RELATO DE LOS OFICIOS Y MESTERES DE BEREMUNDO

Yo, Beremundo el Lelo, surqué todas las rutas
Y probé todos los mesteres.
Singlando a la deriva, no en orden cronológico ni lógico -en sin orden-
narraré mis periplos, diré de los empleos con que nutrí mis ocios,
distraje mi hacer nada y enriquecí mi hastío ...;
-hay de ellos otros que me callo-:
Catedrático fuí de teosofía y cutrapelia, gimnopedia y teogonía y Pansofística en Plafagonia;
barequero en el Porce y el Tigüí, huaquero en el Quindío,
amansador mansueto -no en desuetud aún- de muletos cerriles y de onagros, no sé dónde;
palaciego proto Maestre de Ceremonias de Wilfredo el Velloso,
de Cunegunda ídem de ídem e ibídem -en femenino- e ídem de ídem de Epila Calunga
y de Efestión -alejandrino- el Glabro;
desfacedor de entuertos, tuertos y malfetrías, y de ellos y ellas facedor;
domeñador de endriagos, unicornios, minotauros, quimeras y licornas y dragones...

y de la Gran Bestia.

 
Fuí, de Sind-bad, marinero; pastor de cabras en Sicilia

si de cabriolas en Silesia, de cerdas en Cerdeña y -claro- de corzas en Córcega;
halconero mayor, primer alcotanero de Enguerrando Segundo -el de la Tour-Mirácle-;
castrador de colmenas, y no de Casanovas, en el Véneto, ni de Abelardos por el Sequana;
pajecillo de altivas Damas y ariscas Damas y fogosas, en sus castillos
y de pecheras -¡y cuánto!- en sus posadas y mesones
-yo me era Gerineldos de todellas y trovador trovadorante y adorante; como fui tañedor
de chirimía por fiestas candelarias, carbonero con Gustavo Wasa en Dalecarlia, bucinator del Barca

Aníbal

y de Scipión el Africano y Masinisa, piloto de Erik el Rojo hasta Vinlandia, y corneta
de un escuadrón de coraceros de Westmannlandia que cargó al lado del Rey de Hielo
-con él pasé a difunto- y en la primera de Lutzen.

Fui preceptor de Diógenes, llamado malamente el Cínico: huésped de su tonel, además, y portador de su linterna;
condiscípulo y émulo de Baco Dionisos Enófilo, llamado buenamente el Báquico
-y el Dionisíaco, de juro-.
Fui discípulo de Gautama, no tan aprovechado: resulté mal budista, si asaz contemplativo.
Hice de peluquero esquilador siempre al servicio de la gentil Dalilah,
(veces para Sansón, que iba ya para calvo, y -otras- depilador de sus de ella óptimas partes)
y de maestro de danzar y de besar de Salomé: no era el plato de argento,
mas sí de litargirio sus caderas y muslos y de azogue también su vientre auri-rizado;
de judith de Betulia fui confidente y ni infidente, y -con derecho a sucesión- teniente y no lugarteniente
de Holofernes no Enófobo (ni enéfobos Judith ni yo, si con mesura, cautos).
Fui entrenador (no estrenador) de Aspasia y Mesalina y de Popea y de María de Mágdalo
e Inés Sorel, y marmitón y pinche de cocina de Gargantúa
-Pantagruel era huésped no nada nominal: ya suficientemente pantagruélico-.

(…)
Les saqué puntas y les puse ribetes y garambainas a los vocablos,
cuando diérame por la Semasiología, cierta vez, en la Sorbona de Abdera,
sita por Babia, al pie de los de Ubeda, que serán cerros si no valen por Monserrates,
sin cencerros. Perseveré harto poco en la Semántica -por esa vez-,
si, luego, retorné a las andadas, pero a la diabla, en broma:
semanto-semasiólogo tarambana pillín pirueteante.
Quien pugnó en Dénnevitz con Ney, el peli-fulvo
no fuí yo: lo fué mi bisabuelo el Capitán...;
y fué mi tatarabuelo quien apresó a Gustavo Cuarto:
pero si estuve yo en la Retirada de los Diez Mil -era yo el Siete Mil Setecientos y Setenta y Siete, precisamente-: releéd, si dudáislo, el Anábasis.
Fuí celador intocable de la Casa de Tócame-Roque, -si ignoré cúyo el Roque sería-,
y de la Casa del Gato -que- pelotea; le busqué tres pies al gato
con botas, que ya tenía siete vidas y logré dar con siete autores en busca de un personaje
-como quien dice los Siete contra Tebas: ¡pobre Tebas!-, y ya es jugar bastante con el siete.
No pude dar con la cuadratura del círculo, que -por lo demás- para nada hace falta,
mas topé y en el Cuarto de San Alejo, con la palanca de Arquimedes y con la espada de

