[[ Ñoñerías Líricas ]]
   Por: Daniel Hermelín


Pocos días antes del acuerdo de Los Pozos entre Pastrana y Marulanda, el diario El Tiempo publicó un ensayo llamado "Negociar es el reto", escrito por William Ospina. Allí el ensayista y poeta discurrió sobre la sinuosidad de los caminos para llegar a la paz en Colombia, y lo hizo en un tono esperanzador. A los pocos días Antonio Caballero, en su columna de Semana, salió lanza en ristre contra dicho ensayo y lo tachó indirectamente de "ñoñería lírica", y, directamente, de "cosa positiva, lúdico-didáctica y proactiva". A mi juicio, el artículo de William es un análisis serio de la situación. Algunas afirmaciones no las comparto, y no sé si, incluso, pueden acercarse a la ingenuidad en un punto: cuando se dice que a los Estados Unidos no le interesa intensificar la guerra en Colombia. Pero el caso es que, después de mostrar a su manera una radiografía del proceso, el escritor hace explícito su voto de confianza en la posible negociación. Y todo eso, más la fortuna de su prosa, parece suficiente para que Caballero le otorgue el carácter de "ñoñería lírica".
Para poder acercarnos a nuestro destino y para la búsqueda de herramientas que nos permitan obrar sobre él, son precisos los puntos de vista críticos en extremo y las reflexiones descarnadas sobre la problemática nacional y mundial. Sin embargo hay algo que no se puede pretender y es que todo el mundo sea nihilista, ni mucho menos se puede andar por ahí acusando a todo el que no haga del pesimismo su arma de combate.

Y pienso que esto es importante especialmente cuando se le habla a los jóvenes de este país, con quienes es aún mayor la responsabilidad de los que analizan nuestro acontecer. Que me perdonen mis coetáneos por el atrevimiento de asumir la vocería, pero creo que pertenezco a una generación un tanto desencantada, una generación en la que la globalización ha hecho muy de las suyas, en especial en lo que al individualismo se refiere. No creo que mi generación carezca de gente capaz y talentosa; todo lo contrario, la tiene y mucha gracia es que tenga tanta después de la eternidad de horas pasadas durante la infancia y la adolescencia tras la televisión y la radio (¿o es sólo mi caso? Lo de las horas, no lo del talento), medios de comunicación de uso desafortunado en nuestra sociedad. Y es que se trata de una generación de jóvenes en la que la ausencia de objetivos comunes es muy característica, una generación sin muchos sueños colectivos, poco comparable con las de la década del sesenta y del setenta (las de la juventud de Caballero y William).

Que entonces un gran escritor como William Ospina nos diga que todavía se puede creer en algo, que no todo está perdido, y que nos lo diga con argumentos y empleando un bello estilo, me parece algo, más que aceptable, loable, tan loable como la agudeza con la que Caballero nos ilustra. Y no creo que estemos ávidos los jóvenes de este país -y otra vez abuso como vocero- de historietas rosas que nos lo expliquen. Pero mucho menos creo que ésas sean las que William Ospina nos cuenta. Y que su prosa sea un deleite para la estética no hace más que darle contundencia a sus ideas. Por lo demás, el hecho de tener fe en que el futuro puede ser mejor no es digno de desdén, menos aún si se trata de una fe lejana al oscurantismo.

No me considero un optimista consumado, quizás todo lo contrario, pero nunca me ha indignado que alguien tras una elaboración racional y un compromiso ético como intelectual, llegue a la conclusión de que el mundo puede convertirse en un lugar menos desolador.
A pesar de mi pesimismo y del de mi generación todavía creo que este país vale la pena, todavía mi misantropía no ha superado mi filantropía ni la sensibilidad que esta tierra me despierta. Si algunos quieren seguir siendo simples testigos de la debacle, salvando sus pertenencias, que lo sean. Pero que no nos quiten la poca esperanza que nos queda a los que nos queda. El esfuerzo será cuando menos ingente y no se ve cercano el horizonte de la lucha por un país en paz. Y nada fácil es mantenerse cuando uno tiene que estar dispuesto a que le pase la vida y las cosas no hayan cambiado un ápice. Pero no hay que desfallecer.
En la corta introducción a su libro ¿Dónde está la franja amarilla?, William Ospina dice: "Reinventar el país no puede ser tarea de unos cuantos, pero la enormidad de la labor casi exige milagros. Recuerdo entonces aquellas palabras de Voltaire sobre los hombres de su tiempo: Necesitaban milagros: los hicieron".
¿Ñoñerías líricas o el compromiso de un escritor con su tierra y con su tiempo?


                                        

 

 


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