[[ Su joven esposa ]]
de John Cheever
Cuando John Hollis desposó a la joven, fue probablemente el único consciente de su diferencia de edad. Sue era demasiado joven e impulsiva para ser consciente de nada y, de cualquier forma, en un comienzo fueron muy felices juntos. Hubo ocasiones, más tarde, en las que John se preguntó si Sue alguna vez advertiría su edad. Cosas sencillas o insignificantes como la gente que conocían, la música que les agradaba para bailar y los partidos de fútbol que recordaban indicaban sus diferencias. "Bailas como un vaquero, cariño," solía decirle y salía a bailar con hombre más jóvenes. Pero, cuando terminaba la música, dejaba su pareja y caminaba entre las mesas buscándolo como si fuese el único hombre el aquel salón lleno de humo.

 

Así había sido, al menos hasta cuando conoció a Rickey. Y entonces, aquello que había sido para John especulación ociosa y aprehensión, se convirtió en un temor literal y avasallador. Esquiar, pensó, nunca le había producido tan temerario sentido de terror y degradación con el que experimentaba al contemplar la felicidad de Rickey y de su joven esposa mientras conversaban y fumaban en la mesa delante del él.

Desde la mesa en que se encontraban se veía bien la pista. Rickey y Sue estaban en el frente de la mesa, con la espalda vuelta hacia John y absortos el uno en el otro, pensó; invadidos de una felicidad y un resentimiento de su presencia tan tangible como el humo de sus cigarrillos. "¿Cuál es nuestro caballo?", preguntaba Sue. Era una joven de piel blanca y rubios cabellos que parecían casi cobrizos cuando los tocaba el sol.
"Un caballo magnífico," respondió Rickey. "Rescate Audaz. ¿No es una belleza?" Se inclinó sobre la mesa para señalar su elección en el programa. Sus hombros se tocaron y John sintió que la rabia y los celos le subían de nuevo al la cabeza. Observó cómo se levantaban, ajustaban los binóculos y seguían el caballo elegido con la ternura de jóvenes padres. La corneta lo distrajo un poco de su rabia y se puso de pie para contemplar el desfile por el campo hasta la barrera. El sol de primavera era fuerte y caliente y los caballos proyectaban a su paso una sombra larga y movediza sobre el prado.

 

 

No hubo inconveniente alguno y un momento después, se escuchó el confuso rugido proveniente de los estrados. Podían ver la salida y el polvo que se levantaba de la pista como humo. El caballo de Rickey se encontraba en tercer lugar y, en la curva más alejada, avanzó hacia el segundo. "Vamos, Rescate Audaz," gritaba. "Vamos, vamos, vamos, gana por el placer de hacerlo..." Pero en la segunda vuelta enloqueció, atravesó la pista hasta la cerca exterior y, para cuando entraron en la recta final, había perdido su velocidad y su posición. Rickey se desplomó fatigado en su silla y se pasó la mano por la frente como si tuviese dolor de cabeza: "Es una locura," dijo. "Todo esto es una locura." Había sincera preocupación y confusión en su voz. "Nunca antes había perdido tanto en una apuesta," dijo. "Si no gano pronto, no podré ir a Saratoga. No tendré suficiente gasolina." Pero su tristeza fue transitoria y antes de que hubiesen anunciado los ganadores, arrugó su programa en el bolsillo y se levantó. Era un hombre joven, pero la intensidad y expectativa del tahúr incorregible habían comenzado a marcar líneas en su rostro. "Supongo que bajaré a negociar un poco," dijo dirigiéndose a Sue. "¿Quieres venir?" Aún solicitaba su compañía con indiferencia, como si fuese consciente de los derechos de propiedad de John."Desde luego," replicó. "Me encantaría." No podía ocultar la felicidad en su voz. "¿Quieres venir, John?", preguntó con deferencia, volviéndose hacia su esposo. "¿Quieres venir y apostar a algún caballo?"
"No, cariño," respondió John.
"Sabes que nunca apuesto."
"Lo sé," dijo un poco fatigada. Luego tomó su bolso y sus guantes, asió a Rickey por el brazo y se abrieron camino entre las mesas hacia el lugar donde se hacían las apuestas. Hubiera podido estar atado a ella con un cordel, pensó John, por el sentimiento de pérdida, incluso de dolor, que experimentó cuando se alejó de él.

