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[[ Los Sobrevivientes ]]

Por Andrés Giraldo

Jaime Andrés Ramírez

Tanto tiempo después todavía eran sabrosos los muertos. Muy gustosos y antojadores. Desde arriba todos los cadáveres se ven exquisitos. Atraen, arman tumulto. Y al final todos los muertos son iguales. No importa procedencia ni trayectoria, principio ni fin. Sobre todo si su muerte, sea cualquiera la que escojan, garantiza la comida. Siempre es bueno llegarles primero, cuando se puede.

La muerte llega. Simplemente. A su debido tiempo, o no. Allí, sobre todo, se moría. Era de lo más común. Se moría la gente. Con o sin razón: por gastritis, por hepatitis, por meningitis o por quién sabe qué. Y los que no, lo hacían por una extraña e inexplicable especie de fiebre tropical.

Para Torvo, Zamacuco y Cazurro fueron muchos los muertos, como fueron largos, felices y bastantes los días de hurgar en sus entrañas, de esculcar sus costillares dispersos por el pavimento en busca de lo más entrañable que tuvieran. Todavía recordaban con entusiasmo esos sabores ácidos, pépticos y amargos contenidos en los recién muertecitos. Aunque ahora era otra la amargura. Y sabía distinto.

Al nacer fueron blancos. Como gallinas. Nada que hiciera presagiar a futuros comilones de carroña. Excepto sus ojos negros y el pico torcido, ninguna señal premonitoria de oscuras intenciones. Requisadores de podredumbres, sacudidores de cuerpos sin alma, catadores de olores fétidos y gases explosivos, pasaron vidas enteras entre inmundicia y putrefacción.

Eran tres negros viejos, sucios y desplumados que odiaban la ley de la gravedad. Negados para siempre al placer limpio del sol que nace tras una larga noche de lluvia, recibían su calor con las alas pegadas a los cuerpos para no exhibir en público sus antiguos trajes rotos. Amanecía y bajaban con cuidado hasta las canecas, acostumbrados ya al vegetarianismo de las frutas, jugándose la suerte de encontrar carne cocida en desperdicio.

La inefectividad de sus plumas hechas fleco por el viento y los años les impedía levantar el vuelo. Por obvias razones de seguridad estaban confinados a dormir en las firmes azoteas de ciudad donde podían vencerse al sueño sin temor a la sorpresa. Nunca más pudieron pasar las noches asidos a la rama del árbol. Antiguos aliados de la muerte, ahora esperaban muy distinta su llegada.

Al principio de sus últimas noches, con resignación y ayudándose del pico, trepaban por tablas y andamios de construcciones en proceso, tras sus ires y venires por las cornisas, cansados de ese apretar fuerte el cemento entre sus garras. Finalmente lograban dormirse. Entonces soñaban con abismos, túneles y descensos repentinos. Morían de miedo a precipitarse.

Jaime Andrés Ramírez


No tan bien dotados como el loro, habrían querido un órgano fonador rudimentario para gritar duro palabras repetidas tal vez de angustia y dolor, que expresaran a los hombres su indecible sufrimiento. Pero mudos y solos masticaban en silencio su agonía. Crueles, como todos, eran muy crueles sus destinos: de temidas aves del agüero a indefensos zopilotes de corral.

Entre los tres nada se decía. Cada quien guardaba su silencio. El mundo no era ya más que una dura superficie. Los invadía el terrible mal de tierra.

El último día de sol el calor atacó desde temprano sobre las plumas negras. La mirada fija de dos perros manchados como hienas impidió de por vida el acceso a un mínimo jugo escurrido de naranja. Al medio día la sed encendió por dentro de las aves un murmullo de voces insistentes, pregones que mezclados hicieron hervir tanta bilis acumulada entre las sangres.

Pasaron por allí los sobrevivientes: un voceador matutino de periódicos, un componedor de ollas de presión, un esmerilador de cuchillos viejos y un megáfono con payaso de almacén. Ninguno supo. Nadie pudo ver sus últimas vueltas en redondo.

Y en la noche comida de ratones.

Jaime Andrés Ramírez

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