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Después de un año campeando
por los breñales de la enmarañada red, Rabodeají
cumple un año de nacida. Cuatro mudas de piel le han
sucedido ya, después de abandonar su patria chica en
el sector de Prado, cuando era apenas un cachorro de serpentario.
El nombre surgió de una escogencia tortuosa, pero acaso
más entretenida que la de un título para niño
o niña, pues no había restricción de
género, ni número, ni pudores, ni riesgos de
sobrenombre...
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Y fue así como "Rabo", en
realidad, llegó a alcanzar el acierto de su bautizo.
Después vino la escogencia de las secciones, los descartes,
los Cuales, las modificaciones y, en general, todo tipo de
planes e imaginaciones. Quizás, Rabodeají es
una disidencia realista fraguada secretamente, a traición,
en nuestro cúmulo de fantasías. El internet,
sin duda, ha permitido que se reduzcan los gastos que otras
generaciones han invertido en papel y tinta. Así pues,
Rabodeají llegó a poner los pies sobre la tierra,
si ello es lícito decirse de los ofidios. Y cumplido
un año se avienen las preguntas de lo que se aviene.
Algunos han sugerido darle un vuelco total a la revista y
hacer lo que debió ser desde un principio: una revista
pornográfica llamada "Rabo & Pipí",
poniendo por encima lo del entretenimiento y dejando a Ricardo
Peña lo literario. Y es que cuatro es un número
que, para gente como nosotros, es el equivalente a diez, cien
o mil, según la posición del sol; cuatro es
el número más redondo que pudiera alcanzar revista
alguna. Lo más probable es que venga un cambio, una
muda de Bermudo, todavía no se sabe, pero algo nuevo.
Rabodeají se ha negado a conseguir publicidad, por
pereza de tener que negociar con agiotistas o entenderse con
secretarias. Por fortuna, los votos de pobreza, en tanto que
voluntarios, son fuente de placer. Así que, desocupados
lectores, estén atentos, pero no acosen que no somos
cohete sino serpiente.
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