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Hoy es
un día común y corriente. Es temprano en la mañana
y la radio no ha dicho nada sobre alguna bomba u otro atentado hecho
por el narcotráfico en su presión al Estado para que
no extradite a sus hombres encanados. Parece que ya todo está
volviendo a la tranquilidad.
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He llegado a la salida de un supermercado burgués, a una plazoleta
en donde venden desde lotería hasta aparatos para hacer abdominales
y me he sentado a esperar a que abran el kiosco de los cigarrillos.
Mientras espero, me acuerdo de la vez -hace como medio año-
que estuve buscando unos Camel sin filtro durante más o menos
un mes, no lo recuerdo con exactitud. En esa época yo estaba
obsesionado con Corlea y Bonaser, mi mejor amigo y una de sus parceras.
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| Corlea
era una mujer de esas que no parecía muy bonita, pero sí
lo era. No importaban su cabello largo teñido de mono solamente
en las puntas o su mirada sin pupila, que lo hacía pensar a
uno que ella era el diablo o por lo menos un angelito del infierno.
Era muy linda. Corlea era la novia de una tal Arzina, una traqueta
de mucho billete, con la cual procuré nunca relacionarme, porque
a mí los mafiosos no me gustan y porque además era,
decían las malas lenguas, dueña de las bombas que estallaban
en la calle. Sin embargo, pese a ese comentario, la moral de mis amigos
no les impedía relacionarse con ella, rumbeaban en su finca,
comían en su plato, consumían su licor, tiraban su coca
y reían con sus chistes. Fue la misma Corlea quien la trajo
al parche y trató de que fuera tan amiga nuestra como ella
misma. Corlea hablaba rápido y usaba varias jergas a la vez,
se tragaba letras e invertía las sílabas; lo hacía
con la paranoia de aquéllos que creen que todo el tiempo son
espiados y por eso utilizan palabras incomprensibles para la mayoría
de la gente. Tremendo personaje. |
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Corlea era demasiado generosa,
aunque era obvio que el dinero no le costaba; era realmente amplia
porque compartía sus cosas con todos sin esperar nada a cambio,
hasta se acostaba con quien quería sin siquiera exigir placer
para sí. A ella le gustaba la rumba, aunque, extrañamente,
fue la única mujer que he conocido que no sabía bailar.
Era todo un personaje. A Corlea, por la forma en que bailaba, le decían
La Tiesa. Tan linda que era. Pero, sin duda alguna, lo que más
linda la hacía verse era el hecho de estar enamorada. Tan linda
que era. Desde que la conocí estuvo enamorada de mi mejor amigo.
Corlea murió enamorada de Bonaser. Tan linda que era.
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En
cambio Bonaser era muy distinto a Corlea. Él andaba sin encontrar
un chicle que lo cimentara a tierra, su diálogo era mucho más
normal y su mirada menos autoritaria que la de ella, no le recibía
nada a nadie -no como Corlea- y podía andar sin escoltas, carros
blindados y armas. No como les pasaba a Corlea, a su novia y a todos
los que trabajan en eso. Sin embargo, lo más fundamental a
la hora de examinar a Bonaser es, y lo será hasta su muerte,
que él es de ésos a los que no se les puede dar tiro,
por lo menos eso dicen las viejas.
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En una novela autobiográfica
que está escribiendo desde el exilio, cuenta que ya son noventa
y seis cuerpos en su sexo; no sé si sea verdad, porque él
sólo tiene veintitrés años y en este país,
en el que pichar es todavía un evento, eso es un récord...
Además, porque no tiene ni carros, ni fincas, ni lujos, ni
status, ni caballerosidad, ni fama, ni nada de nada, sólo labia...
Aunque no sé si se haya comido a todas esas chimbas, sí
es el primero del combo que se picha a las viejas: A Tatta, a Cris,
a L´arroz y a todas. A todas, todas. A todas las que llegan
al combo. Incluso tuvo un pequeño encontronazo con Arzina.
Algunas me han dicho que es por sus ojos verdes y necios, porque se
ve todo loquito con la melena al estilo Claudio Paul Cagnilla que
le llega a los codos y por su cuerpo alto y desgarbado, pero con culito.
