por Juan Diego Mejía
 

Sobre Primero estaba el mar presentamos un texto de Juan Diego Mejía, leído por él mismo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en mayo del 2001.
 
Acerca de Primero estaba el mar

Después de varios años de haber conocido Primero estaba el mar, ahora tengo la oportunidad de hablar de esta novela editada recientemente por Norma y decir en voz alta por qué me gusta tanto y por qué no he podido olvidarla a pesar del tiempo.
 

Pienso en las razones que tuvieron Jota y Elena para dejar la ciudad y montar en un bus una caja llena de libros, una máquina de coser y algo de ropa. No son dos jóvenes revolucionarios cargados de marxismo que llegan a la costa antioqueña a adoctrinar al pueblo. Ni siquiera se puede decir que son dos jovencitos sino dos personas que se han llenado de motivos para desconfiar de la cultura urbana y se echan a rodar por una pendiente plácida, llena de sol, árboles inmensos, gente elemental y sobre todo, mar. Son dos que se cansaron de su vida anterior en ese Envigado lleno de diletantes y gotereros. Jota y Elena me gustan por valientes, acerquémonos más a ellos y veámoslos de frente y al sol.

Elena está unida a Jota por una coincidencia de amarguras y desprecios. Ella se encarga del aseo y del orden en la casa, a su manera disfruta esa aventura pero no llega a la región dispuesta a ser la muchacha más popular. Desde el principio, cuando un negrito le deja caer al suelo la máquina de coser se muestra como es: "Quiubo hermano, pilas con la máquina". Elena no es la madre Laura que llega con su séquito de monjas a salvar a los indiecitos, es la concubina de Jota, sensual cuando se le olvida que quiere mostrarse amarga, valiente y solidaria con su hombre. Y Jota no es el colono poderoso que domestica a la selva y reina por el resto de sus días en la hacienda próspera. Jota no es colono ni es poderoso, es sólo un hombre de más de treinta años que no pudo con la vida real de su Envigado competitivo y excluyente. Jota huye montado en un bus hacia Urabá al lado de una bella y fuerte mujer a la que nunca le dice palabras de amor. Jota le dice hermana, y Elena lo llama hermano, así y todo se van a vivir los dos solos frente al mar.
 
Jota y Elena llegan a una región más allá de Turbo, cercana a la selva de Acandí. Elena no pisa la pegajosa red que siempre atrapa a la gente que huye de la ciudad para irse a escuchar las olas del mar, a sentir el viento en la cara, a dejarse mojar por la lluvia de las tormentas, nada de eso, ella empieza a limpiar todo y a botar basura desde el primer instante de su vida en la zona. Pero Jota sí quiere saborear el aire salitroso, no le importa mucho si la casa está limpia y organizada, le interesa una alegría que estalla dentro de su cuerpo al contacto con ese universo tan nuevo y agreste que va a ser su tierra para siempre. A Jota le atrae un cementerio en una pequeña montaña frente a la inmensidad del mar. A Elena le gusta broncearse en su playa que un día delimita con una cerca.
 
El territorio de esta novela hoy ya debe estar ocupado por algún ejército de alguna causa de esta Colombia cruel. Pero entonces estaba ocupado por Jota y Elena, en él querían encontrar descanso y olvidar el pasado. Jota empezó a olvidar y a buscar desde el principio de su nueva historia y lo hizo en los potreros que recorría, en los montes llenos de árboles gigantescos que juraba no tumbar, en la muchas botellas de aguardiente que se tomaba en silencio, sintiendo el sonido del mar en las noches, en la piel de otras mujeres menos sensuales que Elena, menos inteligentes y menos feroces que ella.
 
Jota no encuentra ni olvida. Entonces destapa más botellas de aguardiente y busca en el aire fantasmas que le hablan. Los busca en la selva, a veces se le aparecen en los caminos o en los sueños. Elena sabe que pierde a Jota y no puede hacer nada para impedirlo. Entonces el hombre se queda solo enfrentando su búsqueda y encuentra el destino que la vida le tenía reservado por haber huido. Todavía me duelen Jota y Elena, y me pregunto si algún día podré olvidarlos. Creo que no, ojalá que no.
 
En la historia de Jota y Elena hay vida y eso es algo fundamental en las novelas, porque la buena literatura debe mostrar sin moralismos rasgos ocultos del ser humano, señales que estimulen al lector a vivir y a entender más la naturaleza del hombre. Así son las novelas de los escritores que logran una voz propia a pesar de que se trate de una de sus primeras obras.
 