 


Cuando partieron llamó al mesero y ordenó un emparedado con café. Era agudamente consciente de la felicidad de la que disfrutaba su esposa sin él y los imaginaba paseando alrededor del picadero como un par de niños; después de todo, lo eran. Mientras endulzaba y mezclaba su café, pensó acerca de la naturaleza del amor que sentían el uno por el otro y que poco a poco ponía en peligro su mundo. La primera vez que fue consciente de ello fue aquella noche, recordó, cuando había regresado del trabajo y los había encontrado juntos en el jardín oscuro, contando la música que recordaban, tonadas como "Stardust", "Limehouse Blues" y "After You´ve Gone." Había permanecido allí en el umbral, escuchando sus agudas voces y, por un momento, se sintió como un intruso. No era la música que él recordaba. Lo único que podía recordar era "Dardanella", y se habrían burlado de él si hubiera intentado cantarla. Y luego, aquella otra noche en que habían ofrecido una fiesta y Rickey había asistido. Después de que los invitados se habían marchado, él y Sue no bailaron alrededor del salón como solían hacerlo, contando: "Se han marchado, se han marchado, se han marchado." En cambio, Sue se había instalado calladamente en una silla y hablaba de Rickey, de lo que había dicho y hecho, como si lo echara de menos más de lo que disfrutaba la presencia de su esposo, como si se hubiese llevado consigo una parte de ella, como si aquella vida en la que bailaban, reían y cantaban cuando sus invitados se habían marchado tocara a su fin.

 

Después había comenzado a hablar acerca de Rickey todo el tiempo. Hablaba de su infeliz matrimonio y de su divorcio. Hablaba de la extravagancia de su madre, quien despilfarraba todo su dinero de manera que la asignación de Rickey había quedado reducida prácticamente a nada, y de cuán solitaria debía ser su vida, de un hotel a otro o en casa de amigos. "La naturaleza de su afecto", pensó John, "parece ser la simpatía, pero es tan fuerte como cualquier otro apego. Si sucede lo peor, me pregunto cómo me lo dirán." Si fuese Rickey, podía imaginarlo entrando a la habitación irguiéndose, como lo hacía a menudo. "He terminado con los caballos," diría. "Estoy fatigado de todo esto y deseo sentar cabeza; Sue es la única persona con quien desearía hacerlo. Somos felices juntos. Nos amamos muchísimo. Sé que no es amable, considerado ni honorable de mi parte, pero no he conocido suficiente amabilidad, consideración ni honor en mi mundo como para sacrificar mi única felicidad por estos principios. "Pero si fuese Sue, sabía que sería algo diferente. Podría entrar alguna noche en la habitación y encontrarla haciendo su maletas. Lo siento, cariño," diría, "pero estoy loca por él." Sería algo tan simple como eso y entonces la dejaría partir. Al advertir cuán verdaderos e inminentes eran sus temores, golpeó la mesa, maldijo en voz baja y sintió que le ardían los ojos.
Cuando regresaron hubiera podido estar ausente la atención que le prestaron.
"Ese es nuestro caballo," dijo Rickey volviéndose un poco y señalando uno de los caballos. "Ese es nuestro caballo, el número ocho. La yegua baya. Con la seda verde." Nuestro caballo, pensó John, nuestra casa, nuestro auto, nuestra esposa.



Click para ampliar En aquella ocasión competían muchos caballos, la salida se demoró, los caballos se detuvieron largo rato ante la barrera y el público se puso nervioso. Comenzó luego aquel rugido confuso y una mujer que se encontraba cerca de ellos comenzó a gritar: "¡Vamos, Barfly! ¡Vamos, Barfly! ¡Vamos, Barfly!..." Pero por lo general permanecían inmóviles, lo suficiente como para escuchar el dulce tamborileo de los cascos sobre la pista. Otros comenzaron a gritar; se asemejaba al ruido de una turba que se aproxima cada vez más, calle a calle; Rickey gritaba: "Tarvola, Tarvola, Tarvola, Tarvola," dejando caer el puño por el aire una y otra vez como si sostuviera una hoz.


