por Juan Carlos Orrego
 
A propósito de Señorita, una novela de Gonzalo España
 

Es casi una perogrullada decir que, en medio del inabarcable universo de los temas literarios, el del romance parece ser el más socorrido y el más celebrado: sobre tórridas historias de adanes y evas se han fundado incontables tradiciones literarias. Y si uno se preguntara por el segundo gran recurso de la inventiva literaria, es seguro que tras de alguna breve vacilación se llegaría a respuesta justa e incontestable: el tema del joven héroe que, gracias a desaforada empresa, logra traspasar el umbral entre la niñez y la definitiva hombría; es decir y en palabras de los entendidos: el tema de la iniciación. Verne con su capitán quinceañero y seguramente manchado de acné; Conrad con su cándido John Nieven que atraviesa La línea de sombra tripulando un navío en medio de una desesperante calma chicha, y Stevenson con su audaz Jim Hawkins, que cruza los mares para alcanzar un tesoro aislado, son quizá los más célebres exponentes de este, si se quiere, subgénero novelesco.

Pero acaso el olor a mares y marineros sea excesivo, y el lector de otras geografías tendría razón si llegara a impugnar la universalidad de escenarios tan legendarios, tal vez con más visos de metáfora que de realidad. ¿Cómo imaginarse, por ejemplo, a un joven héroe colombiano haciéndose hombre al mando de un magnífico vapor que surcara las turbias aguas del Magdalena? Por más que Colombia se jacte de su vasto kilometraje costero y de su voluminosa masa de aguas, nuestra literatura se ha mostrado más o menos desdeñosa ante la idea de explotar ese tipo de decorados. No son nuestros personajes hombres hechos a la mar, amén de eventuales gavieros y otros hombres de aguas igualmente modestos.
¿Cómo pensar entonces en la novela colombiana de iniciación? Sabiéndolo o no, don Tomás Carrasquilla bordeó el tema en Entrañas de niño, en 1906, y puso sobre la mesa por primera vez los elementos básicos con que había de construirse la historia: es menester que haya un niño que deambule por los campos, descubriendo el mundo en compañía de un perro fiel. Tenemos entonces la historia de Paquito y Mentor. Pero no sabemos, en verdad, hasta qué punto se trata de una historia de iniciación: en la antepenúltima página el protagonista apenas dice, el día de su primera comunión: "Soy como otro Paquito".1 Se ha hecho otro porque el roce con el mundo lo ha pulido, pero todavía no es Paco, nombre adulto de sólo cuatro letras. Así que el lector tendrá que conformarse apenas con la sensación del gran acontecimiento, y no con la prueba concluyente del nacimiento de un nuevo hombre.
Será a las puertas del otro siglo, el XXI, que la historia se cuente completa. De nuevo aparece un niño, Laurencio, y un perro acompañante, Conde; sólo que ahora los aventureros no se adentrarán por los breñales antioqueños; en vez de eso, los escenarios serán las montañas del oriente colombiano, más exactamente la campiña de Portugal (Santander). Hablo de la novela Señorita2 de Gonzalo España, escritor bumangués (1945) célebre por su saga de novelas policiales protagonizadas por Salomón Ventura, un Poirot criollo. Pero no hay en este caso ningún oscuro lío a pesquisar, ni mucho menos: en Señorita, España relata la historia de un niño que, en plena violencia de los 50´s, va a pasar sus vacaciones al campo, a casa de sus tíos. Se trata de un mocito de doce años, matador de animales gracias a la endiablada precisión de su cauchera, ignorante de los encantos femeninos e inconsciente admirador de "Señorita", un matón veredal de modos delicados.
Al lector de esta nota se le ocurrirá que el mote del bandido explica el título. Error craso: "Señorita", aunque legendario y valiente, apenas se deja entrever en un par de páginas, significando dentro de la historia la simple promesa de un gran suceso nunca ocurrido, el astuto pretexto para obligar al lector a sumergirse en una expectativa jamás colmada. Pero no se entienda, con esto, que intento vituperar la novela; por el contrario, quiero celebrar la zorruna estratagema de España, a quien sólo le desvela un propósito: ocultarnos todo el tiempo a la verdadera "Señorita" mientras, paradójicamente, la pasea continuamente frente a nuestras narices. Pero ya Edgar Allan Poe demostró, en La carta robada, que el medio más seguro para esconder algo es dejándolo a merced de las más desprevenidas miradas.
