Frente a la casa de Luisa hay un niño que juega solo. Lanza piedrecillas con la intención de embocarlas entre una horqueta que forman las ramas de un árbol. Si acierta antes de tres tiros será una señal. Querrá decir que las fuerzas del universo se conjugan a mi favor y que debo tomar la decisión. Si veo la piedra atravesar la meta como si fuera un gol, voy a cruzar la calle, tocaré la puerta de Luisa y, por fin, le voy a entregar la carta. No sé qué haré después. Quizá salga huyendo. Puede que la enfrente. En todo caso no le contaré que esta carta la tengo escrita hace varias semanas y que no se la había dado por eso de las señales que no aparecían: la vecina gorda que sale a pasear su French Poodle todos los días a la misma hora no llevaba zapatos negros, nadie había pateado la lata de cerveza vacía que llevaba media hora tirada en la calle, en fin, señales que me indicarían que todo saldría bien. ilustración [ Archy ]

 
Al niño le queda una última oportunidad. Trato de mantenerme imparcial, de no forzar el equilibrio de lo que tiene que suceder. Entonces siento el saludo, el manotazo en la espalda y desvío mi atención de él. Óscar me saluda con un gesto y me hala del brazo.
 
Vamos.
 
Intento protestar y no hago más que soltar unas cuantas quejas ahogadas. Doy un último vistazo al niño, que ya cambió de juego.
 
Óscar es mi mejor amigo. Juega bien fútbol, es más alto que yo y le va mejor con las mujeres. Él se tiene confianza, seguro que no espera señales para tomar decisiones. Es un año mayor que yo y tiene mucha experiencia. En el colegio yo puedo participar en conversaciones de especialistas y opinar sobre cosas que nunca he hecho porque él me mantiene informado.
 
Ya ha tenido un montón de novias y me cuenta con detalles las cosas que les hace. Comenta por ejemplo que la hermana de Tato, uno que vive cerca, está buena pero no sabe besar.
 
No utiliza la lengua y acomoda la boca de una forma en que los dientes estorban. A veces parece uno espadeando. Pero yo le voy a enseñar...
 
Y esto a mí me impresiona mucho, porque la hermana de Tato tiene casi quince y se ve muy experimentada. Yo no hubiera sido capaz ni siquiera de hablarle. Si me hubieran dejado solo con ella en un salón vacío, habría permanecido en silencio todo el tiempo, temblando y sudando frío. Pero Óscar la abraza con confianza y a veces, cuando está reunida con sus amigas, la toma del brazo y se la lleva aparte. Entonces se dan unos besos impresionantes, pasa el tiempo y ellos no parecen acordarse de respirar. Después, con indiferencia, Óscar se aparta de ella, la envía de nuevo donde sus amigas y viene hacia mí, que lo espero casi invisible a una distancia prudente, para que nos vamos a andar por ahí. A cualquier parte.
 
No hay que perder el tiempo con esa clase mujeres me dice refiriéndose a Luisa. Son muy bonitas pero no dan nada.
 
Pero es que... voy a decir que yo no quiero que me den nada. Pero decir eso es como confesar que soy marica.
 
Déjese guiar, que yo sé cómo hay que hacer la cosas me pone una mano en el hombro y me encamina por una calle que se va empinando poco a poco.
 
¿A dónde vamos?
 
A las mujeres hay que buscarlas con tetas grandes. Y a esa Luisita le falta desarrollarse todavía mucho.
... me da rabia oír hablar de ella así, pero no me atrevo a decir nada. ¿A dónde vamos?
Vamos donde unas amigas buenísimas que tengo. Ésas sí son jugosas.
 
Salimos del barrio y caminamos un buen rato. El paisaje cambia a medida que nos alejamos. Ya no vemos edificios de apartamentos, casas y jardines como los nuestros. Nos encontramos con edificios de apartamentos, casas y jardines que parecen malas imitaciones de los nuestros.
 
No es que este lugar resulte temible o algo así. Es que todo se ve un poco menos bonito: la gente, los carros, las casas. Bueno, la gente no, al menos no las amigas de Óscar, que nos reciben saludándonos con un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Todas estan buenas y se empeñan en mostrarlo. Usan peinados arriesgados, tacones altos y tienen las uñas largas y pintadas con colores fuertes. No creo que ninguna tenga más de dieciséis, pero lucen tan mujeres que me siento colándome en una fiesta de mayores. Son tres y no podría decir cuál tiene un cuerpo mejor. Está bien, sí puedo decirlo: la de Óscar.
 
Ponen la música muy alto y aun así sólo podemos opacar en parte el ruido que viene de afuera, de las bocas de las vecinas que hablan a los gritos y de las músicas que se escapan, fuertísimas ellas también, de los balcones y ventanas de las otras casas. En mi barrio los únicos que hacen eso son los mafiosos de la esquina de mármol.
 
