Presentación
 
Alguien confundió a la rabodeají, por delgada, con un separador, y la emparedó entre las páginas de un ejemplar de El siglo de las luces. Allí la culebrita encontró epígrafes al inicio de algunos capítulos, y después, cuando se vio libre, comprobó que esas frases no eran aforismos convencionales sino títulos de pinturas de Goya. Perpleja pero curiosa, la rabodeají se lanzó, con deliciosa sinuosidad, a descubrir los guiños que se han cruzado entre la plástica y la literatura. Hoy por hoy nuestro reptil se solaza con el descubrimiento de una mujer ahogada en las páginas de cinco escritores, pero es seguro que en nuevas entregas alardeará con otros nombres.

  
Sir John Everett Millais (1829-1896);
Ophelia (1851-52); Tate Gallery, London.



La muerte de Ofelia
Considera Pedro Gómez Valderrama que Stendhal, por haber narrado con tan sorprendente prolijidad y contundencia, en La Cartuja de Parma, los hechos de la batalla de Waterloo, es el directo responsable de aquella estruendosa derrota de Napoleón. Y aunque esto parece alucinado, atendiendo a una sugestión borgiana puede llegarse a una explicación plausible de los hechos: si es verdad que bajo alguna escalera del mundo existe un Aleph donde todos los hechos de la historia ocurren en simultánea, habría que considerar que nuestras cronológicas percepciones y, por ende, clasificaciones pueden no ser más que ideas caprichosas y deleznables. Acaso Napoleón planificó la batalla, por alguna razón, según como ya la había visto, y su descalabro militar no fue otra cosa que la ratificación de un primer dogma: el relato de Stendhal. Y también podría pensarse, por ejemplo, que cuando Shakespeare relata por boca de la madre de Hamletel cuadro de la muerte de Ofelia, no hace otra cosa que inspirarse en el lienzo que John Everett Millais pintó, en la torpe cronología de los hombres, dos siglos y medio después. Porque, ¿cómo pensar que esa mujer ahogada, espiada por manojos de tímidas florecillas que se asoman a la orilla del agua, no es más que la simple puesta en escena de un libreto teatral? Shakespeare, es lógico, no pudo haber concebido ese magnífico gesto de entrega impotente que se expresa en los brazos de la Ofelia de Millais, perdida en una última mirada lánguida mientras comienza a ser arrastrada por la corriente suave de un arroyo limoso. Una estampa de esa índole no podía haber sido concebida para un insignificante mundillo de tablas y telones; Shakespeare, simplemente, tuvo la visión del cuadro de Millais. Otros Rimbaud, Silva, De Greiff y Vázquez Montalbán, de ingenio mucho más chato, emularon al creador de Hamlet, pero no dejaron a la adivinación lo que podía darles la visita al museo, y de ahí que sus ofelias muertas sean, a qué dudarlo, apenas tímidos retratos.

Sir John Everett Millais (1829-1896); Ophelia (1851-52); Tate Gallery, London.



Ofelia muerta según William Shakespeare
"Hay un sauce que crece a través de un arroyo, reflejando sus canosas hojas en el cristal de la corriente: allí llegó, con fantásticas guirnaldas de ranúnculos, ortigas, velloritas, y esas largas y purpúreas que los licenciosos pastores llaman con nombre más grosero, pero que nuestras castas doncellas llaman dedos de muerto. Allí, al trepar sobre las ramas salientes para colgar sus coronas de hierbas, un maligno mimbre se rompió, y sus trofeos vegetales y ella misma cayeron al lloroso arroyo: sus ropas se extendieron y la sostuvieron un rato a flote como una sirena, mientras ella cantaba trozos de viejas melodías, como inconsciente de su peligro, o como criatura natural y familiar en ese elemento, pero no pudo tardar mucho que sus vestidos, pesados de tanto beber, arrebataran a la pobre desgraciada de su canto melodioso a la fangosa muerte."

William Shakespeare, Hamlet, 4, VII (de la edición: R.B.A., Barcelona, 1994; pp. 78-79; traducción de José María Valverde)



Ofelia muerta según Manuel Vázquez Montalbán
"Más que ahogada es un alma sorprendida que consigue atravesar el espejo de las aguas (...). Everett Millais consiguió una modelo espléndida para su ahogada Ofelia, Elisabeth Siddal, poetisa y acuarelista, de cobre los cabellos, transparente la piel y con esas facciones tan delicadas que tienen algunas mujeres inglesas..."

Manuel Vázquez Montalbán, Cuarteto (de la edición: Alianza, Madrid, 1995. pp. 36-37)



Ofelia muerta según Arthur Rimbaud
 
Ofelia
"En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.
 
Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.
 
El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.
 
Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
mientras ella despierta, en el dormido aliso,
un nido del que surge un mínimo temblor...
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.
 
¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.
 
Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,
en tu mente traspuesta metió voces extrañas;
y es que tu corazón escuchaba el lamento
de la naturaleza-son de árboles y noches.
 
Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno de niña;
y es que un día de abril, un bello infante pálido,
un loco misterioso, a tus pies se sentó.
 
Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre loca!
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
Y el terrible infinito espantó tu ojo azul."

Arthur Rimbaud, Poesías completas, "Ofelia"(de la edición: Cátedra, Madrid, 1998; p. 221; traducción de Javier del Prado)



Ofelia muerta según José Asunción Silva
"Sentada ella en el piano, al vibrar bajo sus dedos nerviosos el teclado de marfil, se extendía en el aire dormido la música de Beethoven, y en la semioscuridad, evocada por las notas dolientes del nocturno y por una lectura de Hamlet, flotaba pálido y rubio, arrastrado por la melodía como por el agua pérfida del río homicida, el cadáver de Ofelia, Ofelia pálida y rubia, coronada de flores... el cadáver pálido y rubio coronado de flores, llevado por la corriente mansa..."

José Asunción Silva, Poesía completa. De sobremesa (de la edición: Norma / Casa de Poesía Silva, Bogotá, 1996; p. 318)



Ofelia muerta según León de Greiff
 
Ofelia
"Doncellas, doncellas
morenas y rubias;
miradas ardientes
y bocas lozanas,
ojos extraviados
y labios exangües...
Ofelia, la rubia
de ojos de esmeralda,
Ofelia,
la estrella más límpida,
la oveja más cándida!,
que murió, perfumando las ondas
pérfidas y glaucas!,
que regó sus pétalos
sonrosados y tibios,
las indolentes aguas...,
que tronchó con sus manos inánimes
los juncos y ramas,
y bendijo las linfas
con la albura del cuerpo,
con la albura del alma...!:
Ofelia la blonda,
Ofelia la pálida,
murió de silencio,
con las alas abiertas, los ojos
abiertos, la pupila extática,
mirando en las nubes
la amarga,
la amarga silueta del príncipe loco...
Murió de silencio
la cándida,
la cándida y rubia doncella
de ojos de esmeralda..."

León de Greiff, Tergiversaciones, "Ofelia"(fragmento). (Bogotá, 1925 sin datos de editorial; p. 73)



Ofelia muerta según Giovanni Quessep
 
Un verso griego para Ofelia

 
La tarde en que yo supe de tu muerte
fue la más pura del verano, estaban
los almendros crecidos hasta el cielo,
y el telar se detuvo en el noveno
color del arco iris. ¿Cómo era
su movimiento por la blanca orilla?
¿Cómo tejió tu vuelo de ese hilo
que daba casi el nombre del destino?
 
Sólo las nubes en la luz decían
la escritura de todos, la balada
de quien ha visto un reino y otro reino
y se queda en la fábula. Llevaron
tu cuerpo como nieve entre la rama
de polvo que ya ha oído el canto y guarda
la paz del ruiseñor de los sepulcros.
 
Cerré la verja del jardín, las altas
ventanas del castillo. Apenas quise
dejar entrar el trovador que hacía
agua y laúd y flor de madera.
Dijo su canto: el tiempo ha destejido
lo que tejió el Señor, tapiz de plata
que ya sucede y anda por la luna,
tapiz que a la madeja vuelve. Sola
podrás hallar la forma que te espera.
 
No sé qué azul de pronto estuvo solo,
no sé cuál bosque dio a la luna amarga
su sortilegio, el girasol hallado
bajo la nieve en viajes que recuerdan
las claras aguas del Mediterráneo.
La tarde en que yo supe que te ibas
fue la más pura de la muerte: estabas
en mi memoria hablándome, olvidada
entre las azucenas y un verso
de san Juan de la Cruz. Qué cielo había,
qué mano hilaba lenta, qué canciones
traían el dolor, la maravilla
que se asombra de ser en esa hora
en que estalló la luna en los almendros
y quemó los jazmines. Tu venías
por el lado del mar donde se oye
una canción, tal vez de alguna ahogada
virgen como tus pasos en la tierra.
 
Luego te fuiste por mi alma, reina
de fábulas antiguas y de polvo
semejante a las naves que sembraron
de sándalo y de cedro el mar de vino.
Sola te ibas, bella y en silencio,
bella como la piedra; había en tu hombro
un violín apagado. Los almendros
del patio y los jazmines anunciaban
una tormenta de verano. El cielo
quebró el espejo de mi casa y honda
sonó la muerte en el aljibe. Estuve
así, perdido en esa zarza ardiente
que en la memoria oculta a los que amamos.
Vestí de luto azul y quedé solo
 
en vísperas del día más extenso.
 
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