| [[ Maestra vida 100 retratos de Caspar Hall
]] |
| Por Pascual Gaviria U. |
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Además
del impacto que produce en el espectador esa especie de careo con
cien rostros que miran fijo y de frente, ora con expresiones ávidas,
ora melancólicos, ora con aire de súplica, ora desafiantes,
la exposición Maestra vida de Caspar Hall sugiere varias singularidades
respecto del retrato en sí, de su historia en el ámbito
local y de la relación entre quien se para detrás del
lienzo y quien se planta inmóvil a la espera del milagro.
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El florecimiento de
una burguesía local con ínfulas aristocráticas
que se dio durante buena parte del siglo XIX, convirtió el
retrato en un signo de prestigio social. Ya no sólo los próceres
y notables tenían derecho a la perpetuidad del lienzo y el
retrato privado se impuso como una de las nuevas y finas costumbres
provincianas.
Esto hizo que artistas locales y pintores andariegos (nacionales y
extranjeros) se lanzaran en busca de un público ávido
de la distinción que prometían las largas horas frente
al caballete y la mirada escrutadora del artista. Como testimonio
de esa competencia quedaron algunos avisos publicados en periódicos
de la época: "El Sr. Luis de Laval, ciudadano francés,
ha llegado a esta ciudad i tiene el honor de ofrecerse al público.
Se encarga de ejecutar cualquier clase de trabajo relacionado con
el arte de la pintura, como copias de imágenes y retratos.
Las personas que tengan a bien ocuparlo se servirán ocurrir
al Hotel Cosmos. Precios convencionales. Medellín mayo de 1886".
Algún cronista del Medellín de entonces cuenta que Ángel
María Palomino, miembro de una reconocida familia de artistas,
anunciaba así su escala de tarifas: "Sin parecerse, por
$5. Con aire de familia por $8. Igualito, igualito por $10." |
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Todo esto sigue el camino
normal según el cual los retratados buscan los pinceles
más prometedores y pagan por sus favores o maltratos. Sin
embargo en el caso de Caspar Hall las manos resultan más
ávidas que los rostros y será el pintor quien salga
en busca de una "identidad", de la que acaso se han
ocupado los papeles oficiales y sus números.
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Aquí el artista
no cobra, paga por el trabajo de sus "pacientes",
por lo que nuestra desacostumbrada quietud de doce horas alcance
a revelarle. El resultado final de esa relación entre
"paciente" y pintor no es menos contrario a la ortodoxia.
En ningún caso la imagen del retratado vigila desde
alguna pared de su casa, su semblante se queda en el estudio
y apenas le será dado llevarse una foto del retrato,
como quien saca una sombra de otra. Así, la figura
que el "paciente" se lleva de sí mismo bien
puede terminar en un "portarretratos" junto con
algunas imágenes fotográficas. Por una extraña
vuelta la pintura deviene en fotografía.
Pero si la manera de encontrar los modelos tiene algo especial
en la obra de Caspar Hall, la condición de estos también
revela singularidades. |
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| Sólo
en la primera mitad del siglo XX cuando la cámara de
Benjamín de la Calle apuntó hacia los rostros
que "venían del monte a la ciudad" en busca
de una firma notarial, el registro de una mina o acompañando
la vocación sacerdotal de un hijo, los humildes tuvieron
la oportunidad de verse retratados, de acomodar sus pies hinchados
y sus ruanas frente a la cámara para aparecer bajo
el fondo de "idílicos paisajes de tramoya".
Nada ilustra mejor la actitud que le negaba a la pobrería
la posibilidad del retrato como un comentario del cronista
Pedro Fernández a comienzos del siglo XX: "Medellín,
diga el censo lo que quiera, tiene cincuenta mil almas, es
decir cincuenta mil rostros que deben caer bajo el dominio
del arte fotográfico
resto de aquella cifra treinta
mil: veinte mil para menesterosos que no tienen derecho a
pasar a la inmortalidad y diez mil que ya estamos en el archivo
de Gonzalo Gaviria." |
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En
la obra de Caspar Hall todos los modelos pertenecen a las
clases populares de las que los pintores se han ocupado buscando
más la exaltación de un oficio, que resaltando
el valor individual del retrato. Sin embargo no se trata aquí
de reivindicaciones sino de una elección que sigue
caminos personales, simples y prácticos: la amistad,
la cercanía de un vecino o la admiración por
una expresión y una actitud particular, dictan la inclusión
de un rostro u otro dentro de esa centena de visajes. |
Respecto del retrato en
sí la particularidad de Maestra vida está dada por
el papel que cada obra cumple como la parte de un todo. Allí
los rostros no son tan sólo el paradigma de la singularidad
y lo individual, sino que vienen a engrosar una muchedumbre, a
ser parte de un "catálogo" de miradas, expresiones
y posturas que nos aplastan un poco evocando lo tumultuoso y multitudinario.
Cuando se cuelgan cien retratos uno inmediatamente del otro, conformando
una especie de mural, los rostros se convierten en expresiones
de un mosaico; lo que eran facciones definitivas ahora pueden
constituir sólo un guiño, una mueca, un mohín.
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La última de las singularidades no pertenece ya a la obra
de Caspar Hall sino a la manera como ésta aparece en la
tercera edición de rabodeají. Las fotos que ilustran
este artículo fueron tomadas en la inauguración
de Maestra vida en diciembre del 2000. Así que lo que normalmente
constituiría material para las páginas sociales,
es aquí el catálogo que permite hablar de la obra.
Los invitados son en su mayoría los "pacientes"
de Caspar Hall que siguen posando al lado de sus dobles, multiplicando
sus imágenes ya repetidas. De este modo los retratos se
siguen sucediendo en la cámara de quien registra el evento
social. La recompensa por ese exceso de "quédese quieto"
y "míreme de frente", es más que merecida:
varios brindis que comienzan a deformar los rostros de retratos
y modelos.
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