Dicen que fue humano y que muy
pronto habló de los cigarrillos como pequeñas metáforas,
así los llamaba el mismo, pitillos simbólicos que
representan una vida, el primer fuego, el cuerpo y su alma huyendo
en grises velos
A los doce años robó a su padre una cajetilla de
tabaco sin filtro. Uno a uno, fumó los veinte cigarrillos
encerrado en un baúl y, mientras lo hacía, remplazaba
sus dedos por colillas encendidas.
Afirmar que después del incendio nadie lo halló,
sería aceptar la existencia de algún esfuerzo por
encontrarlo.
Hoy sabemos del espantoso silbido que sale de su pecho y de la
incurable abulia que arruina a quien lo escucha; de las ardientes
llemas de sus dedos y de la dudosa manera de invocarlo: quien
diga "alquitrán"
en un cuarto oscuro mientras sostiene un espejo, lo conocerá.
Ese inofensivo y espontáneo reflejo que nos hace sentir
saltos en los parpados, con una independencia molesta pero graciosa,
es atribuido a la cercanía de este ser.
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