[[ NUEVE CUENTOS DE J.D. SALINGER ]]
Por Juan Carlos Orrego

Los teóricos del cuento -y, por desgracia, también algunos cuentistas- se solazan en la idea de que el buen cuento no debe incurrir en futilidades, y que todo su vigor debe basarse en el cumplimiento de aquel precepto según el cual todo lo referido en la historia debe ser estrictamente funcional; que si se seleccionan retazos de la vida cotidiana de un personaje, éstos deben ser nada más que los precisos en cantidad y cualidad según los requerimientos de la trama. Panorama austero, a qué dudarlo.

Sin embargo, para frustración de estos pontífices y para felicidad del lector auténtico -esto es, el que busca en la literatura la fuente de la diversión y no el batracio dispuesto para la disección- existe un libro como Nueve cuentos (1948) , escrito por Jerome David Salinger (New York, 1919), en el que se nos informa que un muchacho se mete un dedo a la boca, y sin que ello tenga la más mínima importancia dentro de la historia que se cuenta; es más: Salinger consigue contar historias en las que el desenlace, la estructura o cualesquier otro fantasma retórico de la misma laya no consiguen inquietar al lector; a ese lector que, justamente, ha descubierto el buen tono que alcanzan los elementos minuciosos y gratuitos en la obra, y que ha decidido divertirse impunemente en su sola consideración. Pero tal vez me explique mejor si retomo ese fragmento del dedo en la boca con las mismas palabras del cuento (confiando enteramente en la traducción de Elena Rius): "El hermano de Selena apartó la mano sana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se irguió un poco o, mejor dicho, se repantigó un poco menos. Fijó la vista en algún objeto situado en el otro lado de la habitación. Una expresión casi soñadora inundó sus facciones irregulares. Metió la uña del dedo índice de la mano sana en el intersticio entre los incisivos, sacó una partícula de comida y se volvió hacia Ginnie" (p. 50). Al final de este cuento (titulado sugestivamente "Justo antes de la guerra con los esquimales"), una joven aficionada al tennis maquina encontrarse nuevamente con un pelafustán que le ha interesado, y camina por Lexington Avenue mientras recuerda un pollo de pascua podrido. El lector, maravillado, descubre complacido la banalidad de aquel pasaje del dedo en la boca de nueve páginas atrás.
Salinger reivindica en sus escritos el mundo de la minucia, el gesto simple, el suceso intrascendente narrado sin aspavientos ni falsas sugestiones, lo cual -es decir, lo que hace Salinger- confiere a sus ambientes literarios una fuerza inusitada que ha de tomar por sorpresa a los escépticos exégetas de la cuentística universal, enamorados rabiosamente de las limpias piezas de Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Julito Cortázar (gente respetable, en todo caso).


En Nueve cuentos se topa el lector no con un autor que pretenda ser fresco, sino con una prosa que por sí misma, por condición natural, ya es fresca: y fresca con irresistible verosimilitud. Pero en ello, claro, los personajes ponen todo su empeño: hablan con muletillas, piden aclaraciones innecesarias, incurren en contradicciones, conversan sin secuencia, cometen todo género de desfachateces e imprudencias e, incluso, un niño viste una camiseta donde aparece Jerónimo el Avestruz tocando el violín.
Todo lo anterior podría resumirse tal vez en esta simple sentencia: en sus cuentos Salinger no está preocupado por hacer literatura (porque no se negará que la conciencia del oficio puede hacerse dolorosa en una obra al punto de echarla a perder). Lo suyo es, simplemente, seleccionar situaciones cotidianas -sin importar si son singulares o descoloridas- para, con su narrativa graciosa y precisa, registrarlas en un papel.
No sé si sea su objetivo, pero a mi juicio Salinger consigue, por esta vía, probar que todo el mérito del escritor está en saber dar vida a una situación más que en llevarla hacia un desenlace trascendental o pletórico de densas significaciones.


O al menos algo de eso se insinúa en esta advertencia que Teddy, el protagonista de "Teddy", hace a los poetas: "Siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción" (p. 146).
En esta clave narrativa entonces, el lector de Nueve cuentos descubrirá la historia de un seudo psicópata que anda en busca de un extraño pez; la de dos ex condiscípulas de universidad que recuerdan a un soldadito insignificante; la de dos jóvenes que se coquetean, sin saberlo, alrededor de un bocadillo mordido; la de un antiguo niño que rememora la sin igual peripecia de un héroe francamente ambivalente; la de un chicuelo que se esconde del mundo porque escucha que su padre es "un moisés grandote y estúpido"; la de un soldado que promete a una joven escribirle un cuento sórdido; la de una mujer infiel que parece disfrutar del privilegio de la ubicuidad; la de un singular Buda que ha reencarnado en el más minúsculo pasajero de un trasatlántico; y, finalmente, la de un pretencioso artista novato que se hace pasar por el sobrino-nieto de Honoré Daumier.
El brillante humor de este último cuento hace que el lector entienda con claridad cuál es su verdadera y última tarea: divertirse leyendo sin preocuparse por desentrañar los relevantes conceptos que le permitirían, más adelante, escribir una sesuda nota crítica a petición de los amigos que regentan una revista literaria. Así que, sin más, conviene dar fin a esta nota ociosa que, frente a la contundencia de los Nueve cuentos, no deja de ser una ridícula extravagancia.

 

                 


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