por Juan Carlos Orrego
 
Hay oficios vagos que difícilmente podrían concebirse; oficios que, más allá de la utilidad prestada, importan por la conmemoración folclórica o artística que hacen de actividades tradicionales cuya permanencia pide no ya el pragmatismo de la vida cotidiana sino, simple y llanamente, el sentimentalismo. Me refiero a los pregoneros de buses, los llamadores de taxis y los buscadores de libros que en la ciudad de Medellín han organizado reconocidos bastiones.
ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]
ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]
El pregonero de buses, que recita a pulmón lleno los nombres que cualquiera puede leer en la tabla indicadora de la ruta, recuerda, de algún modo, las herrumbrosas planchas para llenar de carbón que adornan las casas donde, por supuesto, el ama de casa ya ha introducido, para el cuidado de la ropa, aerodinámicos adminículos. Mientras los pasajeros abordan el vehículo que ya han tomado cientos de veces, el pregonero, prendido a una suerte de asa que sobresale junto a la puerta, se desgañita en la más elemental de las informaciones: "¡Centro! ¡centro!"; quizás el bus llegue hasta recónditos barrios y enmarañadas urbanizaciones, pero nuestro oficioso alborotador se empecina en anunciar el único lugar que, por obvio, no habría por qué mencionar, el vertedero de todos los viajes metropolitanos: "¡Centro! ¡centro!". Acabada la función, ufano por el minúsculo pasajero entre cincuenta que se ha orientado gracias a sus bramidos, el pregonero estira la mano hacia el chofer y le exige su participación. Y es que el sol golpea implacable, y el nuevo bus acosa ya en el otro extremo del paradero.
El llamador de taxis, por su parte, condesciende a hacer gala de sus capacidades atléticas, corriendo de aquí para allá y enarbolando un trapo rojo a la salida de centros comerciales. Lo suyo no tiene nada que ver con la rutina pasiva de un voceador de rutas; el llamador, temerario, se arrojará a la calle en medio de un cambio de semáforo en caso de necesidad. Astuto, ha comprendido que los compradores de hornos y televisores no pueden, en razón de las cajas que los agobian, realizar la simple operación de estirar la mano para llamar un taxi, y él ha decidido arrogarse esa tarea, la cual ha refinado con todos los aspavientos posibles: grita, agita su dulceabrigo, se lanza en carrera, se prende de las portezuelas, se devuelve, ayuda a cargar fardos, sostiene la puerta mientras entran las matronas, pasa el trapo por el capó del taxi mientras el pasajero busca la propina entre la calderilla sobrante y, de ser posible, hasta discutiría el valor último de la carrera. Hay en él la bonachonería del arriero, aunque con la alcurnia que le dan sus precisos gestos de acomodador. ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]

Finalmente está el buscador de libros, a medias entre el comedimiento y la picardía: lo suyo es la intermediación, el testaferrato. A las puertas de los grandes comercios populares de libros, el buscador ha dispuesto su insignificante gabinete: una caja de cartón que hace las veces de mesa para cinco o seis ejemplares de editorial clandestina de los libros más vendidos en la comarca. Pero esa es apenas la cortina de sus verdaderas labores: activo, el buscador pregunta a cada uno de los transeúntes por el libro que necesita, haciendo caso omiso de la poca probabilidad que su mesa tendría de satisfacer el más mínimo anhelo. Recibido un pedido, el buscador abandona su oficina que dejará al cuidado de algún cigarrero y se aventura en la diligencia. Camina dos pasos y se introduce en el gran comercio popular, del que saldrá luego, ufano y cicatero, con el libro pedido. El cliente, entonces, pagará el libro al precio exorbitante de mil reventas acumuladas, y todo por ahorrarse un par de pasos. Pero ahí está, justamente, el arte del buscador: ha convencido a su presa de que los negocios, ante todo, deben celebrarse con representación.
Pregonero, acomodador y apoderado: más que oficios, papeles de una obra de reparto interminable y con todas las localidades vendidas. El rebusque, que llaman.
 

ilustración [ Jaime Andrés Ramírez ]

Juan Carlos Orrego: Antropólgo y cuentista. Su libro "Cuentos que he querido escirbir" fue publicado por el Fondo Editoril Eafit, 1999. Colaborador de la Revista Universidad de Antioquia.
 
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