[[ EL DÍA DE KAREN ]]
De Sergio Álvarez


Yo si empecé antes que todo el mundo a investigar la desaparición de Karen, pero no escribí ninguna novela, sólo redacté una crónica con apartes de la investigación que hice para la tesis de la universidad; crónica que un día me aburrió, dejé por ahí y nunca supe qué marica se robo de mi casa y por qué se empeñó en publicarla. En aquella época estudiaba en la Nacional y como los maestros resultaron brutos y aburridos y la carrera medio chimba tenía todo el tiempo libre y podía irme a vagar por el centro. A veces me metía a la cinemateca o al teatro Méjico a ver películas de Vicente Fernández que me divertían muchísimo, o me iba a caminar por la Séptima y me daba un vuelto por la Candelaria y terminaba tomando chocolate con queso, mantequilla y pan francés en la panadería Florida.


Como, por mi pensadera permanente, era un man jarto y las viejas de la universidad no me paraban bolas, terminé por aficionarme a andar por ahí, deambulando, como diría el hijueputa de mi papá. Fue en aquella época que conocí a Karen. Hacía tiempo que tenía ganas de encontrarme una puta de verdad, una puta como las que uno se imagina cuando el cura del barrio le pide precaución, y le subraya que debe tener mucho cuidadito con las casas de "lenocidio". Pero que va, advertencia inútil porque no es tan fácil cruzarse con una puta hermosa, de labios carnosos y libido insaciable, que es como uno se la imagina. Recuerdo que cerraron el Méjico porque las películas de mariachis pasaron de moda, y, cansado de la maricadas repetidas de la Cinemateca, me aficioné a entrar en un putiadero famoso del centro: Las Puertas Azules. Era una casa republicana, grande, con dos patios cubiertos con marquesina, un segundo piso convertido en hotel de paso y con más cincuenta mujeres que andaban por las corredores y las habitaciones medio empelotas. Tenía éxito, vivía repleto.

Uno podía encontrarse allí estudiantes, oficinistas, periodistas, comerciantes, aprendices de mafioso y, eso sí, no faltaban vendedores ambulantes, atracadores y emboladores. Mejor dicho, toda la ciudad pasaba por las Puertas Azules. Además, uno podía pedir una cervecita, y, si aguantaba la fastidiadera del dueño del local, quedarse un buen rato viendo las mujeres y hasta hablando con alguna de ellas. Pero, a pesar de que en el sitiecito uno lograba sentirse como acompañado y perder las tardes enteras sin darse cuenta; de lo importante, de las fantasías lúbricas, de esas mujeres ensoñadoras que uno imagina en las solitarias masturbaciones de la adolescencia, mas bien poco, casi nada. Viejas buenas había, culitos preciosos y teticas grandes y bien formaditas, tampoco hay que ser desagradecido, pero rondaba mucho bagre, mucho camarón, mucha puta vulgar y sin encanto. Tenía eso sí, una gran virtud el lugarcito: era barato.

Pero, cuando las directivas de la Tadeo, una universidad de gomelos que quedaba al frente, vieron el éxito de Las Puertas Azules, les dio por joder, por montarla. Decían que las Puertas Azules dañaban el ambiente universitario del sector y como el alcalde de la zona le lambía fuerte al rector de la Tadeo, pues cerraron, clausuraron con sellos amarillos de la alcaldía, las Puertas Azules. Yo pensé que eso no me iba a afectar, pero el primer viernes después del cierre comprobé que estaba huérfano, sin rumbo, desesperado. Y como las desgracias no vienen solas, Claudia Rico, la única vieja de la facultad que de verdad me gustaba, se cuadró con el marica del Alex Galván.