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La diferencia entre ellos dos y yo es el mayor grado de compulsión
que yo desarrollo por todo. Por ejemplo, hace como un año estuve
buscando unos cigarrillos Camel sin filtro por toda la ciudad. Igual
que ahora.
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Esa vez
completé más de un mes, hasta que me cansé. Pero
hace un rato me volvieron las ganas. Lo que realmente me llevó
a estar medio año atisbando una cajetilla de Camel sin filtro
fue que una semana antes había comprado el último paquete
que quedaba en Medellín, al menos eso fue lo que me dijo el
del kiosco y también me habló de que los tasara; pero
como yo siempre intento no ser materialista, no negué ni uno
solo, ese mismo día se terminaron mucho antes de que llegara
la noche, que es cuando más ganas me dan de tumbarme la presión
del cuerpo y romper el círculo vicioso de lance, chorro, bareto
y vuelve el lance por el de lance, chorro, garro, garro, garro, chorro,
bareto y garro, garro, garro, garro, garro, chorro, garro y otra vez
el lance. Para eso me sirve el cigarrillo, no sé si estoy dándole
mal uso. En esta vida todo es personal.
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Y los busqué por toda parte hasta que me desmotivaron la falta
de suerte y la paranoia colectiva, pues cada tombo veía en
mí un peatombomba -hasta me arrestaron más de una vez-.
Durante esa época aquí los enemigos de la extradición
le pusieron dinamita a casi todo. También me desilusionaron
el calor, la falta de fuerza por culpa del trasnocho y uno que otro
parche que se me presentaba inesperadamente. Como la vez que Corlea
y yo estuvimos pichando, algo que sólo hice como un homenaje
a Bonaser.
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Durante esa época
sí que trasnochábamos; ahora, por falta de personal,
menos. Qué cosa es la vida: hoy que podemos hacerlo no estamos
y ayer cuando prohibían la noche insistíamos y nos exponíamos
a todo por estar. Bonaser rumbeaba con Corlea y yo con ellos, y los
demás con nosotros. Yo era un drogo al que no le importaban
las mujeres tanto como consumir. Íbamos a todos los bares de
salsa y después de las nueve de la noche, hora en que empezaba
el toque de queda declarado por Los Extraditables, nos encerrábamos
en El Hormiguero, un bar de vieja guardia en donde siempre rematábamos
la fiesta y donde vendían el mejor Fua.
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En la última etapa de ese mes buscando los Camel fue
cuando decidí esperar pacientemente a que el único hombre
que me había vendido unos cigarrillos de ésos, el mismo
a quien hoy espero, los trajera. Entonces, durante más o menos
diez días, luego del desayuno, por ahí a las dos de
la tarde, me sentaba pacientemente a esperar que un distribuidor surtiera
al señor del kiosco o el último intermediario entre
la Camel Corporation y uno de sus clientes más adictos, yo.
Un mes después de esa tarde, todavía seguía como
un mendigo esperando. Aquí mismo donde estoy hoy sentado, como
deshaciendo pasos. Siempre que llegaba alguien al kiosco yo lo miraba
desde mi garita y examinaba con mi aguda visión para ver qué
era lo que intercambiaba con el vendedor de cigarros... Lo más
curioso era que siempre las personas que se acercaban eran simples
y rupestres fumadores iguales a mí; sin embargo, yo no confiaba
en mis ojos ni en el verlos alejarse sin haber entregado al señor
del kiosco un paquete o algo que se pareciera a un cartón de
cigarros y entonces corría a preguntarle al tendero si ya le
habían llegado los Camel sin filtro. Él me respondía
que no, que Camel sin filtro no se consiguen en ninguna parte; y yo,
para matarle el mal genio, le compraba algo, la mayoría de
las veces un pechi.
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Cuando
uno adquiere facilidad por el uso y la costumbre, disfruta hasta con
la espera, sobre todo cuando es una rutina esperanzadora: durante
los días en que sentado, desde una sombrita y desde donde podía
divisar el kiosco, justo detrás de una fuente de agua muy fría,
pasaba el tiempo esperando, sólo venían a mi cabeza
dos personas, en una misma historia que ya está escribiendo
su final.
