[[ El Caso Wojtyla ]]
Por: Andrés Burgos

Cualquiera que cuente con una mínima capacidad de análisis notará que lo que le sucede al Papa no es normal. Hace ya muchos años que el jerarca romano estancó su proceso de envejecimiento. Pareciera haber llegado al tope físico permitido a los seres humanos. Y no da un paso más allá. Su figura de anciano empedernido llena de tal forma la memoria de la opinión pública que los cándidos e ingenuos tienden a pensar que siempre lució así. En ciertos círculos suspicaces, en cambio, comienza a tomar fuerza una teoría un tanto más realista: Karol Wojtyla ha muerto, pero Juan Pablo II sigue vivo.
El pontífice falleció hace mucho tiempo. Sin embargo, y dado el carisma que su figura, a pesar del deterioro evidente, representaba ante el mundo, los altos mandos de la iglesia católica decidieron mantener vivo algo más que su memoria.

La ausencia de un sucesor destacado ponía en peligro el status del catolicismo como empresa. Procedieron entonces a conservar con vida al Papa polaco. Lo primero que hicieron, una vez Wojtyla pasó a dormir el sueño de los justos, fue mantener en secreto su deceso. El Vaticano manipuló la información y se corrió el rumor de que el pontífice tenía gripa e iba a recluirse unos días en sus aposentos para cuidar su salud, que ya se veía desmejorada. Esto dio tiempo a la cúpula dirigente católica para aplicar un plan de emergencia.

Pero, ¿cómo mantener vivo a alguien que ya ha muerto? ¿No implicaba la idea en sí una paradoja? Varias propuestas, que en el papel parecían buenas, se desmoronaron ante la imposibilidad de ser ejecutadas sin fisuras evidentes. La momificación quedó descartada por su literal falta de flexibilidad. Aunque al cuerpo del Papa se le podría acondicionar un mecanismo que le diera movimiento, los avances tecnológicos aún no permitían posiciones extremas como el encogimiento necesario para ponerse de rodillas y besar la tierra. La probabilidad de ver al pontífice quebrarse en dos horrorizó a los encargados del proyecto.

También fue descartado el empleo de un doble. Luego de ser consultado, Milan Kundera dio a entender con sutileza que no estaba interesado en el puesto. Además, usar a alguien parecido no garantizaba la perdurabilidad que El Vaticano, empeñado en invertir a largo plazo, esperaba. El envejecimiento inexorable atropella a todos los seres humanos, incluidos los integrantes de la farándula y los Papas, con el agravante de que éstos últimos no pueden acudir con igual desparpajo a la cirugía plástica.

¿Qué hacer entonces? La solución fue tan simple y obvia que resultó magistral. Inspirados en la famosa serie televisiva infantil "Plaza Sésamo", los encargados de mantener con vida a Juan Pablo II crearon un muñeco de peluche idéntico a él. Intentaban, y lo lograron, que el candor y la simpatía del personaje opacaran las posibles fallas de diseño.

Desde su creación, el nuevo Papa ha sido tripulado por adolescentes originarios de pueblos recónditos de la antigua Cortina de Hierro, quienes desconocen la existencia de la doctrina católica. Para ellos disfrazarse de Su Santidad es simplemente un trabajo más, con un salario apenas mayor que el de Mac Donald's.

Superado el asunto de la imagen, la voz no se constituyó en un problema, porque existían miles de grabaciones con las palabras de Wojtyla. Inclusive redujeron los gastos creando una pista de audio única, sin tener en cuenta la cantidad de idiomas que supuestamente dominaba el desaparecido pontífice. Al Papa se le entendía lo mismo, hablara la lengua que hablara. Su rebaño aceptaba el ronroneo de sus sermones con la misma pasividad que los viajeros acatan las frases ininteligibles de los altavoces en los aeropuertos.

Ha sido tal el éxito de la medida que hasta los riesgos se tornaron en ventajas. Algunos de los operadores del peluche, incapaces de soportar las altas temperaturas interiores, han sufrido desmayos. Pero esto no ha hecho más que dar matices a un personaje que a sus años, y a pesar de estar muy conservado, es susceptible de sufrir este tipo de afecciones.

Los resultados son más que satisfactorios y hay quienes insinúan que otros grupos de poder están siguiendo el ejemplo. Los analistas internacionales ya miran con desconfianza a Fidel Castro. En cuanto a la fecha de muerte de Juan Pablo II, no se necesita ser clarividente para adivinar que se encuentra cerca. Los encargados de su conservación lo dejarán ir pronto, ya ha cumplido su misión y las sospechas deben ser acalladas. Obtuvieron lo que querían, es suya la clave para perpetuar a los líderes que devolverán a la iglesia católica su antiguo esplendor.

      



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