El siguiente artículo escrito en 1952 por el crítico Walter Engel, tiene la extraña cualidad entre los de su tipo de acertar en los pronósticos acerca del futuro de un joven artista. Cuando fue escrito Fernando Botero tenía apenas 20 años y era lo que llaman una novel promesa, estaba a punto de viajar a Europa para toparse cara a cara con las obras de los grandes maestros. El texto de Engel hizo parte del catálogo editado con motivo del Salón Nacional de Artistas realizado ese año en Bogotá. Lo reproducimos en rabodeají como una profética curiosidad.


No son pocos los pintores jóvenes que surgieron promisorios, en el curso del último decenio, desde las exposiciones realizadas en Bogotá. Y eso tanto en los salones anuales como en los certámenes colectivos de tendencias más avanzadas, como el "Salón de Artistas Jóvenes" en 1947, los dos "de los XXVI" y "de los V", ambos en 1948 y en el "Salón de Arte Moderno" en 1949, para enumerar apenas los más significativos.
 
¿Qué se cumplió de tan abundantes promesas juveniles? Muy poco en realidad. La nómina de pintores con probabilidades de entrar en la Historia del Arte Moderno de Colombia escasamente pasa de una docena, comenzando con sus campeones-iniciadores Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Luis Alberto Acuña y Carlos Correa. Ante la experiencia de numerosas esperanzas defraudadas por artistas en apariencia muy dotados al presentarse por primera vez, nos volvimos más escépticos, y ahora nos cuidamos de proclamar prematuramente un gran talento, cuando existe la sospecha de que tan sólo estamos presenciando un efímero juego de luces artificiales.

ENTIERRO DE CARNAVAL
(óleo 70 x 100)
Tolú, 1951
Colección Eddy Torres


¿Cómo se justifica entonces la presente monografía sobre un pintor de veinte años de edad? ¿No será una empresa precipitada, atrevida y hasta contraproducente? Hace un año y más exactamente en junio de 1951, cuando Fernando Botero organizó su primera exposición individual en las galerías de Arte de Leo Matiz, estas preguntas no habrían podido contestarse de manera segura y satisfactoria. Porque con esta primera exhibición, el pintor dio a conocer un conglomerado de técnicas y maneras que podían ser síntomas de talento, pero no excluían la posibilidad de un bluff en el cual primara la habilidad prestidigitadora sobre un dominio sólido y consciente.
Una de las notas características en el temperamento de Fernando Botero, y una de las que justifican la confianza que tenemos en él, consiste en su insistencia en el esfuerzo creador, en su autocrítica, en su negativa a darse por satisfecho con las adquisiciones artísticas y los éxitos ya alcanzados.
En realidad desde sus escenografías en Medellín hasta el envío de su primer cuadro a una exposición colectiva en Bogotá, y luego su primera exposición individual, todo había redundado en resultados halagadores, tanto desde el punto de vista económico como de la acogida en general.
Pero el joven artista no quiso engañarse a sí mismo. Sabía que aspiraba a más y que lo realizado hasta entonces sólo constituía un primer paso relativamente modesto. Y tomó una decisión sencilla e importante: cambiar de clima. Dejó las montañas antioqueñas y la altiplanicie de Bogotá, y se traslado a la Costa Atlántica, en el Departamento de Bolívar. Éste era su primer contacto con el mar. Vivía y trabajaba en Coveñas, Tolú y las Islas de San Bernardo. Y once meses después de abrir su primera exposición individual, inauguró la segunda en las mismas Galerías de Arte Leo Matiz, en el mes de mayo de 1952.
 


SINO
(Proyecto para mural)
Medellín, 1950
Colección Lucía Angulo J.