Lo que entusiasma de un escritor como Tomás González es comprobar que lo que logró en Primero estaba el mar se desarrolla en su obra posterior. Novelas como Para antes del olvido y la más reciente La historia de Horacio, muestran a un hombre comprometido con su estética, apartado de las modas que le podrían garantizar éxito momentáneo en las librerías, protagonismo en los cocteles del tercer mundo, club de admiradoras y todo eso que a otros les gusta tanto y que terminan confundiendo con el oficio. Las novelas y los cuentos de Tomás se leen con placer y con un taco en la garganta, es inevitable que amemos a sus personajes y en algún momento deseemos derrumbarnos con ellos. Eso sentí en las novelas mencionadas y en los cuentos del Rey del Honka Monka. A propósito de este libro publicado hace algún tiempo por la editorial de la Universidad Pontificia Bolivariana, recuerdo con afecto a ese personaje que lleva dos vidas, viejo sueño de hombres y mujeres que se quieren saltar la cerca de su parcela y vagabundear por otras veredas más ajenas, más misteriosas, más oscuras, más seductoras, sin quemar las naves para el regreso. Creo que el Rey del Honka Monka es otra metáfora de nuestro tiempo que ratifica la calidad literaria de Tomás y consolida su propio universo.
 
Qué tienen estas historias que nos hacen estremecer cuando las leemos? Yo creo que tienen vida y oficio, vida para contar y oficio para hacerlo con precisión, sin retórica, con brochazos finos. La temperatura de su obra está más cerca de la generación de escritores nacidos después de 1950 que de los anteriores, sus personajes son seres que a pesar de vivir o haber nacido en Envigado tienen un cordón de oro que los une con el resto del mundo. Por eso el narrador no se tiene que desgastar en descripciones decimonónicas en las que había que contarlo todo, sino que confía en los códigos universales que le permiten apenas insinuar lo que en la mente del lector se convierte en un escenario rico en detalles. La literatura de Tomás González se mueve por territorios similares a los de los escritores de la que ahora el manizalita Orlando Mejía Rivera llama Generación Mutante, que agrupa a aquellos que se identifican con la segunda mitad del siglo XX, admiran y respetan a García Márquez pero hacen una cruz con los brazos para pedir protección ante su influencia demoledora. Esta generación mutante empieza a dejar su timidez y poco a poco muestra su cara al país. Cuando se habla de ella aparecen nombres como los vallecaucanos, conversadores y bailadores nocturnos, buscadores de temas de novela negra como Alberto Esquivel, Julio César Londoño, Boris Salazar, Germán Cuervo, Harold Kremer, Fabio Martínez o los caldenses, refinados pero también bailadores, Octavio Escobar, Orlando Mejía, los bogotanos Evelio Rosero, Enrique Serrano, Hugo Chaparro, Laura Restrepo, los antioqueños Juan José Hoyos, Iván Hernández, José Libardo Porras, Luis Fernando Macías, Víctor Gaviria, Javier Echeverri, Orlando Gallo y muchos otros a los que se les une el nombre de Tomás González.
 
Ser parte de una generación no significa alinearse en torno de un manifiesto ni vestirse de cierta manera ni tener que escribir sobre los mismos temas. No implica pensar igual, es sólo una referencia para los lectores y sobre todo para los escritores involucrados que al mirar a su alrededor encuentran que hay otros que recorren caminos similares. A la Generación Mutante le tocó pasar de la euforia de la izquierda en los setentas a la bancarrota ideológica de la revolución. Su trabajo se desarrolla en medio del amargo sabor de un país que se consume en brasas y la convicción de que su oficio no va a mejorar la vida material de la población. También sabe esta generación que ninguno de sus nombres brilla tanto como el de García Márquez y también acepta esta condición de escribir en medio de cierto anonimato saludable. Por eso estos nuevos escritores que se mencionan suenan desconocidos, como si se tratara del llamado a lista de un salón de clases cualquiera en un colegio cualquiera, en un pueblo cualquiera de Colombia. No hay estrellas fulgurantes, todavía no hay obras descomunales. Ellos trabajan por el simple placer de escribir sin pedir nada a cambio. Por eso creo que Tomás hace parte de esta banda de mutantes y así quiero saludar la presencia de su obra en Colombia. Celebramos su regreso aunque no sea definitivo y mañana esté de nuevo trotando por las calles de Manhattan, o encerrado en su casa escribiendo y pensando en su Envigado de luz brillante, heladerías en el parque y serenateros pobres.
 
Me alegra haber podido contarles por qué me gusta la literatura de Tomás González, por qué me gusta su postura frente a la vida, alejado de los círculos de aduladores, ajeno a las maniobras de corto vuelo de los intelectuales que se desviven porque les reconozcan su genio. También me alegra saber que Colombia tiene escritores como él, dedicados en silencio a construir una obra.
 
10 de mayo, 2001.
 
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