En la casa en que se aloja Laurencio campea la exuberancia de una moza de quince años, Zenaida, hija de la propietaria del edificio alquilado parcialmente a los familiares del protagonista. Con el desparpajo de un novelista acostumbrado a engaños policiales, España confiesa, seguro de que el lector no se enterará, cuál es el verdadero pretexto para el título: "Zenaida, una linda y morena señorita de escasos quince años" (p. 12; el énfasis es mío). Supongo que los teóricos de las estructuras narrativas consideran que, en una novela, una primera alusión al título no puede ser gratuita.
Pero si aun nosotros, los infatuados lectores, hemos ignorado la importancia de Zenaida, mucho más Laurencio, quien para las primeras páginas es un chicuelo desenfadado que sólo sabe usar su cauchera contra las formas emplumadas de la naturaleza. Naturaleza que sabe desquitarse, por supuesto: en algún momento, entusiasmado el mequetrefe ornitocida con la cacería de un quimérico pato canadiense, su carrera de cazador azuzado le lleva hasta las márgenes de una charca donde, impunemente, contempla la espléndida desnudez de Zenaida, quien toma un refrescante baño en compañía de su padrastro (una situación que, si no a Laurencio, sugiere al lector que esa palabra del título puede no ser el mejor calificativo para el caso de tan audaz quinceañera).
Desde entonces nos las vemos con un Laurencio transformado, que comienza a intuir el verdadero sentido (si es que hay un sentido verdadero) de los eventos naturales. Y como la inocencia de sus vacaciones se ha echado a perder por la contemplación de un pubis y de dos senos palpitantes ("esos botones de cayeno que le brotaban con fuerza de los cojines del pecho, y [...] el vello apretado que oscurecía su entrepierna", p. 65), ahora le es inevitable modificar su forma de ser y su sensibilidad, de tal forma que acaba por sentir conmiseración por las aves y por prometerse olvidar para siempre sus días de cazador. Iniciado como voyerista, Laurencio ha de volverse un ser contemplativo, y por ello buscará todo su solaz en el vislumbre de pajarillos cantores y bosques en floración. Y es que, ¡ah!, "Cómo nos cambia el tamaño de ciertos eventos!" (p. 82).
Al cierre de la novela estamos pues ante un pequeño hombre recién parido. Y como es menester que el neonato sea bautizado para ganarse un lugar en la sociedad organizada, un caudal de aguas viene a correr para allanar esa necesidad: las aguas de la última meada nocturna de Laurencio. Y no se crea que se trata de una micción pueril de bebé indefenso amordazado en sus propios pañales; nada de eso: el hombrecito, sonámbulo y de pie sobre la alta cama, estrella una potente cascada amoniacal contra las paredes del aposento, en la última noche del último paseo candoroso de su vida. Un poco de picardía freudiana quizá nos llevaría a colegir que esa singular operación puede significar la protesta furibunda porque el pequeño órgano esté amarrado a una unívoca e higiénica función y, asimismo, la celebración por haber intuido el furor de otros placeres.
Una interpretación maliciosa, sin duda. Pero tal vez empuje a ello el modo provocador y divertido con que España narra los hechos aquí apelmazados. Porque, entiéndase: no es ésa una narración que pueda obviarse impunemente.

1Tomás Carrasquilla: Entrañas de niño. Grandeza (Medellín: U.P.B, 1995; p. 136).
2 La novela fue finalista en el Premio Nacional de Novela "Eduardo Caballero Calderón", auspiciado por Colcultura, en 1996. Ha sido editada varias veces, pero mi lectura ha corrido sobre las 124 páginas de la última edición (Medellín: Mar a Dentro, 2000). En las próximas citas indico inmediatamente la página correspondiente para evitar la solemnidad de estos llamados marginales.
 

 
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