| [[ LOS GANADORES DE MAÑANA ]] |
| Holloway Hore, (1974). |
Martin
"Knocker" Thompson era difícilmente un caballero.
Había sido empresario de dudosos combates de boxeo
y de partidas (amistosas) de póker, que ya no dejaban
la menor duda. Carecía de imaginación, pero
no de viveza y de cierta habilidad. Su galera, sus polainas
y la herradura de oro de su corbata podían haber sido
más charras, pero estaba tratando de despistar.
No siempre iba a favorecerlo la suerte, pero el hombre se
defendía. La explicación no era difícil:
"Por cada zonzo que se muere, nacen diez más."
Sin embargo, la tarde que se encontró con el viejo,
estaba pobre. Knocker había dedicado la siesta a una
conferencia sobre finanzas en un hotel. Las opiniones abundantemente
emitidas por sus dos socios no lo molestaban en absoluto,
pero sí el hecho de que le retiraran su crédito.
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Dobló por Whitcomb y se
dirigió a Charing Cross. El enojo acentuaba la fealdad
normal de su cara, y el resultado general inquietó a las
pocas personas que lo miraron.
A las ocho, la calle Whitcomb no está muy concurrida, y
no había nadie cerca de los dos cuando el viejo le habló.
Estaba acurrucado en un portón cerca de Pall Mall, y Knocker
no podía verlo bien.
-¡Hola, Knockeri -gritó. Knocker se dio vuelta.
En la oscuridad descifró la vaga figura, sin otro rasgo
memorable que una barba blanca desmesurada.
-¡Hola! -respondió desconfiadamente. (Su memoria
le estaba asegurando que él no conocía esa barba.)
-Hace frío... -dijo el viejo.
-¿Qué quiere? -dijo Thompson con sequedad-. ¿Quién
es usted?
-Soy un viejo, Knocker.
-Si eso es todo lo que quiere decir...
-Es casi todo. ¿Quiere comprarme un diario? Le aseguro
que no es como los demás.
-No entiendo. ¿Que no es como los demás?
-Es el Eco de mañana a la noche -dijo el viejo calmosamente.
-Usted debe estar mareado, amigo; eso es lo que le pasa. Mire,
los tiempos no son buenos, pero aquí tiene un peso, ¡y
que le traiga suerte!... Sinvergüenza o no, Thompson tenía
la generosidad natural de los que viven precariamente.
-¡Suerte! -El viejo se rió con una dulzura que crispó
los nervios de Knocker.
-Mire -dijo otra vez, consciente de algo inverosímil y
raro en la vaga figura del portón-. ¿Qué
juego es este?
-El juego más antiguo del mundo, Knocker.
-Dele un descansito a mi nombre, hágame el favor. ¿Lo
avergüenza su nombre?
-No -dijo Knocker con firmeza-. Dígame de una vez lo que
quiere. Estoy harto de perder tiempo.
-Váyase entonces, Knocker.
-Pero, ¿qué quiere usted? -insistió Knocker,
extrañamente inquieto.
-Nada. ¿No quiere llevarse este diario? En el mundo no
hay otro igual. Ni habrá, por veinticuatro horas.
-Claro. Si recién mañana aparece -dijo Knocker con
sorna.
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-Tiene
los ganadores de mañana -dijo el otro con sencillez.
-Está mintiendo.
-Fíjese usted mismo. Ahí los tiene.
Un diario salió de la oscuridad y los dedos de Knocker
lo aceptaron, casi con miedo. Una carcajada retumbó
en el portón, y Knocker se quedó solo.
Sintió incómodamente el latir de su corazón,
pero siguió hasta una vidriera con luz que le permitió
ver el diario.
"jueves 29 de julio de 1926", leyó.
Pensó un rato. Hoy era miércoles, tenía
la seguridad. Sacó del bolsillo una agenda y la consultó.
Era miércoles 28 de julio, último día
de carreras en Kempton. No cabía duda
Miró otra vez la fecha: julio 29, 1926. Buscó
instintivamente la última página, la página
de las carreras.
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Se
encontró con los cinco ganadores en el hipódromo
de Gatwick. Se pasó la mano por la frente: estaba húmeda
de sudor.
-Hay una trampa en esto -dijo en voz alta y volvió
a examinar la fecha del diario. Estaba repetida en cada página,
clara y patente. Examinó después las cifras
del año, pero también el seis era perfectamente
normal.
Miró con apuro la primera página. Había
un encabezamiento de ocho columnas sobre la huelga. Eso no
podía corresponder al año pasado. Volvió
en seguida a las carreras. El ganador de la primera era lnkerman,
y Knocker había resuelto jugarle a Clip. Notó
que los transeúntes lo miraban con curiosidad. Se metió
el diario en el bolsillo y siguió. Nunca había
necesitado tanto un poco de alcohol. Entró en un bar
cerca de la estación, que felizmente estaba vacío.
