Hay oficios vagos
que difícilmente podrían concebirse; oficios que,
más allá de la utilidad prestada, importan por
la conmemoración folclórica o artística
que hacen de actividades tradicionales cuya permanencia pide
no ya el pragmatismo de la vida cotidiana sino, simple y llanamente,
el sentimentalismo. Me refiero a los pregoneros de buses, los
llamadores de taxis y los buscadores de libros que en la ciudad
de Medellín han organizado reconocidos bastiones.
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![ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]](../library/images/imgChronicle1.gif) |
![ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]](../library/images/imgChronicle2a.jpg)
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El pregonero de buses, que recita
a pulmón lleno los nombres que cualquiera puede leer
en la tabla indicadora de la ruta, recuerda, de algún
modo, las herrumbrosas planchas para llenar de carbón
que adornan las casas donde, por supuesto, el ama de casa ya
ha introducido, para el cuidado de la ropa, aerodinámicos
adminículos. Mientras los pasajeros abordan el vehículo
que ya han tomado cientos de veces, el pregonero, prendido a
una suerte de asa que sobresale junto a la puerta, se desgañita
en la más elemental de las informaciones: "¡Centro!
¡centro!"; quizás el bus llegue hasta recónditos
barrios y enmarañadas urbanizaciones, pero nuestro oficioso
alborotador se empecina en anunciar el único lugar que,
por obvio, no habría por qué mencionar, el vertedero
de todos los viajes metropolitanos: "¡Centro! ¡centro!".
Acabada la función, ufano por el minúsculo pasajero
entre cincuenta que se ha orientado gracias a sus bramidos,
el pregonero estira la mano hacia el chofer y le exige su participación.
Y es que el sol golpea implacable, y el nuevo bus acosa ya en
el otro extremo del paradero. |
| El llamador de taxis, por su parte,
condesciende a hacer gala de sus capacidades atléticas,
corriendo de aquí para allá y enarbolando un trapo
rojo a la salida de centros comerciales. Lo suyo no tiene nada
que ver con la rutina pasiva de un voceador de rutas; el llamador,
temerario, se arrojará a la calle en medio de un cambio
de semáforo en caso de necesidad. Astuto, ha comprendido
que los compradores de hornos y televisores no pueden, en razón
de las cajas que los agobian, realizar la simple operación
de estirar la mano para llamar un taxi, y él ha decidido
arrogarse esa tarea, la cual ha refinado con todos los aspavientos
posibles: grita, agita su dulceabrigo, se lanza en carrera,
se prende de las portezuelas, se devuelve, ayuda a cargar fardos,
sostiene la puerta mientras entran las matronas, pasa el trapo
por el capó del taxi mientras el pasajero busca la propina
entre la calderilla sobrante y, de ser posible, hasta discutiría
el valor último de la carrera. Hay en él la bonachonería
del arriero, aunque con la alcurnia que le dan sus precisos
gestos de acomodador. |
![ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]](../library/images/imgChronicle3a.gif)
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Finalmente está el buscador de libros,
a medias entre el comedimiento y la picardía: lo suyo
es la intermediación, el testaferrato. A las puertas
de los grandes comercios populares de libros, el buscador
ha dispuesto su insignificante gabinete: una caja de cartón
que hace las veces de mesa para cinco o seis ejemplares de
editorial clandestina de los libros más vendidos en
la comarca. Pero esa es apenas la cortina de sus verdaderas
labores: activo, el buscador pregunta a cada uno de los transeúntes
por el libro que necesita, haciendo caso omiso de la poca
probabilidad que su mesa tendría de satisfacer el más
mínimo anhelo. Recibido un pedido, el buscador abandona
su oficina que
dejará al cuidado de algún cigarrero
y se aventura en la diligencia. Camina dos pasos y se introduce
en el gran comercio popular, del que saldrá luego,
ufano y cicatero, con el libro pedido. El cliente, entonces,
pagará el libro al precio exorbitante de mil reventas
acumuladas, y todo por ahorrarse un par de pasos. Pero ahí
está, justamente, el arte del buscador: ha convencido
a su presa de que los negocios, ante todo, deben celebrarse
con representación.
Pregonero, acomodador y apoderado: más que oficios,
papeles de una obra de reparto interminable y con todas las
localidades vendidas. El rebusque,
que llaman.
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| Juan Carlos Orrego: Antropólgo
y cuentista. Su libro "Cuentos que he querido escirbir"
fue publicado por el Fondo Editoril Eafit, 1999. Colaborador
de la Revista Universidad de Antioquia. |
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