De un lado, el amor de Corlea por mi amigo Bonaser... Esta película
me reblujaba la mente porque yo soy alguien muy fiel a lo que siento
y nunca justifico que se ejerzan venganzas contra los sentimientos
puros como lo es la conciencia de la idea mental personal. Porque
ella pese a defender la monogamia y la fidelidad también se
acostaba con los amigos de Bonaser: ¿por agónico despecho?
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¡Perro come perro! Nunca justifiqué
esa conducta repentina o sólo porque eso es la droga en la
lívido y tampoco estoy de acuerdo -ni lo estaré- con
que se me defina el descontrol y el rocanrol como eso: Excederse por
despecho, sin motivación alguna, ante la indiferencia de un
amor para, luego, levantarse con la cabeza desordenada, la moral enguayabada
y el alma en condena. Corlea sufrió.
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Corlea sufrió. Aunque ese amor de Corlea por mi amigo sí
tuvo muchas pruebas lindas: Ella le recibió todo tipo de droga
y se echó encima a Arzina, quien todo lo materialmente alcanzable
en esta vida le puso en las manos. Ese mecanismo de los mafiosos para
imponer respeto y exigir fidelidad, qué gonorreas. Aparte de
que son malos, son machistas. Pero cómo negar que Arzina también
le entrego su corazón, porque cómo decir que ellas dos
no se amaban, si hasta peleaban por amor. Tanto fue el dolor de Arzina
al verse abandonada por Corlea que pagó por la cabeza de Bonaser
y por la de aquéllos que alcahueteábamos el romance.
Ése fue el chisme que regó Caliche, un amigo del combo,
el dueño de El Hormiguero, y quien apenas se graduó
se fue pa'la Usa, como siempre soñó.
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Ante
esa situación, Bonaser y Cocuyo, su mejor amigo, se escondieron
en Bogotá. Yo, en cambio, me quedé aquí
sin paranoias: para fumar; para hacerle -sólo una vez-
el amor a Corlea por causalidad del destino o por culpa de los
Camel sin filtro, mientras todos se escondían de Arzina
y le huían a Corlea, para no ser asesinados. Me quedé,
lo acabo de saber, para pensarlos a ellos mientras esperaba
que los Camel llegaran y también para odiar... Sí,
para empezar a odiar por vez primera a alguien. Luego de ser
amenazados Bonaser y todo el combo, tuve la oportunidad de odiar,
y por Dios que no la desperdicié.
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Corlea y yo hicimos el amor una vez... Sólo una vez y sólo
nos echamos un polvo. Fue un día en que nos encontramos a la
salida del Superley, en la plazoleta. Ella venía con Tatta
y yo esperaba a que llegara el proveedor de los Camel sin filtro,
para llevarme un paquete recién desempacado.
Por aquellos días, Arzina ya le había quitado el carro
y toda la plata a Corlea, seguramente para chantajearla y obligarla
a volver, pero lo que no se le pasaba por la cabeza era que también
le ponían los cachos con mujeres. Qué peo estaba armando
Corlea.
Ese día Corlea me saludo de beso y le preguntó a Tatta,
la amiga con la que había amanecido, si sería capaz
de pichar conmigo. Ella se quedó pasmada y le dijo: "Él
si es muy lindo". Y Tatta la miraba y seguía achantada,
sin reacción, mientras Corlea me jalaba de un brazo y me subía
a un bus: "¿En qué quedamos?", fue lo único
que alcance a oír de Tatta; mientras pensaba que por ese día
me tocaba renunciar a los Camel.
Sólo hasta la mañana siguiente me dejó salir
del cuarto que había tomado para los dos. Siempre enamorada
de Bonaser. Esa noche, con ella, consumí más ruedas
que nunca antes; si no es porque Corlea me bañaba cada media
hora en el jacuzi, me pierde. Siempre enamorada de Bonaser. Además,
fumé marihuana y yo no puedo porque empiezo a escuchar lo que
piensa la gente que está cerquita, aunque hasta Bonaser me
haya dicho que de eso se trata. Casi todo lo vivido esa vez lo olvidé,
menos una foto, no sé si porque el hecho pasó antes
de empezar a tragar pepas o porque ver, desde la cama, a Corlea desnuda
frente a un espejo acariciarse las tetas, las más lindas que
había en este mundo, mientras le leía la mente, era
algo inolvidable. "Es tuyo, Bonaser, es tuyo, tarrao". Siempre
enamorada de Bonaser.
