por Pascual Gaviria U.
 
-A propósito de la portada de El desbarrancadero-
 
Creo que todos hemos sentido alguna vez la extrañeza que produce ver una foto de infancia de alguien a quien conocimos cuando ya recorría tiempos menos febriles. No es fácil encontrar siquiera un gesto que se superponga entre quien se busca con el álbum en la mano y quien, siendo un niño retratado, miraba ignorante ante la muerte que trae cada segundo. Pueden no haber quedado rastros, es posible que todas las huellas se hayan borrado. La diferencia, más allá de los estragos del tiempo sobre el cuerpo, puede estar en una frase que brinca en medio de la perorata enardecida y la taxonomía de hijueputas de Fernando Vallejo en El desbarrancadero: "De niño uno cree que el mundo es de uno; viviendo aprende que no."

Volver a ese pequeño emperador que cree poseerlo todo y que logra dar un brillo especial a los loros que cruzan alborotando, a los ríos que bajan atropellando y a las casas húmedas que acogen las horas ociosas, parece ser el gran anhelo de Fernando. En algún momento se refiere entre un paréntesis, dando respiro a las enfermedades que carcomen, al tiempo que corroe y al plomo y la lengua que no dejan títere con cabeza, a "los tiempos idílicos de la niñez remota..."; tiempos que se fueron sin avisar: "¡Y qué hace que éramos niños!".
Sin embargo Vallejo no nos permite los acosos de la nostalgia ni las blanduras de los anhelos y más tarde dirá, como quien se burla de sus propios ataques de sentimentalismo, que "todo tiempo pasado fue más fresco". Claro, el presente es el infierno y las llamas provienen de donde quiera que Vallejo voltee la vista. Si en algún momento dejó entrever la existencia de un paraíso infantil que se puede visitar rebujando entre recuerdos, es sólo para preparar un ataque furibundo demostrando la descomposición de ese reino, la inexistencia de ese edén de pacotilla: "Los recuerdos son una carga necia, doctor, un fardo estúpido". Basura en el "coconut". Y los niños de antes que la loca, la bestia, la reina zángana o la mamá para que me entiendan, llama hermanitos, son sólo "unas piltrafas de viejos", unos fantasmas moribundos de sida o desencanto.
Por si las palabras no fueran suficientes para ilustrar el desbarajuste y algún lector bíblico buscase aquello de ver para creer, Vallejo nos entrega la portada del libro. Una foto en la que Darío, el hermano a quien el sida desapareció, es abrazado por Fernando en los idos años en la infancia. La portada deja de ser simple empaque y el polvo de la novela cae sobre ella mientras el lector la observa como si hubiera sido invitado hojear el álbum de recuerdo de los Vallejo, eso si, sin tinto y con la mesa de centro empolvada porque en la casa de la loca no había ni café ni quien sacudiera. Y el autor nos comenta haciéndose el bobo, con la intención de que abramos la boca al cerrar el libro y mirar la carátula: "Darío fue el segundo, mi primer hermano. Queda uno foto de él conmigo, de niños, que mi tío Argemiro tomó. Él de bucles rubios y con un abrigo; yo de pelo lacio caído sobre la frente y con una camisa a rayas, abrazándolo. (...) Han llovido los años sobre esa foto y ahora mi hermano se está muriendo." Es delicioso poder ver a ese par de angelitos que la novela nos mostrará como sacrílegos consumados, un placer similar al de haber asistido a la primera comunión de los Borgia. Ya desde Chapolas negras anunciaba Vallejo esa descomposición propia de hombres y papeles fotográficos, esa identidad que dejan de compartir los niños de los viejos retratos y los viejos que ahora los miran en las páginas de un álbum, buscándose donde ya no están. Hablando de algún retrato de Elvira Silva llega Vallejo a los propios, a los de su infancia: "Todavía hasta hace poco las fotos en Colombia se llamaban retratos, y la cámara que las tomaba máquina de retratar. Con una de esas a mí en mi infancia me tomaron muchas, aunque ahora ya ni creo que el que salía en ellas fuera yo: era un pobre niño aprendiz de fantasma".
Toda esa evidencia que proporcionan la portada, las hazañas pantagruélicas de los "hermanitos" y la muerte sórdida que asoma en cada página, me llevan derechito a un poema de Bukowski traducido como Pensión de mala muerte. Allí apestan los mismos olores con que lidiaban los Vallejo como caseros en una covacha de heroinómanos en Nueva York, se respira la misma desesperanza de ronquidos sordos y nos asalta el mismo asombro ante esas caritas inocentes que gritan todas las blasfemias y aspiran todos los humos como personajes de El desbarrancadero, asombro que hace decir a Bukowski en el final de su poema:

"(...)Todos esos hombres
fueron
niños
una vez.
¿Qué
les ha
pasado?

¿Y qué me
ha pasado a mí?

Está oscuro
y hace frío
ahí afuera."

 
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