Después de tomar una copa sacó el diario. Sí,
Inkerman había ganado la primera y había pagado
seis a uno. (Knocker hizo ciertos cálculos apurados
pero satisfactorios.) Salmón había ganado la
segunda; era lo que él siempre había dicho.
Bala Perdida -¿quién demonios iba a pensarlo?-
había ganado la tercera, el clásico. ¡Y
por siete cuerpos! Knocker se humedeció los labios
resecos. No había ninguna mistificación. Conocía
muy bien los caballos que correrían en Gatwick, y ahí
estaban los ganadores. |
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Hoy ya era tarde. Lo mejor sería ir mañana a Gatwick
y allí mismo apostar.
Tomó otra copa... y otra. Gradualmente, en la cordial atmósfera
del bar, su inquietud lo dejó. Ahora el asunto le parecía
uno de tantos. A su mente trastornada por el alcohol acudió
el recuerdo de un film, que le había gustado muchísimo.
Había un brujo hindú en ese film, con una barba
blanca, una desmesurada barba blanca, igual a la del viejo. El
brujo había hecho las cosas más increíbles...
en la pantalla. Knocker estaba seguro de que no se trataba de
una mistificación. El viejo no le había pedido dinero,
ni siquiera había tomado el peso que Knocker le ofreció.
Knocker pidió otro whisky y convidó al barman.
-¿Tiene algún dato para mañana? -éste
le preguntó. (Lo conocía de vista y de fama.)
Knocker vaciló.
-Sí -dijo
luego-. Salmón en la segunda carrera.
Knocker se tambaleaba un poco al salir. El médico le
había prohibido el alcohol, pero en una noche como
esa...
Al día siguiente tomó el tren para Gatwick.
Siempre le había traído suerte ese hipódromo,
pero hoy no se trataba de suerte. Hizo las primeras apuestas
con cierta moderación, pero la victoria de Inkerman
lo convenció. ¡El caballo y la boleteada! Ya
no le quedaban dudas. Salmón, el favorito, ganó
la segunda carrera.
En la carrera principal casi nadie le jugó a Bala Perdida.
No estaba en forma y no había por qué. Knocker
repartió las apuestas. Veinte aquí, veinte allá.
Diez minutos antes de la carrera mandó un telegrama
a una oficina del West End. Había resuelto ganar una
fortuna. Y la ganó.
Esa carrera no tuvo emoción para Knocker. |
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El ya sabía el resultado.
Sus bolsillos estaban repletos de dinero, y eso no era nada comparado
con lo que iba a cosechar en el West End. Pidió una botella
de champaña y la bebió a la salud del viejo de la
barba blanca. Media hora tuvo que esperar el tren.
Estaba lleno de carteristas, a quienes tampoco les interesaba
la carrera final. A Knocker los días de suerte lo solían
poner muy conversador, pero esa tarde estaba callado. No se podía
desentender del viejo del portón. No tanto del aspecto
y de la barba, sino de la carcajada final.
El diario estaba todavía en su bolsillo: tuvo un impulso
y lo sacó. Fuera de las carreras, no le interesaban otras
noticias. Lo hojeó; era un diario como los demás.
Resolvió comprar otro en la estación para ver si
el viejo no había mentido.
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De pronto su mirada se detuvo; un suelto le llamó la
atención. "Muerte en un tren" se titulaba.
El corazón de Knocker estaba agitadísimo; pero
siguió leyendo. "El conocido deportista señor
Martin Thompson falleció esta tarde en el tren al volver
de Gatwick."
No leyó más: el diario se le cayó de
las manos. -Fíjese en Knocker -alguien dijo-. Debe
estar enfermo, -Knocker respiraba pesadamente, con dificultad.
-Paren... paren el tren -balbuceó, y buscó la
campana de alarma.
-Quieto, amigo -dijo uno de los pasajeros agarrándolo
del brazo-. Siéntese, no hay por qué tirar la
manija...
Se sentó, más bien se dejó caer en el
asiento. La cabeza se inclinó sobre el pecho.
Le metieron whisky entre los labios, pero era inútil.
-Está muerto -dijo la espantada voz del hombre que
sostenía.
Nadie prestó atención al diario en el suelo.
El barullo lo había empujado bajo el asiento, no es
posible decir dónde fue a parar. Tal vez lo barrieron
los guardas en la estación.
Tal vez.
Nadie sabe. |
HOLLOWAY HORE @
The old man and other stories (1927)
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