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Tanto tiempo después todavía eran sabrosos
los muertos. Muy gustosos y antojadores. Desde arriba todos
los cadáveres se ven exquisitos. Atraen, arman tumulto.
Y al final todos los muertos son iguales. No importa procedencia
ni trayectoria, principio ni fin. Sobre todo si su muerte,
sea cualquiera la que escojan, garantiza la comida. Siempre
es bueno llegarles primero, cuando se puede.
La muerte llega. Simplemente. A su debido tiempo, o no.
Allí, sobre todo, se moría. Era de lo más
común. Se moría la gente. Con o sin razón:
por gastritis, por hepatitis, por meningitis o por quién
sabe qué. Y los que no, lo hacían por una
extraña e inexplicable especie de fiebre tropical.
Para Torvo, Zamacuco y Cazurro fueron muchos los muertos,
como fueron largos, felices y bastantes los días
de hurgar en sus entrañas, de esculcar sus costillares
dispersos por el pavimento en busca de lo más entrañable
que tuvieran. Todavía recordaban con entusiasmo esos
sabores ácidos, pépticos y amargos contenidos
en los recién muertecitos. Aunque ahora era otra
la amargura. Y sabía distinto.
Al nacer fueron blancos. Como gallinas. Nada que hiciera
presagiar a futuros comilones de carroña. Excepto
sus ojos negros y el pico torcido, ninguna señal
premonitoria de oscuras intenciones. Requisadores de podredumbres,
sacudidores de cuerpos sin alma, catadores de olores fétidos
y gases explosivos, pasaron vidas enteras entre inmundicia
y putrefacción.

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