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Volver a ese pequeño emperador que
cree poseerlo todo y que logra dar un brillo especial a los
loros que cruzan alborotando, a los ríos que bajan
atropellando y a las casas húmedas que acogen las horas
ociosas, parece ser el gran anhelo de Fernando. En algún
momento se refiere entre un paréntesis, dando respiro
a las enfermedades que carcomen, al tiempo que corroe y al
plomo y la lengua que no dejan títere con cabeza, a
"los tiempos idílicos de la niñez remota...";
tiempos que se fueron sin avisar: "¡Y qué
hace que éramos niños!".
Sin embargo Vallejo no nos permite los acosos de la nostalgia
ni las blanduras de los anhelos y más tarde dirá,
como quien se burla de sus propios ataques de sentimentalismo,
que "todo tiempo pasado fue más fresco".
Claro, el presente es el infierno y las llamas provienen de
donde quiera que Vallejo voltee la vista. Si en algún
momento dejó entrever la existencia de un paraíso
infantil que se puede visitar rebujando entre recuerdos, es
sólo para preparar un ataque furibundo demostrando
la descomposición de ese reino, la inexistencia de
ese edén de pacotilla: "Los recuerdos son una
carga necia, doctor, un fardo estúpido". Basura
en el "coconut". Y los niños de antes que
la loca, la bestia, la reina zángana o la mamá
para que me entiendan, llama hermanitos, son sólo "unas
piltrafas de viejos", unos fantasmas moribundos de sida
o desencanto.
Por si las palabras no fueran suficientes para ilustrar el
desbarajuste y algún lector bíblico buscase
aquello de ver para creer, Vallejo nos entrega la portada
del libro. Una foto en la que Darío, el hermano a quien
el sida desapareció, es abrazado por Fernando en los
idos años en la infancia. La portada deja de ser simple
empaque y el polvo de la novela cae sobre ella mientras el
lector la observa como si hubiera sido invitado hojear el
álbum de recuerdo de los Vallejo, eso si, sin tinto
y con la mesa de centro empolvada porque en la casa de la
loca no había ni café ni quien sacudiera. Y
el autor nos comenta haciéndose el bobo, con la intención
de que abramos la boca al cerrar el libro y mirar la carátula:
"Darío fue el segundo, mi primer hermano. Queda
uno foto de él conmigo, de niños, que mi tío
Argemiro tomó. Él de bucles rubios y con un
abrigo; yo de pelo lacio caído sobre la frente y con
una camisa a rayas, abrazándolo. (...) Han llovido
los años sobre esa foto y ahora mi hermano se está
muriendo." Es delicioso poder ver a ese par de angelitos
que la novela nos mostrará como sacrílegos consumados,
un placer similar al de haber asistido a la primera comunión
de los Borgia. Ya desde Chapolas negras
anunciaba Vallejo esa descomposición propia
de hombres y papeles fotográficos, esa identidad que
dejan de compartir los niños de los viejos retratos
y los viejos que ahora los miran en las páginas de
un álbum, buscándose donde ya no están.
Hablando de algún retrato de Elvira Silva llega Vallejo
a los propios, a los de su infancia: "Todavía
hasta hace poco las fotos en Colombia se llamaban retratos,
y la cámara que las tomaba máquina de retratar.
Con una de esas a mí en mi infancia me tomaron muchas,
aunque ahora ya ni creo que el que salía en ellas fuera
yo: era un pobre niño aprendiz de fantasma".
Toda esa evidencia que proporcionan la portada, las hazañas
pantagruélicas de los "hermanitos" y la muerte
sórdida que asoma en cada página, me llevan
derechito a un poema de Bukowski traducido como Pensión
de mala muerte. Allí apestan los mismos olores
con que lidiaban los Vallejo como caseros en una covacha de
heroinómanos en Nueva York, se respira la misma desesperanza
de ronquidos sordos y nos asalta el mismo asombro ante esas
caritas inocentes que gritan todas las blasfemias y aspiran
todos los humos como personajes de El
desbarrancadero, asombro que hace decir a Bukowski
en el final de su poema:
"(...)Todos esos hombres
fueron
niños
una vez.
¿Qué
les ha
pasado?
¿Y qué me
ha pasado a mí?
Está oscuro
y hace frío
ahí afuera."
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