Dos meses después, un viernes de esos que me sentía con deseos de suicidarme, que anhelaba terminar para siempre con la angustia y el aburrimiento del fin de semana, se me acercó el mismo Alex y me dijo: chino le tengo una invitación. Yo lo mire con desconfianza y el hombre, que era una abeja, me salió al paso rapidito; por ahí me han dicho que usted le gustan las putas del centro, y me acabo de enterar de un sitiecito donde trabaja una que está dando candela. Cuando terminó la frase yo tenía media vida atorada en la garganta, el Alex, el güevon que se culiaba la hembra que yo llevaba dos años deseando, la dejaba tirada un viernes para irse de putas. Me dio rabia, quise salir corriendo, atravesar la facultad, buscar a Claudia y contárselo todo; pero no pude, uno es varón y no va a ir por ahí de sapo contando las intimidades de otros manes. El Alex me palmoteó la espalda, vamos o ¿se va a arrugar? y, antes de que me volviera a tratar de cobarde, cogí el morral y le dije: camine a ver. Después, cuando íbamos en la buseta, recordé que no tenía billete. Entonces le dije a Alex, bueno hermano, lo acompaño pero no tengo ni un puto peso; no se preocupe güevón, yo tampoco, pero nos tomamos una cerveza y le damos una mirada a la hembrita, de pronto es pura mierda lo que cuenta la gente. Listo. Pero no. No eran habladurías.

Cuando llegamos a la Whiskería y pedimos dos cervezas, se nos acercó el mesero y nos dijo: ¿de la nacho no?, y nosotros, sí, ¿por qué?, pues porque ya me los conozco, y están de buenas, la vieja acaba de llegar, así que van de primeros, la cogieron recién bañadita. El Alex se frotó las manos y me dijo, tenemos suerte hermano, si esta tan buena como dicen, me gasto un billete que mi mamá me dio para pagar el recibo del teléfono, le digo a la cucha que fue en un libro y ya está. Y así fue. Karen salió, se dio un vuelto por la pista y a mí la sangre empezó a hacerme una protesta muy malparida en el cuerpo. El Alex la llamó y Karen vino hacía nosotros, hacía mí, hacía mi nerviosismo. Esa tarde descubrí que los sueños sí pueden cumplirse, pero que son imprecisos. Era la mujer que imaginaba, pero no era ni alta, ni rubia, ni bien peinada, ni con los ojos claros.

Al contrario, era pequeñita, trigueña, y con unos ojos muy oscuros y agresivos. ¿Otros de la facultad de filosofía?, nos preguntó. Otros no, los mejores de la facultad, contestó Alex. Eso está por verse dijo ella y se sentó en medio de los dos. A mí se me acabaron las palabras, ella alzaba los brazos y yo me moría por mirarle las axilas, ella movía las piernas y yo trataba de saber cómo eran los pliegues de sus carnes, ella sonreía y yo no entendía cómo podía ser tan linda, ella se movía y yo era incapaz de respirar ese penetrante olor a hembra que exhalaba. Mientras pretendía serenarme, mientras trataba de armarla y fijarla en mi mente para confirmar que existía, que los ojos no me engañaban, el Alex se la charló, negoció el polvo y terminó por llevársela al reservado. Yo me quede ahí, sentado en una poltrona que empezaba a incomodarme, acosado por la mirada de las otras viejas, otra vez solo, abandonado, pensando en el manjar torneado y delicioso que estaba comiéndose el Alex y sin saber siquiera si era más digno irse o esperar a verlo salir con esa cara de felicidad que ponía cada vez que lograba uno de sus objetivos. Y otra vez me engañó la cabeza. Debí haberme ido, pero la pensadera me retuvo y cuando al fin tomé la decisión de salir, ya el Alex volvía feliz, radiante, caminando como Rambo después de la misión más difícil y lo que era peor, Karen venía detrás, con el pelo mojado, con esos rizos hermosos que me enloquecerían después y, al mirarla, no entendí por qué estaba más linda que antes, y por qué, a pesar de haberse revolcado con el imbécil del Alex, a mí me parecía más hermosa, mas buena y más provocativa que antes.



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