LA PEINADORA
(óleo 100 x 70)
Islas de San Bernardo, 1951
Colección del artista


Si la primera exposición de Fernando Botero había dejado algunas dudas sobre la sinceridad del pintor y sobre lo auténtico de su talento, la segunda las despejó por completo. En materia de "modernismo", el artista había retrocedido notablemente. Las influencias picasianas, por ejemplo (además de mucho más remotas que antes), ya no eran las de Picasso cubista, sino del maestro de las épocas azul y rosada.
En las dos cronológicamente primeras pinturas de la nueva exposición se notan todavía los recuerdos de la etapa anterior: en "Tocadores de carángano" por la acentuada y brusca delimitación de los diferentes planos de color, por la fuerte estilización de las figuras. "La peinadora" despierta recuerdos cubistas por su rigurosa estructura en zigzag, planeada en firmes términos geométricos.
La pintura siguiente, "Coco", demuestra en sus altas figuras laterales una nueva e importante búsqueda de lo monumental. Esto, sin embargo, por el efecto -inusitado en las demás obras de Botero- de profundidad, sugerido por los dos hombres trepadores en el fondo que enriquecen el cuadro en vida, pero le quitan grandeza.
Viene luego una época en la cual el desnudo ocupa nuevamente el interés del artista. Lo trabaja en dos técnicas: al óleo y a la acuarela. A pesar de que se trata de cuadros creados casi simultáneamente, la diferencia conceptual es sorprendente. En las acuarelas, lo primero parece ser la modelo; sólo en segundo lugar sigue el hecho plástico, muy respetable por cierto en hojas como "Mayo" o "El sillón azul", pero secundario, consecuencia de la modelo viva a la vista.
En un plano artístico muy superior se mueve la inspiración al óleo "La griega". Aquí prevalece ya con toda claridad el empuje del artista hacia lo monumental. El hecho plástico no sólo es lo primario, sino lo único dominante. Bien puede ser que el pintor obtuvo su inspiración en algo real, en una o unas figuras femeninas vista en la playa. Pero aquella realidad se transformó milagrosamente hasta convertirse en obra de arte pura. Estas mujeres son bellas, pero no tienen nada de retratos. Son bellas por la hermosura de sus formas, por la nobleza de sus movimientos, por la clásica pureza de sus ademanes, de sus rostros, de su mirada. Sin embargo, si sería pueril ignorar la belleza intrínseca de las figuras, no cabe perder de vista que ellas apenas forman los elementos con los cuales se plasma una composición igualmente notable por su perfección estructural y por la riqueza de color. "La griega" marca la liberación total de Fernando Botero de la influencia "trágica" que había experimentado en Medellín. Cuando vuelve, más tarde, a interpretar temas sombríos, estos ya no tienen su origen en un ambiente literario, sino en la vida misma, en las condiciones generales de nuestra época.
Más poético, más romántico, si se quiere es el tema del "Flautista". En este cuadro, cualquier pintor de visión pequeña habría caído inevitablemente en lo dulcemente descriptivo, en el falso lirismo de una ilustración barata. Fernando Botero supo evitar el peligro, y una vez más se expresó en el lenguaje puro de la pintura. Los cuerpos paralelos hasta las caderas, y divergentes desde allá hacia arriba, constituyen la base de la expresión, del contenido emocional. Este movimiento de las formas interpreta la tensión del alma, subrayada aún por los fuertes acentos diagonales en la mitad derecha del cuadro.
Con el "Entierro de carnaval" debía culminar la búsqueda de lo monumental, llevada en cierto momento hasta su extremo: una sola masa cerrada, colocada íntegramente en el primer plano. Consideramos en "Entierro de carnaval" como uno de los mejores cuadros realizados hasta ahora por el pintor colombiano, a pesar de que no llega todavía a ser verdaderamente monumental. Para eso, habría debido sacrificar algo de su encanto decorativo, habría debido llenar en forma menos minuciosa, menos simétrica, menos completa el rectángulo de la tela. Para ser monumental, una pintura no necesita más de un plano, pero sí necesita espacio libre. Mas todo eso no impide que este cuadro sea , por su composición, por su color y por su estilo, una obra de valor duradero.
Un capítulo aparte forman los "Retratos" de Fernando Botero, los cuales son mucho más que retratos convencionales, pruebas de un legítimo temperamento de artista. Así lo demuestran por ejemplo los lienzos "Teresa, la polaca", "Adolescente" y "Elvira Copete Balderrutén".
 


LA GRIEGA
(óleo 95 x 115)
Coveñas, 1951
Colección Walter Engel

FLAUTISTA
(óleo 70 x 100)
Coveñas, 1951
Colección Dr. B.
Restrepo Ochoa

LOS DISFRACES
(óleo 90 x 105)
Tolú, 1951
Colección Guillermo
Gómez Uribe


A última hora, en el "IX Salón Anual de Artistas Colombianos", inaugurado el 7 de agosto de 1952, Fernando Botero obtuvo un nuevo triunfo: por su óleo "Frente al mar" le fue otorgado el segundo premio para pintura. Aun cuando otros premios del mismo salón fueron muy discutidos, difícilmente se puede negar que la recompensa del joven pintor antioqueño fue merecida. Porque este cuadro es no solamente de inusitada solidez en su concepción y ejecución, sino que se acerca ya mucho más al ideal, tan anhelado por el artista, de lo realmente monumental. En contraste con "Entierro de carnaval", el óleo "Frente al mar" es una composición dinámica, movida, que rompe resueltamente y en forma asimétrica la masa del bloque, en aperturas que sugieren de inmediato la fuerza, la masa, la importancia de las figuras de primer plano. Con "Frente al mar" se abre, pues, una nueva perspectiva para la creación del pintor.
 


PILO
(acuarela 50 x 70)
Tolú, 1951
Colección Dr. Hernán
Mendoza Hoyos

FRENTE AL MAR
(óleo 130 x 110)
2º Premio en el Salón
Nacional, Bogotá, 1952
Colección del artista

ADOLESCENTE
(óleo 95 x 110)
Bogotá, 1952
Colección del artista.


Fernando Botero se encuentra en vísperas de un viaje a Europa. Primero va a España. Se propone estudiar y aprender. Y opina que es mucho lo que queda por hacer: aprovechar todos los adelantos, todos los hallazgos de la pintura moderna, pero, equipado con este patrimonio, "volverse a la concepción".
Eso suena muy sencillo. Y entraña, en efecto, un programa de dimensiones heroicas, renacentistas. Queda por ver si el ambicioso artista logra realizarlo, como sinceramente lo deseamos.
 
Walter Engel 1952
 
*Este artículo aparece gracias a la colaboración de Fernando Herrera y Miguel Escobar.

 
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