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Una historia paralela
complementaba la de Corlea. Y todavía hoy no termina de desarrollarse.
Con toda esa paranoia que surgió por la amenaza de Arzina,
Bonaser terminó volviéndose como un espanto. Él
huía y se escondía de los rastros amenazantes. Temía
que de pronto Arzina llegara a matarlo, tanto así que se volvió
como un fantasma. Ni siquiera cuando lo veíamos realmente podíamos
diferenciar entre él y su espectro, entre Bonaser y el fantasma
que nos dejaba para que nos acompañara en la rumba de la cual
él tenía que irse por el miedo que le daba. Si uno salía
con Bonaser de fiesta y luego de que él, por la paranoia en
que lo puso Arzina, se marchaba, su presencia seguía con uno.
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Se llegó el momento en que
no sabías con cuál de ellos dos estabas, si con el verdadero,
de mirada amordazada, o con el otro, el de ojos más verdes
y serenos, piel hawaiana, espalda ancha y bañada por una melena
rubia de cabello brillante mucho más largo.
Un día me despedí de Bonaser. Vi cuando arrancaba en
su carro y se alajaba. Pero cuando entré de nuevo al Hormiguero
me topé con él: estaba sentado, tomando de la pola que
yo había dejado en la barra para ir a despedirlo; bebía
como si nada. A todos mis amigos les pasaba lo mismo. Lo veíamos
espantar como lo hacen los que rezan sus últimas oraciones
antes de morir. Por eso lo mejor que pudo haber hecho en esos días
fue emigrar de aquí; y por su aliento de líder, todos
los demás se fueron escondiendo equívocamente, porque
el único que corría peligro era él, ni Cocuyo,
quien huyó pegado de las faldas de Bonaser, ni los otros, le
debían algo a Arzina. Yo sí sabía bien qué
estaba pasando y por eso no me corrompió la idea de irme.
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Pensando racionalmente, creo que Bonaser nunca volverá.
Menos si le llega la carta que le envié, contándole
que Corlea apareció muerta a bala. Le escribí
que pudo haber sido por cualquier cosa, por haberse enredado
con Tatta, por haberse conseguido un novio. Siempre quiso un
novio. A mí se me declaró la vez que pichamos,
a Bonaser y hasta al Cocuyo se le declaró la noche que
la puso a mamar aquí mismo donde estoy sentado. O también
pudo haber sido asesinada por enemigos de Arzina: la mafia de
Medellín no perdona y siempre atacan al paciente por
el lado que está menos involucrado. Yo sé que
mi amigo sólo tiene cabeza para pensar que fue Arzina.
Y si pasó así, no sé qué nos pueda
suceder. Menos mal que Corlea no era sapa, seguro no le contó
a Arzina con quiénes de nosotros la había engañado;
lo digo porque si no ya estaría muerta Tatta y hasta
yo mismo. Pobre Tatta, a ella sí se le notaba por encimita
su admiración por Corlea.
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Creo que los Camel sin filtro siguen estando muy escasos en Medellín.
Desde hace mucho tiempo no tenía tantas ganas de unos. Hoy
compraré todos los Camel sin filtro que tengan o si no me
va a tocar mandarlos a traer del extranjero por medio de un hermano
de mi mamá que me quiere mucho y que también se fue
de esta ciudad, pero hace tiempo.
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ANTIOQUIA - COLOMBIA
/ 1998
* Perro come perro, ganó el premio
departamental del ministerio de cultura en 1999.
EL AUTOR
NOMBRE: Cruz Mauricio Alberto Correa Taborda.
NACIONALIDAD: colombiana
LUGAR DE NACIMIENTO: medellín.
EDUCACIÓN: comunicador social y postgrado en dramaturgia
cinematográfica de la escuela de San Antonio de los baños.
TRABAJO Y OCUPACIÓN: siempre me han encantado los deportes:
voy al gimnasio y me gusta jugar fútbol, trotar y nadar.
VIDA: estudiante desde los 5 años y nunca he vivido solo.
OBRA: este cuento y algunos otros (terminados no más de 7)
y he participado en algunos trabajos audiovisuales (todos en video).
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