No me considero un optimista consumado, quizás todo lo contrario,
pero nunca me ha indignado que alguien tras una elaboración
racional y un compromiso ético como intelectual, llegue a
la conclusión de que el mundo puede convertirse en un lugar
menos desolador.
A pesar de mi pesimismo y del de mi generación todavía
creo que este país vale la pena, todavía mi misantropía
no ha superado mi filantropía ni la sensibilidad que esta
tierra me despierta. Si algunos quieren seguir siendo simples testigos
de la debacle, salvando sus pertenencias, que lo sean. Pero que
no nos quiten la poca esperanza que nos queda a los que nos queda.
El esfuerzo será cuando menos ingente y no se ve cercano
el horizonte de la lucha por un país en paz. Y nada fácil
es mantenerse cuando uno tiene que estar dispuesto a que le pase
la vida y las cosas no hayan cambiado un ápice. Pero no hay
que desfallecer.
En la corta introducción a su libro ¿Dónde
está la franja amarilla?, William Ospina dice: "Reinventar
el país no puede ser tarea de unos cuantos, pero la enormidad
de la labor casi exige milagros. Recuerdo entonces aquellas palabras
de Voltaire sobre los hombres de su tiempo: Necesitaban milagros:
los hicieron".
¿Ñoñerías líricas o el compromiso
de un escritor con su tierra y con su tiempo?