¿Quién quiere cerveza? pregunta la de Óscar y, como nadie dice que no, terminamos todos con una botella en la mano.
 
Óscar habla fuerte y todas ríen. Corrijo: todos reímos, porque después de la tercera cerveza empiezo a sentirme muy alegre, con ganas de soltar carcajadas a los cuatro vientos. Y por eso no me da vergüenza entrar en la conversación. El grupo se reparte rápido. Óscar y su mujer colonizan un rincón del salón, y yo quedo con las otras dos: Cindy y Marleny. Marleny no me presta mucha atención, bebe millones de cervezas durante los primeros veinte minutos que estamos allí y de ahí en adelante nos ignora. Después se va al balcón un rato a fumar, a beber y a llorar a solas.
 
Es que hace un mes le mataron al novio me explica Cindy, que es bastante simpática conmigo.
 
Ahhh... es la única respuesta que se me ocurre.
 
Era un primo suyo, que vivía allí al frente, sobre la panadería. Estaba con ella cuando fueron por él. Le dieron cinco tiros y él se le desangró en las piernas, en un taxi, cuando iban para la policlínica.

Ahhh... repito con énfasis. No sé qué cara poner, pero el tono de voz de Cindy resulta tan natural y su forma de mirarme tan cálida que me siento como si me estuviera contando un cuento de hadas antes de mandarme a la cama.
 
Óscar y la suya evidentemente no hablan de Marleny. Evidentemente no hablan de nada. Ya no bailan y apenas se balancean al ritmo de la música mientras se besan de forma salvaje y él le entierra las uñas en las nalgas, que están atrapadas en unos pantalones muy ajustados. Ni siquiera se inmutan cuando Marleny grita.
 
Ahhhhh, ahhhh son sus dos alaridos superpuestos que le roban durante un segundo el protagonismo a la música. Después arroja un cenicero hacia el vacío en la calle. Puedo seguirlo en cámara lenta hasta que se lo traga la oscuridad. Me asusto tanto que estoy a punto de salir corriendo, pero creo que el temblor frío que se me aloja en el pecho me paraliza.
  
Ya vengo Cindy me toca con cariño la rodilla para tranquilizarme y va donde su amiga. Yo estoy tan confundido que ni siquiera tengo una erección al sentir el contacto de su mano con mi pierna, y eso es mucho decir, porque un detalle como ése jamás se me hubiera escapado.
Pasan unos minutos en el balcón, comparten un cigarrillo, se abrazan y vienen hacia el sofá donde yo estoy sentado. Me paro y le abro espacio a Marleny para que se acueste. Murmura una frases incoherentes y se queda dormida de inmediato. Mientras tanto, Óscar y su amiga han desaparecido por un corredor que se vuelve muy oscuro después de unos metros.
 
Cindy y yo quedamos de pie, frente a frente. Ella toma la iniciativa.
 
Estamos solos concluye, y yo pienso en decir algo de Marleny, que empieza a roncar, pero cambio de opinión.
Ajá.
¿Bailamos?
 
¿Bailar o no bailar? ¿Sé bailar? Pues la respuesta es un gigantesco, apoteósico y lleno de orgullo "sí". Porque ése ha sido uno de los grandes logros de mi vida, apenas comparable al aumento de mi nivel futbolístico y la particular elegancia que ha tomado mi forma de ganar la última línea para lanzar atrás el pase de la muerte y dejar que los delanteros hagan su trabajo. Sin embargo, fue un proceso complicado.
 

ilustración [ Archy ]

Explicación uno. Mis primeras lecciones las tuve con unas tías solteronas, hermanas de mi papá, que en las fiestas de la familia se dedicaban a enseñarnos a sus sobrinos cómo bailar. No había manera de resistirse, aunque eso nos pareciera cosa de viejos, niñas y mariquitas. Antes de poder reaccionar se estaba metido en una lección de un, dos, un, dos, tres, cuatro, en medio de una mezcla de olores a vieja, maquillaje y música gangosa. Pero en el fondo fue útil. Ahí aprendí la mecánica del asunto.
 
Explicación dos: Las tías me prepararon, pero no tuvieron el enfoque adecuado. Sus bailes y su música no tienen nada que ver con lo de ahora. Yo no podía bailar con nadie empleando los pasos que me enseñaron. Así que Óscar tuvo que ayudarme.
 
Si yo te enseño, vas a ser el segundo mejor bailarín de la ciudad.
 
Él, que se autodenomina un experto, me explicó los secretos un día que su casa estaba sola. Bailaba con una mujer imaginaria, y mientras me explicaba, también presumía de su conocimiento de los diferentes estilos. Yo prestaba atención e intentaba repetirlos, pero los pies y la cadera perdían la obediencia por momentos. Como había algunos pasos que me costaba entender y él veía peligrar su imagen de maestro, tomó medidas drásticas.
 
Yo te enseño a bailar, cueste lo que cueste. Pero si alguien más llega a saber lo que pasó acá, te voy a tumbar todos los dientes.
 
