[[ Marineros 3, Yankees 2, apología del béisbol ]]
Por Hernán Vanegas Urrego

Lo habitual es que el aficionado raso o, como dicen los de la radio, el que paga la boleta, sienta una inclinación "natural" por el fútbol y a los demás deportes los mire como actividades de rango inferior al rey de los deportes.
Eso es lo habitual, y a ese hábito le siguen otros relacionados que forman esos relajantes estereotipos que ayudan a no pensar y a ir por la vida con la boca abierta, sin mayores sobresaltos en la intimidad de las convicciones.
No voy a entrar a defenderme ni a ser políticamente correcto.
Y como de fútbol hemos vivido (o mal vivido) los paisas y de ahí no nos movemos (de la misma forma que nos malalimentamos con frijoles y nadie nos convence de cambiar de plato) darle una oportunidad al béisbol es como pedir un plato de lo que no se come.



Yo alguna vez recibí de la fruta prohibida, y desde entonces la pruebo desde abril cuando comienza la temporada y me extasío en los banquetes del clásico de otoño. Invito a probarla, a dejarse llevar por su sabor, por ese deleite que produce lo prohibido, a degustarla y a enviciarse con esta fruta yankee.
Dicen los que saben que por los mismos días en que los barcos mercantes ingleses llegaban con sus marinos futbolistas a los puertos suramericanos en Brasil, Argentina y Uruguay, lo propio hacían los buques del Tío Sam en el Caribe con la pelota caliente, y de la misma manera como el juego inglés echó raíces en el Río de La Plata e Ipanema y puso a jugar a los negros y los pobres con un balón (no en dos equipos distintos porque casi siempre son la misma gente), los bates y las manillas quedaron sembrados en las Antillas, México y Centroamérica para poner a jugar a los mismos de a nueve por equipo y no de a once y en una cancha con forma de diamante y no en un rectángulo con zona de candela.

Tantas pasiones que sólo entendemos si hacemos la comparación con nuestro rey, tantas pasiones como las que vivimos nosotros con el futbolito que tenemos, viven los fanáticos de los Cardenales de Lara en Venezuela, o los de los Indios en Cleveland, o los nicaragüenses con las hazañas de Denis Martínez (¿quién olvida aquel juego perfecto en Montreal?). Igual que aquí se goza y se sufre con lo que hacen o dejan de hacer "los nuestros por las canchas del mundo", los venezolanos, los dominicanos, los puertorriqueños, los cubanos y los aficionados de todos esos países que miramos por encima del hombro debido a su inexistencia en materia futbolística, gozan y sufren con sus héroes peloteros. Ese universo paralelo lo tenemos al frente para ser descubierto.

A principios de los noventa, todavía sacándole jugo al sabor del triunfo en la Copa Libertadores acepté una invitación a un partido de béisbol en Yankee Stadium, algo así como ir a ver al Real Madrid en el Bernabéu o a Boca en la Bombonera.
Hincha verde de los de aquella época, lo más cerca que había estado del béisbol era mediante una vieja pantaloneta de los Mets que usaba como pijama en el verano y para molestar a mis anfitriones, hinchas recalcitrantes de los Yankees, hinchaba a mi turno por los Mets.
Acepté la invitación por curiosidad, y porque la otra opción de entretenimiento que tenía era un viejo televisor en el que sólo podía ver a Cristina. Rumbo al Yankee Stadium me fui y viví una experiencia que creo se puede asociar con la de las novias que van por primera vez a fútbol. Mi ignorancia me obligó a preguntar cosas como ¿por qué todos son de pantalón largo?; ¿el bate es de madera?; ¿cuál es el árbitro?; ¿cómo van?; ¿cuáles son los Yankees?; ¿cuál es el otro equipo?; ¿dónde es el baño?...


Contrario a la imagen que tenía, encontré un juego de destreza, habilidad, inteligencia, rapidez y emoción prolongada. Sí había gordos escupiendo tabaco mascado y viejitos tocándose la cachucha y las caderas (las propias), pero todo eso lo percibí como parte del panorama general del juego y hoy no entiendo un partido sin la serenidad de Joe Torre, sin la entrega total de Alex Rodríguez, sin la constancia de Nómar Garcíaparra o sin la contundencia de Marianito Rivera. Para mi suerte en aquel primer partido que vi había mucho en juego y hubo mucho de dónde aprender. Fue un inolvidable Marineros de Seattle 3, New York Yankees 2 en una fresca noche de septiembre de 1995, desde la cual puedo decir que el béisbol es lo mío.

Me he compenetrado tanto con este juego que hoy prefiero sentarme en mi casa a ver béisbol en ESPN que ir a hacerme empujar y posiblemente hasta atracar en un partido de fútbol de los de aquí. Mi gusto por los deportes sigue firme, aquello del triunfo y la derrota, del más lejos, más alto, más fuerte me sigue emocionando. Una jugada brillante, una decisión arbitral discutida, una demostración de aplastante superioridad, un error imperdonable, eso es lo que busco y lo he encontrado en grandes cantidades en ese supuesto juego de costeños que aquí nos enseñan a no ver.
Ah, y desde ese 1995 soy hincha de los Yankees y me he apropiado de su rica historia de triunfos como si de los de Nacional se tratara. Ahora saco pecho porque soy hincha de un equipo ganador, del mejor de todos los tiempos, porque yo mismo lo he visto ganar. Y disfruto como nadie cuando le ganamos a los Marineros... o a los Indios, los Medias Rojas, los Bravos o los Mets. Eso es algo que el fútbol no me volvió a dar. Le perdí la costumbre a la derrota y eso no tiene precio.





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