y Alexis compatriotas. Toda la estructura de la novela es contradictoria, el personaje no sabe a dónde va, pero no se trata de un recurso para hacerlo conocer cosas: es la verdad de su vida.

En realidad, Vallejo vive como mucha otra gente y si ve tantas muertes es porque, damas y caballeros, anda con un cascón, de mirada dulce y todo pero cascón. La gente que dice que es exagerado el número de asesinatos en la película es porque no ha vivido en Medellín, realmente. Yo en mi vida no he visto tantos homicidios como los que ve Vallejo: él tampoco había visto tantos. Lo que sí sé es que aquí contratan pillos de Manrique o Barrio Antioquia o incluso, ¿qué va a ser ?, guerrilleros, para ir a desplazar gente de Urabá y construir un canal de los peores, interoceánico. O para ir a matarla, si no.

Y cortar la cabeza a sus niños. Y colgarla de los árboles. Sé que no sólo sucede así en Antioquia, sino en todo el país. Y todo por la plata.
Barbet Schroeder se comunicó con Vallejo y el propio Vallejo, que es cineasta, adaptó excelentemente su novela en un guión que debería emplearse para ver lo que es accesorio y lo que es fundamental en la literatura al ser llevada al cine. La película abunda en detalles que nos hacen ver que no hay nada como la libertad de pensamiento: sí, nada más inútil. Medianamente, la libertad de movimientos existe, pero motivada por el tedio, la angustia de la vida, el consuelo irritante de una virgen silenciosa, el consuelo imposible. Alexis pone Heavy Metal a todo taco, pero mata a un punkero por hacer bulla - hermoso el detalle de que Vallejo le diga "hippie" al punkero -. La visita del escritor a Santo Domingo pone en relieve que su visión es absolutamente fatalista. La madre de Alexis, la única mujer en la película - sin contar una mendiga, una mesera o la hermana ausente que menciona Vallejo - es una caricatura, sin calificativos, una destilación del tipo de mujer abnegada, paridora, autocompasiva y demandante de nada que valga el rato, casada con el tipo de hombre humillado, torpe, derrotado, traicionero de sí mismo, que abundan en el Tercer Mundo. No hay solución. A sufrir vinimos. A vengar. "Deja que se maten entre ellos", le dice Vallejo a Alexis. Pero después de que matan a Alexis, Vallejo hace luto: cierra las cortinas de su gran ventanal. Luego se enamora de otro muchacho, Wilmar, a quien cree haber visto. Resulta ser el asesino de Alexis, pero no es capaz de odiarlo. En un motel, mientras oyen los gritos de una mujer en el canal porno que Wilmar ha puesto en televisión, Vallejo puede estar ante todo lo que odia, el ajetreo pendejo de un cuerpo atolondrado, sin otro fin, dizque satisfecho. Lo va a matar. Pero no.Wilmar le dice a Fernando Vallejo que Alexis había matado a su hermanito.

Cuando Vallejo le propone que se vayan de Colombia, le pasa lo mismo que le pasó con Alexis: matan a Wilmar la noche anterior al viaje. La película concluye con Vallejo cerrando las cortinas de su ventanal, otra vez. Creo que se tiene que estar confundido para no percibir la intensa compenetración de esta película con su tema, mínimo su validez, su importancia. Realizada en video de Alta Definición, esta obra es, con mucho, la mejor que haya hecho cualquier cineasta extranjero en nuestro país, aunque claro, no es Rodrigo D. Ni Herzog, ni Pontecorvo, ni Joffe, ni Rossi lograron decir nada interesante con las estrafalarias películas que hicieron por aquí.

Schroeder es, al revés, una de las personas más curiosas del cine moderno. Fue quien dio la primera oportunidad en el cine al gran Néstor Almendros, cuya iluminación influye tanto a Lalinde, el director de fotografía de La virgen: sus imágenes son de una claridad y transparencia que le echan la última palada de tierra al cine y logran lo que Almendros quiso: consolidar el video. Con Almendros en la luz y Eric Rohmer como director, Schroeder produjo La coleccionista y otros filmes esenciales en la historia del cine, y cuando se lanzó a dirigir comenzó a trabajar con seres en el límite: Pink Floyd, las putas masoquistas de París, los aborígenes de Nueva Guinea, bien en películas de argumento o bien en documentales como el que hizo sobre Idi Amín Dada y que produjo tantas protestas en Uganda, porque dañaba su imagen. Incluso en Hollywood, con Jeremy Irons, con Nicolas Cage, con Bridget Fonda ha trabajado este sobrio realizador, que reúne la angustia alemana y el fresco francés en su cine cosmopolita.

Almendros decía que Schroeder trabaja por complacer su deseo de aventura. Fragmentos de su diario, publicados en la revista Número y en otras son los que más ampolla levantaron aquí entre gente que incluso le ayudó. Pero no nos llamemos a engaños: tanto sus delirios de persecución como lo que muestran su obra y la novela de Vallejo se deben a hechos reales, bestiales, de nuestro país, esto es, de nuestro ser cultural, económico, religioso. Para mí, personalmente, lo que esta película representa es ver hecho realidad, en las calles donde yo vi a los diez años a un hombre perder su brazo derecho por estallar en sus manos una granada que no alcanzó a poner, el ideal del cine que me enamoró de este oficio: el ideal de cine callejero, hogareño, íntimo, social, humanista, libre, que Luis Alberto Alvarez me enseñó.

El fue quien primero me habló de Barbet Schroeder. Entre las primeras cosas que me dijo de él fue que se trataba de un director tan irregular como importante. En realidad, La virgen, como muchos otros de sus proyectos, tiene problemas inherentes a su propuesta. En este caso, filmar un argumental en tan poco tiempo, con actores naturales, en un terreno tan ajeno, es muy difícil para construir bien los personajes. El resultado es una película con una dirección de actores dominada por lo conceptual, y eso la sostiene, sin duda, aunque a veces se parezca limitar por ello: se estrecha ahí, en ese aspecto, no en general. Todo se subordina a esa visión global, a esos grandes movimientos de cámara llamados "grúas", que muestran la cantidad de gente trabajando detrás de unos escritorios, la cantidad de gente esperando noticias, la cantidad de gente muerta, en el Anfiteatro, en Medicina Legal: cuerpos, ciudades, sin ropa...
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