| [[ Mockus y el papel del Estado ]] |
| Por: Alejandro Gaviria |
|
Filósofos, políticos, editorialistas
y ciudadanos comunes y corrientes han discutido, siguen discutiendo
y discutirán por siempre las atribuciones, obligaciones y
competencias del Estado. Para los más pesimistas el Estado
es una especie de Rey Midas perverso que todo lo que toca lo vuelve
papilla. Para ellos el Estado debe limitarse a hacer cumplir las
leyes y a no estorbar. Esta es la visión de Hobbes y de los
libertarios que abogan por un Estado omnisciente pero ausente y
tímido.
Para otros la principal labor del Estado debe ser corregir las desigualdades,
tanto las inherentes a la naturaleza como las creadas por el hombre.
Para ellos el Estado debe concentrarse en igualar las oportunidades
y debe, además, estar presto a tenderle su mano a los desvalidos
-aquellos que por mala suerte o malas dotaciones yacen postrados
esperando no la mano dura de Leviatán sino la mano tendida
del Estado benefactor. Este es el Estado de Rawls, de los socialdemócratas
y de todos aquellos que prefieren sacrificar una pizca de libertad
en aras de otra de equidad.
|
|
|
Para otros la principal labor del Estado es educar a los hombres.
Según ellos, el Estado debe esconder el garrote y dedicarse
a moldear conciencias, recomponer valores, impulsar la convivencia,
propiciar la reconciliación y crear una cultura cívica.
En esta visión, el Estado debe concentrarse en una suerte
de apostolado pedagógico y asumir el papel de un hermano
mayor, sabio y elocuente, que a punta de mayéutica nos inicia
en la doctrina del buen vecino. Este es el Estado de Mockus y de
todos aquellos que creen que las conciencias humanas son susceptibles
de ser manipuladas por quienes dominan cierta semiótica ejemplarizante.
Creo que tanto a los libertarios como a los socialdemócratas
les asiste algo de razón, lo que explica, en mi opinión,
porque todos los gobiernos democráticos han optado por una
suerte de compromiso entre ambos extremos: algunos más a
la derecha, otros más a la izquierda, pero todos mezclando
un poquito de ambas doctrinas. He ahí el eslogan del presidente
Bush: conservatismo compasivo. O Hobbesianismo Rawlsiano, podríamos
decir.
Creo, de otro lado, que el Estado pedagogo es una aberración:
un señor con atribuciones de papá que habla y aboga
y discursea y repite y me hace llevar las manos a los oídos
y me hace decir para mis adentros basta ya de carreta y de sermones:
yo hago lo que me da la gana. Muchachitos, dice papá Mockus,
ustedes se me quedan aquí encerrados. Muchachitas vayan y
pasen bueno y denle un buen ejemplo a estos malcriados. Se los dije,
continúa Mockus, las niñas si pueden comportarse como
toca. Vamos a ver si ustedes niños no me decepcionan. Es
difícil, en verdad, concebir una visión más
paternalista del Estado que la del señor Mockus.
|
Ahora, mi oposición a estas medidas no
es sólo filosófica, sino también positivista.
Traducción: tales medidas no sirven para nada. Ni siquiera
la tan cacareada reducción en la tasa de homicidio que Mockus
presenta como el mayor logro de su primera administración
resiste un escrutinio científico. Los homicidios cayeron
en todas partes como consecuencia de la consolidación de
un nuevo orden en el mercado de las drogas y poco o nada tuvieron
que ver con las medidas de nuestro rey filósofo. La pedagogía
como arma contra el crimen permanece todavía en el limbo
de la pseudociencia, acompañada quizás por la parasicología
y la astrología.
Si se quieren reducir las tasas de criminalidad debe comenzarse
por expandir y mejorar la policía. En una ciudad donde
el 80 por ciento de los habitantes se sienten inseguros es el
momento de guardar la cartilla y sacar el garrote, así
sea de vez en cuando. Y el mismo garrote al cabo del tiempo se
encargará que la gente, por temor quizás, interiorice
ciertos valores y aprenda a respetar la ley como cuestión
de principio. El temor al castigo, como bien lo dijo Freud, es
el origen de la conciencia privada, y tal vez de la colectiva
también.
|
|
 |