Pero su caballo no ganó y, antes de que el clamor de los estrados hubiera amainado, tomó asiento, llamó al mesero y ordenó un trago. "Contemplen a un hombre deshecho, niños," dijo levantando la copa.
John advirtió que su mano temblaba. "Contemplen a un hombre sin un centavo en el mundo. Un hombre cuyas deudas, si se extendieran una tras otra, sorprenderían incluso a su padre. Estoy arruinado," dijo con serenidad, "completamente arruinado, terminado. Nunca había sido así antes. He perdido dinero, pero nunca lo he perdido todo."
"Lo siento," dijo Sue. "Lo siento muchísimo." Le hablaba con la ternura y la comprensión que John había creído lo más bello de su experiencia hasta cuando las veía dirigidas a otro.
"Si sólo tuviera algo para apostar en la próxima carrera..."
"¿Me permite prestarle algo?", preguntó John.
"¿Le importaría?"
"En absoluto. ¿Es suficiente cincuenta?"
"Maravilloso. ¿Podría apostarlos por mí? Quizá me traiga suerte. A War Bridge, al mejor precio."
"Desde luego," dijo John con algo de resentimiento.
Retiró su silla y se dirigió al sitio de las apuestas.
Por un momento, cuando hubo partido, experimentaron aquella dulzura que solían sentir cuando estaban solos.
"Estoy deprimido," dijo Rickey.
"Mala suerte." Su voz era dulce.
"Sino fuese por ti," dijo, "no sabría dónde estaría. Sinceramente, cariño, sino fuese por ti no sé donde estaría mañana. He perdido dinero antes, pero nunca lo había perdido de esta manera; y si no pudiera pensar en ti, creo que enloquecería. Creo que he terminado con los caballos. Supongo que no sirve de nada. Quiero vivir como los demás. Quiero vivir como tú. Estoy loco por ti. Pienso en ti todo el tiempo: cuando leo, cuando camino, cuando cabalgo..."
Luego comenzó a hablar de su matrimonio y de su divorcio. Esta experiencia lo había amargado de tal forma, dijo, que había pensado que jamás volvería a enamorarse hasta cuando conoció a Sue. Habló de cuán fatigado estaba de vivir en hoteles y casas de amigos y de seguir a los caballos por todo el país. Estaba tan absorto en su charla que apenas si se levantó para mirar la carrera, como si supiera de antemano que estaba perdida y, cuando llegó su caballo en tercer lugar, rió y continuó hablando con tristeza acerca de sí mismo.
John estuvo ausente largo rato. Ella estaba de frente a la pista así que no pudo verlo cuando regresó. Supo que venía porque Rickey soltó su mano.
"¿Apostaste a la nariz?", preguntó Rickey.
"No aposté a War Bridge. Tuve una corazonada y aposté a Jamboree. Ha ganado." Sacó unos billetes del bolsillo y los contó sobre la mesa. "Cien, doscientos, trescientos..."
"Pero no es mi dinero," protestó Rickey.
"Desde luego que sí," dijo John quedamente. "Yo nunca apuesto."
"¿Quiere decir que es mío?"
"Es suyo."
"Oh, las pagarán," dijo Rickey retirando su silla; "las pagarán."
Dobló su dinero a la carrera siguiente y obtuvo un poco más después. Era la primera vez que ganaba en varias semanas y se transformó por completo. Estaba tan absorto en su buena suerte que no parecía advertir ni a John ni a Sue; incluso pareció mostrar cierto desdén por aquella respetabilidad que ansiaba una hora antes. Rechazó su invitación cenar y saludó a todas aquellas personas cuya amistad parecía haber recobrado al ganar. Cuando terminaron las carreras y caminaban por el prado en busca de su auto, sólo podía hablar de Saratoga. Encontró a unos conocidos y dejó a Sue y a John para hablar con ellos. Los hizo aguardar largo rato antes de regresar y exclamar: "No se molesten en esperarme. Regresaré con otros amigos. Y, oh," dijo, como si hubiera recordado algo súbitamente, "si no nos vemos de nuevo, mil gracias por todo. Han sido muy amables. Viajaré a Saratoga el jueves. Nos veremos en el otoño. Regresaré en el otoño". Continuó hablando con la gente que conocía.
Conducir de regreso a la ciudad en medio del tráfico resultó pesado; John y Sue hablaron poco. John dejó en la puerta a Sue mientras guardaba el auto y cuando entró en el apartamento la encontró en la cocina, preparándose un trago. "Atrapé un terrible resfriado en las carreras," decía al cocinero. "Tengo un escalofrío terrible." Cuando vio a John levantó la mirada hacia él con algo que se asemejaba al temor. "Patéame," dijo cuando se encontraron a solas en el salón. "Es tu prerrogativa, cariño, patéame."
"No quiero patearte," dijo.
Se acomodó en una silla, suspiró y probó su trago.
"Es una suerte que Rickey haya ganado ese dinero," dijo ella. "¿Sabes cuán afortunado es que Rickey haya ganado ese dinero?"
"Desde luego," dijo. Sé cuán afortunado es el que Rickey haya ganado ese dinero. Porque no lo hizo. Yo se lo di. De mi propio bolsillo. Y le hubiera hecho creer que había ganado mucho más si necesitaba más para olvidarte. Pensé que prefería tenerte a ti más que cualquier cantidad de dinero."
Colocó el trago sobre la mesa, se dirigió al lugar donde él estaba y, cuando la tomó en sus brazos, se echó a llorar. Sus sollozos eran fuertes y rápidos, como la respiración de una persona fatigada. Pero no le dolió, porque supo que no lloraba de anhelo, ni temor, ni pesar, ni dolor, ni por ninguna de aquellas cosas que le hubiera dolido de haber sido la causa de su llanto. Permaneció en sus brazos durante largo rato, llorando como un niño que descubre de nuevo su propia e inmensa felicidad.

Colliers
Enero 1 de 1938



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