por Ricardo Peña (Bibliotecario)      
 
En su prólogo a El informe de Brodie, Jorge Luis Borges finaliza con una singular plegaria: "Dios te libre, lector, de prólogos largos". Esto, si bien no es coherente con el conocido escepticismo religioso del autor, sí lo es con la brevedad y precisión con que presenta sus cuentos en los abrebocas de sus volúmenes. En el caso concreto de El libro de arena, Borges rehusa como lo hace en El Aleph a la elaboración de un prólogo, so pretexto de que "Prologar cuentos aún no leídos es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo". De acuerdo; y ello hace recordar el desafortunado prólogo que Óscar Collazos hace a La Tregua de Mario Benedetti, en el cual por descuido, ingenuidad, ostentación o egoísmo: habría que precisarlo anticipa el episodio más importante de la novela, justamente aquello que Benedetti escondió con astucia para sorprender al lector.
Sin embargo, y sólo a manera de ejercicio de síntesis general aquí presento un prólogo para los 13 cuentos que componen El libro de arena. Es entonces necesario advertir a los lectores que no se han aproximado a esta obra que, si es su deseo llegar a la lectura sin ninguna idea, juicio o sugerencia predeterminada, es recomendable abstenerse de revisar estas líneas.
Para empezar, un juicio lapidario: El libro de arena no es lo que podríamos llamar una clásica recopilación de la cuentística borgiana; mucho falta del ingenio y la magistralidad de la estrategia narrativa que pueden entreverse en los mejores relatos de Ficciones o El Aleph, así como también puede hablarse de carencia de la fluidez que es acierto en algunos de los cuentos de El informe de Brodie. Es decir que, a medio camino entre la prosa erudita ingeniosa y la sencillez narrativa, estos cuentos no son los llamados a integrar una antología de los relatos de Jorge Luis Borges Acevedo: porque si son complicados, no son magistrales ni reveladores ("El otro", "Undr", quizás "El Congreso" y "El espejo y la máscara"), y si son sencillos, no son ingeniosos ni sorprendentes ("Ulrica" ,"La noche de los dones" ,"Avelino Arredondo", "El disco").
Sobre "Ulrica" diré también que es una extraña pieza en la obra del argentino, debido a su tema sentimental. Sin embargo, creo que hay rudeza en el tratamiento de tal asunto (lo que no debe sorprender tratándose del misógino Borges): el tiempo de la narración es corto, y quizás por eso no hay posibilidad de desarrollar contundentemente el clima de la pasión.
De "There Are More Things" señalaré que es un cuento por fuera del estilo borgiano, acertadamente dedicado a H.P.Lovecraft; y es que en realidad parece un escrito de su pluma (en parte, por el tratamiento interplanetario que se da al objeto del suspenso). Sin embargo, la idea subyacente al misterio no es profunda, la atmósfera de pavor no se logra y el relato, en una primera lectura, desconcierta por parecer incompleto.
"La secta de los treinta" es, a mi juicio, uno de los mejores relatos de la serie; pero quizás en este juicio me deje llevar por mi natural amor hacia la herejía. En cierta forma, este cuento puede pensarse como un anexo de "Tres versiones de Judas", el magistral relato de la serie Ficciones. Y su acierto radica más en la propuesta de su contenido (novedosa y deliciosamente blasfema para nuestro medio amodorrado de catolicismo clásico) que en el desarrollo de un argumento propiamente dicho.
"Utopía de un hombre que está cansado", aunque incoherente e ininteligible en algunos pasajes, encuentra su valor en el contenido satírico. Sin embargo, de alguna forma el título disculpa cualquier orientación que asuma el argumento: se hace clara la intención de hacer ficción ante el desencanto del mundo contemporáneo. (¿Podría decirse, entonces, que es éste un ejemplo de la literatura de evasión?).
"El soborno", aunque se basa en la explotación de una idea elaborada, la estrategia de conocer al otro (de innegables connotaciones etnográficas, además), redunda en referencias eruditas no encaminadas hacia la ingeniosa complicación del argumento sino más bien hacia la ostentación.
"Avelino Arredondo" y "La noche de los dones" no creo que obedezcan a otra cosa que al deseo de contar una anécdota lo cual, por supuesto, de ningún modo es censurable; nada fantástico irrumpe en sus tramas. Por otro lado, estas dos piezas son sendas demostraciones de la pasión de Borges por las historias locales (pasión puesta en duda por algunos lectores a quienes ha encandilado el ambiente universalista de otros célebres relatos de este cuentista ciego).
"El libro de arena" es tal vez la pieza que más responde al estilo erudito clásico de Borges, y ello se comprobará al vislumbrar ya desde el primer párrafo cuál es el eje conductor del relato: la idea del infinito. Sin embargo, el cuento es modesto en sus proporciones, y si por un lado la erudición no es rebosante, por otro es casi evidente que la idea un libro con páginas infinitas no es explotada a fondo. Acaso el lector acaba esperando, en vano, la recitación de alguna enumeración caótica a propósito de tan demente colección de páginas.
Para finalizar diré que si en El informe de Brodie he creído ver afinidades íntimas y subterráneas entre la mayoría de los relatos, esta vez se me antoja que ese hilo secreto esa delgada y unificadora costura parece ser la repetida alusión a nombres, lugares, hechos y obras del ambiente del norte europeo (Escandinavia, Sajonia). Y es tan reiterativo en esto El libro de arena que es inevitable para el lector pensar en esa disposición de las cosas como una estrategia de Borges, como la ejecución arbitraria y predeterminada de un plan: de un plan que quizás no he comprendido en mi afán por hacer crítica fácil (¿acaso sería extraño esperar tan maliciosas deliberaciones en Jorge Luis Borges?)
 
 
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