| [[ El Principiante ]] |
| De Charles Bukowski, (1974). |
Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital
del condado y conseguí un trabajo como encargado de almacén.
Tenía a los sábados y los domingos libres y un sábado
hablé con Madge:
-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tenía
que buscar algo que me apartara de la bebida. Hoy, por ejemplo,
¿qué se puede hacer sino emborracharse? El cine no
me gusta. Los zoos son estúpidos. No podemos pasarnos todo
el día jodiendo. Es un problema.
-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?
-¿Qué es eso?
-Donde corren los caballos. Y tu apuestas.
-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?
-Hollywood Park.
-Vamos.
Madge me enseñó el camino. Faltaba una hora para la
primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno. Tuvimos que
aparcar a casi un kilómetro de la entrada.
-Parece que hay mucha gente -dije.
-Si, la hay.
-¿Y qué haremos ahí dentro?
-Apostar a un caballo.
-¿A cuál?
-Al que quieras.
-¿ Y se puede ganar dinero?
-A veces.
Pagamos
la entrada y ahí estaban los vendedores de periódicos
diciéndonos:
-¡Lea aquí cuáles son sus ganadores! ¿Le
gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!
Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas
te vendían sus selecciones por cincuenta centavos,
la otra por un dólar. Madge me dijo que comprase dos
programas y un folleto informativo. El folleto, me dijo, trae
el historial de los caballos. Luego me explicó cómo
tenía que hacer para apostar.
-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.
-Si claro. Hay un bar.
Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados.
Encontramos un banco atrás, donde había como
una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto.
Era sólo un montón de números.
-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo
ella.
-Bájate La falda. Están todos viéndote
el culo.
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-¡Oh! Perdona.
-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.
-Oh, Harry, eres todo corazón -dijo ella.
En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié,
y tomamos otra cerveza y luego fuimos por debajo de la tribuna a
primera fila de pista. Los caballos salían para la primera
carrera. Con aquellos hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas
de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban cosas a los
jinetes, pero los jinetes les ignoraban. ignoraban a los aficionados
y parecían incluso un poco aburridos.
-Ese el Willie Shoemaker -dijo Madge, señalándome
a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de bostezar. Yo también
estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo
en la gente que resultaba depresivo.
-Ahora vamos a apostar -dijo ella.
Le dije dónde nos veríamos después y me puse
en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las colas
eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente
no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi
boleto justo cuando el anunciador decía:
¡Están en la puerta!
Encontré a Madge. Era una carrera de kilómetro y medio
y nosotros estábamos en la línea de meta.
-Elegí a Colmillo Verde -le dije.
-Yo también -dijo ella.
Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un
nombre como aquél y la última carrera que había
hecho, parecía seguro. Y con siete a uno.
Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos.
Cuando llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Madge gritó:
-¡COLMILLO VERDE!
Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes.
Dijeron más nombres y luego Madge empezó a saltar
y a gritar:
¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!
Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron
los caballos.
-¿Quién ganó? -pregunté.
-No sé -dijo Madge-. Es emocionante, ¿eh?
-Sí.
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Luego,
pusieron los números. El favorito 7/5 había
ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.
Rompimos Los boletos y volvimos a nuestro banco. Miramos el
folleto para la siguiente carrera.
-Apartémonos de la línea de meta para poder
ver algo la próxima vez.
-De acuerdo -dijo Madge.
Tomamos un par de cervezas.
-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando
y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué
pasó con Colmillo Verde?
-No sé. Tenía un nombre tan bonito.
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-Pero los caballos no saben
cómo se llaman... El nombre no les hace correr.
-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más
carreras.
Tenía razón. Las había.
Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente
empezaba a parecer muy desgraciada, desesperada incluso. Parecían
abrumados, hoscos. Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban
y ni siquiera decían "perdón". O "lo
siento".
Yo apostaba automáticamente, sólo porque estaba allí.
Los seis dólares de Madge se acabaron al cabo de tres carreras
y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil
ganar. Escogieras el caballo que escogieras, ganaba otro. Yo ya
no pensaba en las probabilidades.
En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba
Claremount III. Había ganado su última carrera fácilmente
y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Madge cerca
de la curva final. No tenía grandes esperanzas de ganar.
Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé
La cerveza y tiré el vaso de papel. Doblaron la curva y el
anunciador dijo:
-¡Ahí viene Claremount III!
Y yo dije:
-¡Oh, no!
-¡Apostaste por él? -dijo Madge.
-Si -dije yo.
Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él,
y se distanció en lo que parecían unos seis largos.
Completamente solo.
-Dios mío -dije-, lo conseguí.
-¡Oh, Harry! ¡Harry!
-Vamos a tomar un trago -dije.
Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza.
Pedí whisky.
-Apostamos por Claremount III -dijo Madge al del bar.
-¿Sí? -dijo él.
-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía
cómo eran los veteranos del hipódromo.
Me volví
y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.
-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Madge-. Sabes,
si ganas una vez, no es necesario que ganes todas las carreras.
Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.
-Así es, así es -dijo Madge.
Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía
confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.
-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve
a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está
loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta
gente es tonta.
Fuimos a recoger mis 52,40.
Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme,
hice dos boletos de dos dólares con el ganador.
Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final
de carga de caballería. Debía haber cinco caballos
en el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número
seis. Indicaron cuál era el primero:
6.
Oh, Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX. |
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Madge se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos.
También ella había apostado por él. Habla alcanzado
un diez a uno. Se pagaba a 22,80 dólares. Le enseñé
a Madge el boleto ganador extra. Lanzó un grito. Volvimos
al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos
antes de que cerraran.
-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.
-¿Te gustan los caballos, Harry?
-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda.
Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo
bajar a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.
-Por amor de Dios -le dije a Madge-, súbete las medias. Pareces
una lavandera.
-¡Uy! ¡Perdona papaito!
Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré
permitirme algo un poquillo mejor que esto.
Jajá.
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