| una
novela de Sergio Álvarez |
| ¿Cuál
es el destino de un lector? Acaso perderse en la búsqueda
del personaje que él mismo quisiera ser, llegar a loco,
ser Alonso Quijano... ¿Es acaso posible que un lector,
por el único hecho de serlo, tenga un destino en particular?
Pues, en el caso de un lector, quién sabe, pero en el
de una lectora, con seguridad puede ocurrir. Así lo ha
demostrado Sergio Álvarez en la historia que cuenta su
novela La lectora. Una universitaria
rebelde, linda, provocativa, marihuanerita y faltoncita, se
convierte de un momento a otro en el objetivo de dos secuestradores
analfabetos. En este caso, ella posee, sin sospecharlo, aquello
que podría sacarlos de un apuro: el don de la lectura.
Específicamente, su liberación depende exclusiva,
aunque no seguramente, de su capacidad y paciencia para leer
en voz alta una novela llamada <<Engome>>.
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Cuando a Weimar
se le ocurrió bajar a la ciudad y echarle mano al primero
que supiera leer, la pelada andaba tan tranquila, ignorando
que aquella facultad aprendida desde niña, y hasta desdeñada
por ella, la convertiría en el único medio para
resolver el paramuno secuestro. La pelada, una vez llevada a
la fría casucha donde Weimar y Richar cuidan a otro secuestrado
llamado Gordobriel, adquiere el nombramiento oficial de lectora,
ya no reducido a entretener ciegos o ancianos impedidos, sino
a tramitar página
por página
su propia liberación. El interés de los secuestradores,
por supuesto, no es pasar un rato agradable en los estériles
atardeceres del páramo, sino averiguar a
través del libro
lo que pasó con el que los mandó a secuestrar
al pusilánime del gordo, pues no volvieron a tener noticia
ninguna.
Contrario a la sosegada vida de la montaña, <<Engome>>
es ágil, vertiginosa y llena de acción: cuenta
la historia de un maletín lleno de dólares embolatado
en el centro de Bogotá. Para el taxista (apodado El Cachorro),
igual que para Karen, las otras chicas del Oasis y la gente
de la calle, el maletín significa la solución
de sus problemas, que se reducen llanamente a la ilusión
de un cambio de vida. Pero no se trata simplemente de una inyección
de plata para comer, comprar y vender cosas, sino para arreglar
entuertos y hechizos amorosos. La lectora
está llena de amores y desamores trocados por la plata,
pues es la que manda en la calle y la que recompone los destinos,
las parejas o los matrimonios en un nuevo orden regido únicamente
por su tiranía. Y es aquí donde la novela empieza
a mostrar las formas de un rompecabezas contemporáneo
con todo aquello que puede generar una nueva cultura bañada
y ahogada por los billetes del narcotráfico. Tal es la
ironía vivida por la lectora,
quien, perteneciendo a una cultura universitaria, se presenta
como una persona útil por el sólo hecho de saber
leer. Los códigos de la delincuencia, donde está
metido desde el mafioso duro hasta el desechable que hace de
jíbaro, son los que gobiernan La
lectora. Allí, los sentimientos no tienen otra
salida que ajustarse a las órdenes del más duro,
y es ahí donde el amor rara vez puede ser correspondido
sin riesgo de muerte. El Cachorro, pues, necesita la plata para
una única y concreta cosa: arrebatarle la mujer de la
que siempre ha estado enamorado a su actual prometido, un mafioso
de los grandes. Con el maletín lleno de dólares
bajo el brazo, El Cachorro podría ascender hasta su penthouse
y raptarla, lo cual sería imposible alcanzar en cualquier
tipo de taxi.
Pero existen otras formas de recorrer verticalmente la cadena
de valores, entre ellas algunas en descenso, como le ocurre
al que se engoma más de la cuenta con la mercancía.
Una carta de Caliche a Karen, donde le cuenta los altibajos
de su vida una
subida y una bajada ,
relatan los acosos del bazuco. La carta, presentada por fragmentos
a lo largo de la novela, aporta el tono nostálgico de
un pasado próspero y un presente lastimero. La diferencia
de Caliche con los otros fue que no arrancó desde abajo,
sino desde un poco más allá de la mitad del recorrido,
ya montado en su avión y a punto de despegar. Pero una
noche de putas lo dejó enamorado de Karen para toda la
vida, sin siquiera volver a verla. Un buen día, Caliche
se aspiró cuanto pudo de lo que llevaba en su avión
y empezó a volar más bajo de la cuenta hasta aterrizar
sobre el asfalto de la décima, donde jala carteras para
comprarse un bareto. La muerte lo ha ido dejando caer suavecito,
en cartones de la Calle del Cartucho, mientras a los otros los
ha tirado como coladores en las escombreras de una construcción
abandonada.
