Al hablar de Lazarus Morell,
el "atroz redentor" con lugar en la Historia Universal
de la Infamia, el narrador hacía énfasis en la materia
de su tráfico: hombres. La comparaba con la mercancía
de Capone, que no podía tener otro calificativo que vulgar.
En el prólogo del mismo libro pero ahora a título personal,
Borges se refiere al cuento "Hombre de la esquina rosada"
y aprovecha para comentar ciertas intervenciones de sus personajes:
"En el texto he intentado algunas palabras cultas. Lo hice porque
los compadres son individuos y no hablan siempre como el compadre,
que es una figura platónica". El lunfardo, decía,
es en realidad una broma literaria.
J.C.
Orrego, lector asiduo de Borges y de Bioy Casares, siempre se ha
preocupado por este tipo de casos. Contaba que en una colectivo
de Manrique oyó a una abuela decir a su nieto, entre encías,
lo siguiente: "Mijo, usté tiene muy buena motricidad",
y enseguida se lo repetía. Cómo poner aquello en un
cuento sin justificarlo, se preguntaba. Desde hace tiempo el lenguaje
de la calle es un reto para la literatura, y más cuando el
cine acierta tan cabalmente. En Perro come perro, el cuento
de Cruz Mauricio Correa que puede leer a continuación, hay
una distancia única con el tema que trata: el ripio del narcotráfico.
La vulgaridad de su mercancía, el "lunfa" del sicario,
la presencia de alguien que narra desde adentro.
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