En su prólogo a El
informe de Brodie, Jorge Luis Borges finaliza con una
singular plegaria: "Dios te libre, lector, de prólogos
largos". Esto, si bien no es coherente con el conocido
escepticismo religioso del autor, sí lo es con la brevedad
y precisión con que presenta sus cuentos en los abrebocas
de sus volúmenes. En el caso concreto de El
libro de arena, Borges rehusa como
lo hace en El Aleph
a la elaboración de un prólogo, so pretexto de
que "Prologar cuentos aún no leídos es tarea
casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que
no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo".
De acuerdo; y ello hace recordar el desafortunado prólogo
que Óscar Collazos hace a La Tregua
de Mario Benedetti, en el cual por
descuido, ingenuidad, ostentación o egoísmo: habría
que precisarlo
anticipa el episodio más importante de la novela, justamente
aquello que Benedetti escondió con astucia para sorprender
al lector. |
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Sin embargo, y
sólo a manera de ejercicio de síntesis general
aquí presento un prólogo para los 13 cuentos que
componen El libro de arena. Es
entonces necesario advertir a los lectores que no se han aproximado
a esta obra que, si es su deseo llegar a la lectura sin ninguna
idea, juicio o sugerencia predeterminada, es recomendable abstenerse
de revisar estas líneas.
Para empezar, un juicio lapidario: El
libro de arena no es lo que podríamos llamar una
clásica recopilación de la cuentística
borgiana; mucho falta del ingenio y la magistralidad de la estrategia
narrativa que pueden entreverse en los mejores relatos de Ficciones
o El Aleph, así como también
puede hablarse de carencia de la fluidez que es acierto en algunos
de los cuentos de El informe de Brodie.
Es decir que, a medio camino entre la prosa erudita ingeniosa
y la sencillez narrativa, estos cuentos no son los llamados
a integrar una antología de los relatos de Jorge Luis
Borges Acevedo: porque si son complicados, no son magistrales
ni reveladores ("El otro", "Undr",
quizás "El Congreso" y "El espejo y la
máscara"), y si son sencillos, no son ingeniosos
ni sorprendentes ("Ulrica" ,"La noche de los
dones" ,"Avelino Arredondo", "El disco").
Sobre "Ulrica" diré también que es una
extraña pieza en la obra del argentino, debido a su tema
sentimental. Sin embargo, creo que hay rudeza en el tratamiento
de tal asunto (lo que no debe sorprender tratándose del
misógino Borges): el tiempo de la narración es
corto, y quizás por eso no hay posibilidad de desarrollar
contundentemente el clima de la pasión.
De "There Are More Things"
señalaré que es un cuento por fuera del estilo
borgiano, acertadamente dedicado
a H.P.Lovecraft; y es que en realidad parece un escrito de su
pluma (en parte, por el tratamiento interplanetario
que se da al objeto del suspenso). Sin embargo, la idea subyacente
al misterio no es profunda, la atmósfera de pavor no
se logra y el relato, en una primera lectura, desconcierta por
parecer incompleto.
"La secta de los treinta" es, a mi juicio, uno de
los mejores relatos de la serie; pero quizás en este
juicio me deje llevar por mi natural amor hacia la herejía.
En cierta forma, este cuento puede pensarse como un anexo de
"Tres versiones de Judas", el magistral relato de
la serie Ficciones. Y su acierto
radica más en la propuesta de su contenido (novedosa
y deliciosamente blasfema para nuestro medio amodorrado de catolicismo
clásico) que en el desarrollo de un argumento propiamente
dicho.
"Utopía de un hombre que está cansado",
aunque incoherente e ininteligible en algunos pasajes, encuentra
su valor en el contenido satírico. Sin embargo, de alguna
forma el título disculpa cualquier orientación
que asuma el argumento: se hace clara la intención de
hacer ficción ante el desencanto del mundo contemporáneo.
(¿Podría decirse, entonces, que es éste
un ejemplo de la literatura de evasión?).
"El soborno", aunque se basa en la explotación
de una idea elaborada, la estrategia de conocer al otro (de
innegables connotaciones etnográficas, además),
redunda en referencias eruditas no encaminadas hacia la ingeniosa
complicación del argumento sino más bien hacia
la ostentación.
"Avelino Arredondo" y "La noche de los dones"
no creo que obedezcan a otra cosa que al deseo de contar una
anécdota lo
cual, por supuesto, de ningún modo es censurable ;
nada fantástico irrumpe en sus tramas. Por otro lado,
estas dos piezas son sendas demostraciones de la pasión
de Borges por las historias locales (pasión puesta en
duda por algunos lectores a quienes ha encandilado el ambiente
universalista de otros célebres relatos de este cuentista
ciego).
"El libro de arena"
es tal vez la pieza que más responde al estilo erudito
clásico de Borges, y ello se comprobará al vislumbrar
ya
desde el primer párrafo
cuál es el eje conductor del relato: la idea del infinito.
Sin embargo, el cuento es modesto en sus proporciones, y si
por un lado la erudición no es rebosante, por otro es
casi evidente que la idea un
libro con páginas infinitas
no es explotada a fondo. Acaso el lector acaba esperando, en
vano, la recitación de alguna enumeración caótica
a propósito de tan demente colección de páginas.
Para finalizar diré que si en El
informe de Brodie he creído ver afinidades íntimas
y subterráneas entre la mayoría de los relatos,
esta vez se me antoja que ese hilo secreto esa
delgada y unificadora costura
parece ser la repetida alusión a nombres, lugares, hechos
y obras del ambiente del norte europeo (Escandinavia, Sajonia).
Y es tan reiterativo en esto El libro
de arena que es inevitable para el lector pensar en esa
disposición de las cosas como una estrategia de Borges,
como la ejecución arbitraria y predeterminada de un plan:
de un plan que quizás no he comprendido en mi afán
por hacer crítica fácil (¿acaso sería
extraño esperar tan maliciosas deliberaciones en Jorge
Luis Borges?)
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