El especial erótico que se inaugura en el presente número de rabodeaji no tendrá, por cierto, variadas posiciones ni complejísimas gimnasias amatorias traídas de Oriente. Evitará igualmente la turbulencia y el tráfago de las orgías, y no querrá arrimar siquiera al escandaloso alboroto de la zoofilia o al silencio aterrador de quienes pretenden amar cuando ya no es tiempo. Lo nuestro será la sencillez, nada de aparatos que recuerden épocas de verdugos y torturas, y nada de novedosos electrodomésticos del placer. Las manos y la imaginación serán en este caso los únicos instrumentos... Y las palabras, por supuesto.
Va entonces este pequeño elogio del onanismo según Proust, Joyce y Twain.

 


Sueños
Por Marcel Proust
 
(...)Apagaba, me volvía a dormir. Algunas veces, como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía de una mala postura de mi pierna; surgida del placer que yo estaba a punto de disfrutar, me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo que sentía en ella mi propio calor quería unirse a ella, y yo me despertaba. Los demás mortales se me antojaban como algo muy remoto comparados con aquella mujer a la que acababa de dejar, aún tenía la mejilla caliente por sus besos, el cuerpo derrengado por el peso de su cuerpo. Poco a poco se desvanecía el recuerdo, y había olvidado la muchacha de mi sueño con la misma celeridad que si hubiese sido una verdadera amante. (...)

ilustración [ Juan F. Vélez ]
ilustración [ Juan F. Vélez ]
(...)Las sensaciones que tampoco tornarían más que en sueños caracterizan los años que quedaron atrás y, por poco poéticas que sean, se cargan de toda la poesía de esa edad, de la misma forma que nada está más lleno del tañido de las campanas de Pascua y de las primeras violetas que esos últimos fríos del año que estropean nuestras vacaciones y obligan a encender el fuego durante el desayuno. No me atrevería a hablar de esas sensaciones, que retornaban algunas veces durante mi sueño, si no apareciesen casi revestidas de poesía, separadas de mi vida presente, y blancas como esas flores de agua cuya raíz no agarra tierra. La Rochefoucauld dijo que sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Lo mismo sucede con esos placeres solitarios que no nos sirven luego más que para burlar la ausencia de una mujer, para figurarnos que ella está con nosotros. Pero a los doce años, cuando me iba a encerrar por primera vez en el retrete situado en la parte alta de nuestra casa de Combray, donde pendían collares de semillas de lirio, lo que yo iba a buscar era un placer desconocido, original, que no era la sustitución de otro.
Para ser un retrete era una habitación muy grande. Cerraba con llave a la perfección pero la ventana permanecía siempre abierta, dejando paso a una joven lila que había crecido en la pared exterior y había metido su olorosa cabeza por el resquicio. Allí, tan alto(en el desván de la quinta), estaba absolutamente solo, pero esta apariencia de hallarme al aire libre añadía una deliciosa turbación al sentimiento de seguridad que a mi soledad prestaban los fuertes cerrojos. La exploración que entonces hice de mí mismo en busca de un placer que ignoraba no me habría proporcionado más sobresalto, ni pavor, si se hubiera tratado de practicar una operación quirúrgica incluso en mi medula y mi cerebro. En todo instante creía que iba a morir. Pero, ¡qué me importaba!, mi pensamiento exaltado por el placer se daba cuenta de que era más vasto, más poderoso que este universo que percibía por la ventana a lo lejos, de cuya inmensidad y eternidad solía pensar con tristeza que yo no constituía más que una porción efímera. En aquel momento, por muy lejos que las nubes se agolparan por encima del bosque sentía que mi espíritu aún iba un poco más allá, no estaba repleto del todo por ella.
Sentía cómo mi mirada poderosa llevaba en las niñas de los ojos, a modo de simples reflejos carentes de realidad, hermosas colinas abombadas que se alzaban como senos a ambos lados del río. Todo eso se detenía en mí, yo era más que todo eso, yo no podía morir. Tomé aliento un instante; para tomar asiento sin que me molestara el sol que lo calentaba, le dije: " Quita de ahí, pequeño, que voy a ponerme yo", y corrí el visillo de la ventana, pero la rama de la lila no me dejaba cerrar. Por último ascendió un brote opalino en impulsos sucesivos, como cuando surge el surtidor se Saint-Cloud que podemos reconocer -pues en el manar incesante de sus aguas tiene la individualidad que traza con gracia su curva sólida- en el retrato que dejó Humbert Robert, aunque la multitud que lo admiraba...* que producen en el cuadro del viejo maestro pequeñas valvas rosadas, rojizas o negras. ilustración [ Juan F. Vélez ]

ilustración [ Juan F. Vélez ]

En aquel instante sentí como una ternura que me envolvía. Era el olor de la lila que en mi exaltación había dejado de percibir y que llegaba ahora a mí. Pero un olor ocre, un olor de savia se mezclaba como si yo hubiese tronchado la rama. Sólo había dejado sobre la hoja un rastro plateado y natural como deja un hilo de araña, o un caracol. Pero en aquella rama me parecía como el fruto prohibido del árbol del mal. Y como los pueblos que atribuyen a sus divinidades formas no organizadas, fue bajo la apariencia de hilo plateado del que se podía tirar casi indefinidamente sin ver su cabo, y que debía yo extraer de mí mismo a contrapelo de mi vida natural, como a partir de entonces representé yo durante algún tiempo al diablo. (...)
 
*Laguna en el manuscrito. (Dejada tal vez por algún efluvio proustiano. Nota rabodeají.)
 
 
**Este pequeño ensayo de trazas poéticas como todo lo de Proust, apareció publicado en su libro Contre Sainte-Beuve. La traducción que aquí aparece es de José Cano Tembleque, Edhasa, 1971.
  
 
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