Señores de la culebrita, la mapaná, la rabo de ají, la cuatro cabezas, la cuarenta y ocho horas, la cascabel, etc., etc., etc.

Empecé a escribir esta novela hace cinco años, me había agarrado y echado la madre con un productor de televisión por un asunto económico y decidí que lo mío no eran las modelitos convertidas en actrices, los actores envanecidos por la pequeña pantalla ni mucho menos la escritura de libretos en una fabrica de sueñitos de medio pelo. Así que me metí en la biblioteca Luis Ángel Arango, me leí el Halcón maltés, un par de novelitas de Chandler, todo la obra publicada de Luis Sepúlveda y me empeñé en escribir una novela policíaca.
No lo conseguí. No más empezada la labor noté que los mecanismos dramáticos por los que se movían los autores anglosajones no correspondían a nuestra caótica realidad y terminé volviendo a las telenovelas, a plantearme las cosas desde la cultura popular y a escarbar la novela de aventuras para complementar mis coqueteos con el género negro.

Resultado: un thriller llorón llamado engome.
En esas andaba cuando recalé en Barcelona. Nada de visados, nada de trabajo, eso sí, una actitud más constructiva de los editores y agentes españoles frente a mi incipiente obra y una propuesta de varios amigos para que escribiera una novela juvenil. Como tengo familia y debía ponerme en actitud práctica, la escribí. Mapaná, se llama y la maleditó Planeta Colombia en febrero del año 2000.
Como el mundo sigue su marcha así uno esté borracho, para esa época ya tenía una oferta para publicar engome y me había dado cuenta de que las estructuras de las dos novelas se parecían demasiado. Quería publicar engome, pero quería cambiarla un poco. Al mismo tiempo había conseguido una chanfa escribiendo reseñas en un periódico barcelonés y leía bastante. Me encontré con Páginas de vuelta de Santiago Gamboa, con Basura de Héctor Abad y, con un descubrimiento majestuoso, Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.
Gracias a estas y algunas otras lecturas hallé una formula para ampliar el universo de mi novela: hacer un poco de metaliteratura y romper con unos esquemas narrativos que ya empezaban a ahogarme. El resultado de estos juegos literarios y de esos días febriles que siguen al enamoramiento literario es La lectora.


Sin embargo, no quería caer en obras farragosas ni de carácter pretencioso o demasiado intelectualoide. Me gusta el gran público, no sólo por el dinero sino porque estoy absolutamente convencido de que la literatura es una acto de comunicación y no un desfile de vanidades enfermizas. Entonces dejé volar la imaginación, escribí las historias desde diversos puntos de vista, parodié a nuestro premio nóbel, hice relatos a punta de puro dialogo, ensayé diversas voces narrativas, escribí cartas, creé nuevos personajes, hice una introducción que me ayudó a estructurar la novela y hasta escribí una especie de epílogo, en fin... me fume verde la yerba de la creación y obtuve un montón de material que giraba alrededor de la obra original.
Con todo ese caos sobre la mesa, me destape una cerveza fría, me puse una mascara de cirujano y me di a la tarea de armar un libro que tuviera una cuantos juegos literarios pero que se dejara leer como una sencilla novela de aventuras. No fue fácil, en el camino tuve que rescribir bastante y, lo más doloroso, desechar o dejar medio escritas historias que me gustaban mucho.


Pero que le iba a hacer, uno no puede acostarse con todas las mujeres que le gustan, no puede leerse todos los libros que le recomiendan y, además, si uno dice que cree en algo, ya no le queda más remedio que sostener lo dicho así le duela el alma y le tiemblen las pelotas. Total, mucho trabajo desechado, mucha mutilación verbal y mucha sangre derramada sobre las hojas blancas.

Debo anotar que en el proceso también colaboraron varios amigos, que estuve atento a observaciones de algunos lectores neófitos y que fue de gran ayuda un hombre joven, bien educado, bien peluquiado y bien casado, al que no le faltó arrojó para apoyarme en los momentos duros y al que puedo llamar con afecto (no siempre, no se debe exagerar): mi editor.
Esa es en pocas palabras, una descripción del proceso. Ahora tenemos entre manos un libro con una excitante chica en la cubierta, con mi nombre balanceándose justo encima de la cadera de la chica, con un sello editorial de tres letras (RBA) en le vacío del fondo de la cubierta. Y ustedes tienen unos fragmentos dispersos e inéditos de un trabajo que pronto verá luz y que serán los lectores de a pie, aquellos que no quieren asomarse a las altas cumbres literarias, los encargados de juzgar.


 

 

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