Por supuesto, no es El Cachorro el único que busca los
dos millones de dólares en billetes verdes resplandecientes:
también está el dueño de la plata (a quien
le mataron los hijos en el cruce), la policía, la gente
de la calle que ha oído el rumor, y la quejumbrosa y
problemática fiscalía que, buscando de soslayo,
trata de esclarecer la muerte de dos policías en un taxi
a manos de desconocidos.
Dentro del ambiente siempre tenso, donde el amor está
frustrado desde que nace, el sexo es la única droga que
permite abandonarse y olvidar la premura, el afán. Pero
también ese paliativo se convierte en un arma de doble
filo; si no, que lo diga Gordobriel, un chancho con fama de
buen amante a quien le cuesta cara una despedida de soltera
que le da a la futura mujer del Siamés, socio del Conavi...
¿Sergio y de dónde sacaste
los nombres? "Había un tipo que en la época
de la guerra de carteles se encargaba de pagar la remesa por
cada policía muerto, le decían el Conavi, era
un man de Medellín."
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Siga
leyendo, flaca, que ése es el tipo. Necesitamos saber
qué pasó con el Conavi, el que nos mandó
con este gordo imbécil que no se quiere ni escapar, pero
venga mamita que usted con ese "bikini" queda como
para metérselo... |
La lectora presenta un espectro
amplio de lo que es la delincuencia como cultura, donde la mafia
ocupa el lugar más alto en la escala de poderes y desde
donde se genera el movimiento de dinero y el manejo de influencias.
En este caso el sicario, una figura de la que se ha ocupado
bastante el cine y la literatura reciente, toma un lugar más
discreto y más utilitario. Es un asunto de escalas que
da también la plata: allí donde hay en juego dos
millones de dólares, los protagonistas son los mafiosos,
la gente apadrinada y aquellos que han fincado sus esperanzas
en cambiar de vida encontrándose el maletín; en
tal sentido, el sicario es un empleado menor, la subcutura que
lo rige no lo llevaría a buscar el maletín, sino
a estar pendiente de las órdenes de los jefes, como ha
ocurrido con Richar y Weimar, que hace meses se congelan cuidando
al gordo sin saber qué hacer. Cualquiera, no obstante,
está dispuesto a matar por esa plata, pero no como sicario
profesional sino siguiendo intereses particulares de venganza,
de ilusiones amorosas, o de simple ambición. Con La
lectora, el mundo criminal que ha surgido como fenómeno
a nivel mundial se presenta desde una perspectiva colombiana
y llega a un lector real que tiene noticias, que recibe crónicas
internacionales y que encontrará una nueva dimensión
desde la ficción.
Hablando de crónicas, "Crónica de una muerte
inventada (un informe especial del diario El Espacio)"
aparece en medio de la novela para realizar una versión
también muy colombiana de los hechos, no sólo
en el sentido de una manera de informar que acaso tiene más
crédito en la calle misma, sino por la parodia de la
famosa Crónica de una muerte anunciada:
"El día en que, supuestamente, lo desaparecieron,
Jimmy Lozano, alias El Cachorro, salió de residencias
Palmira hacia la whiskería el Oasis en busca de Patricia
Mejía, una prostituta de la que estaba muy enamorado."
¿Quién se inventó esa muerte? ¿Acaso
no fue ése el destino de El Cachorro?: es autoría
de un reportero del diario, quien se estaba tirando a la secretaria
del periódico cuando le sonó el bipper del jefe
para asignarle la noticia. La "Crónica de una muerte
inventada" es una diversión. No aporta datos nuevos,
pero sí la medida de lo que puede llegar a ser información;
es la mirada de Cristian, el reportero, quien planea hacer con
un amigo, además de la crónica, una instalación
en la plaza de Bolívar tapizándola con los billetes
verdes del maletín, como una pradera verde donde los
caballos caguen verde. ¿Acaso el reportero se saca de
encima la idea de ser García Márquez y termina
haciendo una novela, <<Engome>>,
con un estilo propio, distinto? Es posible, la
lectora no deja de pensar en ello: "Entonces, ¿todo
es verdad, esa gente existió?", le pregunta a Gordobriel.
"Sí", responde él. "¿Y cómo
habrán llegado hasta las páginas de esa novela?",
pregunta de nuevo ella. "Seguro algún sapo que le
contó la historia a un escritor". No se sabe, que
busquen por el lado de Sergio Álvarez.
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