Cerró las cortinas, me tómo una mano, apoyó la otra en mi cintura y bailamos. De verdad que lo hacía bien. Dejándome llevar comprendí que no se trataba de un conteo mecánico. Era un entregarse, dejarse ir mientras el ritmo hacía con los cuerpos lo que le diera la gana. Aprendí porque, todo hay que decirlo, Óscar es un gran maestro. Pero no voy hablar mucho del asunto, él podría enterarse y ya sé cómo es cuando se enoja.
 
Lo importante es que puedo responderle a Cindy y bailar abrazado a ella ignorando los ronquidos de Marleny y los gemidos que aumentan desde el fondo de alguna habitación. Cindy me dice, susurrándome al oído, que tiene dieciséis. Yo invento que tengo quince.
 
Entonces soy una corruptora de menores.
Pues la verdad, hasta el momento, no me ha hecho nada, pero la sola cercanía y la mención de la palabra que implica que puede haber algo de corrupción me aumenta la masa entre las piernas.
 
No entiendo muy bien lo que estoy diciendo en este mismo instante, porque las cervezas me pusieron hablador y desmemoriado a la vez. Le digo todo lo que se me viene a la cabeza y ella se ríe y dice "qué tierno" una y otra vez. Yo no he terminado una frase y ya se me ha olvidado lo que quería contar. Entonces me embarco en la siguiente avalancha de palabras mientras dejo que Cindy se apriete más y más contra mí. Todo esto sin perder el ritmo.
 
Acerca su cara a la mía y me besa con delicadeza. Ahí sí pierdo el ritmo. Entonces nos quedamos parados, abrazados, durante siglos. Sus labios carnosos encajan a la perfección con los míos y no me parece difícil hacer lo que he escuchado y visto que se debe hacer. De repente me veo a mí mismo de afuera y me siento como alguien mayor. No voy a decir que es el cielo, porque me cuesta manejar el sabor a cigarrillo que hay en su boca. Pero estoy feliz, demasiado feliz. Tanto que aguanto heroicamente las ganas de ir al baño por miedo a que las cosas cambien mientras no estoy presente.
ilustración [ Archy ]

 
Es que nunca había hecho esto... ahí están las cervezas traicioneras y mi bocota. Qué tierno me interrumpe ella de manera apenas audible y sigue besándome.
 
Se ríe cuando le pregunto dónde estudia. Me dice que ésas son cosas muy difíciles de explicar. En realidad no pregunto mucho, porque me desarma diciéndome "bonito". Me llama "bonito", a mí que siempre miro demasiado a la gente para encontrarle los defectos, me llama "bonito" a mí, a quien nadie nunca le había dicho algo parecido, me llama "bonito" a mí, que jamás se me ocurriría que a alguien con una nariz de Pinocho como la mía se le podría llamar "bonito". A Cindy la veo en este momento, a pesar de que no es tan delicada como Luisa, pronuncia mal algunas palabras y mis compañeros de La Salle hubieran hecho chistes sucios sobre su ropa, como la mujer más bonita del universo. Al menos por esta noche.
 
Me contó que vivía sola con su mamá y que la casa estaba libre hoy porque ella había salido con un nuevo novio. Por eso me asusto cuando veo a la niña, casi una bebé, en el corredor, con cara de dormida y una sábana pequeña colgándole de la mano hasta arrastrarse en el suelo. Cindy nota mi reacción.
 
¡Ay no!, se despertó va hacia ella y la carga. Le dice palabras dulces a manera de arrullo y le da unos besitos en los cachetes. Es mi sobrinita. Mi hermana la deja acá para que se la cuidemos.
 
En ese momento Óscar regresa con su pareja de alguna parte al fondo de la casa y prácticamente me empuja a la salida. Cindy le entrega la niña a la amiga de Óscar, que la hace desaparecer de nuestra vista. Nos damos un beso corto en los labios, me llama "bonito" una vez más y Óscar me saca arrastrado a la calle.
 
¿Te dejó contento la Cindy? me pregunta mientras orinamos contra la pared de una fábrica en una calle vacía y oscura.
Sí.
Es buena persona, a mí también me dejó contento alguna vez. Pero ese rollo de la hijita y todo eso...
¿?
Las que han tenido hijos son buenas porque ya saben cómo es la cosa en la cama...
¿No tiene una hermana?
 
Cuando el eco de su carcajada se agota, seguimos caminando en silencio. Algunas cuadras más adelante veo una rata sobre un montón de basura, me detengo, agarro un pedazo de ladrillo y le apunto. Si le doy, mañana le entrego la carta a Luisa.
 
ArtesCocinolCrónicaCuentoDeportesEditorialEntrevistaEróticaLibros
OpiniónPoesíaPortadas Célebres
HomeMapaContacto

 

Rabodeaji.com 2001 ®
Todos los Derechos Reservados