Damocles,

ambas a dos, y a cual más, tomadas del orín y con más moho
que las ideas de yo si sé quién "mas no lo digo":
púsome en aprietos tal doble hallazgo; por más que dije: ¡Eureka!…: la palanca ya no servía ni para

levantar un falso testimonio,

y tuve que encargarme de tener siempre en suspenso y sobre mí la espada susodicha.

Se me extravió el anillo de Saturno, mas no el de Giges ni menos el de Hans Carvel;
no sé qué se me ficieron los Infantes de Aragón y las Nubes de Antaño y el León de Androcles y la

Balanza

del buen Shylock: deben estar por ahí con la Linterna de Diógenes:
-¿mas cómo hallarlos sin la linterna?
No saqué el pecho fuera, ni he sido nunca el Tajo, ni me dí cuenta del lío de Florinda,
ni de por qué el Tajo el pecho fuera le sacaba a la Cava,
pero sí ví al otro "don Rodrigo en la Horca".

(…)
Si jamás nunca supe más que Lepe ni tanto supe como supo Lepillo
y menos que Briján,
nada ingnoré de las cuitas de Werther o de las cuitas
del Rey Lear (¡y sin Cordelia!) o de las del tercer Rey Ricardo ... ¡cambio, cambio por un
jamelgo, por una jaca, por un Bucéfalo acéfalo, mi Reino…, ¡lo cambio!
Y el su reino -y el mío- fuera y es otra ínsula, Insula Barataria... Yo, Beremundo el Lelo,
Beremundo el Insólito, Beremundo el Lilaila, probé nunca de acólito, y erigí torres, derruí molinos
-de viento aquéstos, ésas, marfilinas-
mas no habité mis torres, ni retorné a Abylund: que viví en mi bicoca...
No salí de mí mismo sino a entrar en mí propio
-no sólo en metapsíquico-: quiero decir que penetré en lo mío,
mío por ser creación mía, o, si mío,
-siempre- por donación del cuyo que era el suyo
-si para mí, para los dos, a trueque
-trueque y trastrueque- del cuyo mío y de entrambos ... ¿Trabalenguas? ¿Enigma?
-¡No que nó!: paradigma del en mutuo entregarse, del en mutuo donarse...
Fuí metafísica física, crédulo en demasía -¡qué más dá!- muchas vegadas, como si no las conociera,
y en otras, pocas, zorro por extremo: ¡y siempre, siempre -a la fin -mentecato!
¡ma non troppo, qué va!
También fuí perspicaz -ya lo expresé-, topo también y lince. Y de todo algo he sido:
romo y agudo, gafo o puro cual nadie, neto y tortuoso, torpe o sutil sin émulo…
Yo, Beremundo el multivario Lelo.

(…)
Olvidaba que fui poeta, por riesgo mío y cuenta:
mas, por ventura, nada quedó escrito:
como cantaba al oido de nadie
¡Toda mi poesía fue cosecha de Eolo, botín del mar y despojo del fuego!
Presumí de filósofo, si sólo saqué en claro que el resto vale menos si todo vale Nada
y que la vida importa lo que dura el instante…

Venido a más antaño si ogaño vuelto a menos…,
entiendo y juro que estoy ahora un poco ido del caletre,
revuelto del majín y revenido del meollo…
pero no tanto…
con lo que pongo punto, que no final, mientras remembro,
mientras memoro nuevos mesteres y añejos, oficios neos y antiguos
y otras andanzas, bienandanzas y malandanzas y diferentes avatares de Beremundo,
de Beremundo el Lelo, el sin plaza, el no usable, el Inutil
señor del Ocio…

Laus Leo.
 

León De Greiff.

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