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Pero acaso el olor a mares y marineros sea
excesivo, y el lector de otras geografías tendría
razón si llegara a impugnar la universalidad de escenarios
tan legendarios, tal vez con más visos de metáfora
que de realidad. ¿Cómo imaginarse, por ejemplo,
a un joven héroe colombiano haciéndose hombre
al mando de un magnífico vapor que surcara las turbias
aguas del Magdalena? Por más que Colombia se jacte
de su vasto kilometraje costero y de su voluminosa masa de
aguas, nuestra literatura se ha mostrado más o menos
desdeñosa ante la idea de explotar ese tipo de decorados.
No son nuestros personajes hombres hechos a la mar, amén
de eventuales gavieros y otros hombres de aguas igualmente
modestos.
¿Cómo pensar entonces en la novela colombiana
de iniciación? Sabiéndolo o no, don Tomás
Carrasquilla bordeó el tema en Entrañas
de niño, en 1906, y puso sobre la mesa por primera
vez los elementos básicos con que había de construirse
la historia: es menester que haya un niño que deambule
por los campos, descubriendo el mundo en compañía
de un perro fiel. Tenemos entonces la historia de Paquito
y Mentor. Pero no sabemos, en
verdad, hasta qué punto se trata de una historia de
iniciación: en la antepenúltima página
el protagonista apenas dice, el día de su primera comunión:
"Soy como otro Paquito".1
Se ha hecho otro porque el roce con el mundo lo ha pulido,
pero todavía no es Paco,
nombre adulto de sólo cuatro letras. Así que
el lector tendrá que conformarse apenas con la sensación
del gran acontecimiento, y no con la prueba concluyente del
nacimiento de un nuevo hombre.
Será a las puertas del otro siglo, el XXI, que la historia
se cuente completa. De nuevo aparece un niño, Laurencio,
y un perro acompañante, Conde;
sólo que ahora los aventureros no se adentrarán
por los breñales antioqueños; en vez de eso,
los escenarios serán las montañas del oriente
colombiano, más exactamente la campiña de Portugal
(Santander). Hablo de la novela Señorita2
de Gonzalo España, escritor bumangués (1945)
célebre por su saga de novelas policiales protagonizadas
por Salomón Ventura, un Poirot criollo. Pero no hay
en este caso ningún oscuro lío a pesquisar,
ni mucho menos: en Señorita,
España relata la historia de un niño que, en
plena violencia de los 50´s, va a pasar sus vacaciones
al campo, a casa de sus tíos. Se trata de un mocito
de doce años, matador de animales gracias a la endiablada
precisión de su cauchera, ignorante de los encantos
femeninos e inconsciente admirador de "Señorita",
un matón veredal de modos delicados.
Al lector de esta nota se le ocurrirá que el mote del
bandido explica el título. Error craso: "Señorita",
aunque legendario y valiente, apenas se deja entrever en un
par de páginas, significando dentro de la historia
la simple promesa de un gran suceso nunca ocurrido, el astuto
pretexto para obligar al lector a sumergirse en una expectativa
jamás colmada. Pero no se entienda, con esto, que intento
vituperar la novela; por el contrario, quiero celebrar la
zorruna estratagema de España, a quien sólo
le desvela un propósito: ocultarnos todo el tiempo
a la verdadera "Señorita" mientras, paradójicamente,
la pasea continuamente frente a nuestras narices. Pero ya
Edgar Allan Poe demostró, en La
carta robada, que el medio más seguro para esconder
algo es dejándolo a merced de las más desprevenidas
miradas.
En la casa en que se aloja Laurencio campea la exuberancia
de una moza de quince años, Zenaida, hija de la propietaria
del edificio alquilado parcialmente a los familiares del protagonista.
Con el desparpajo de un novelista acostumbrado a engaños
policiales, España confiesa, seguro de que el lector
no se enterará, cuál es el verdadero pretexto
para el título: "Zenaida, una linda y morena señorita
de escasos quince años" (p. 12; el énfasis
es mío). Supongo que los teóricos de las estructuras
narrativas consideran que, en una novela, una primera alusión
al título no puede ser gratuita.
Pero si aun nosotros, los infatuados lectores, hemos ignorado
la importancia de Zenaida, mucho más Laurencio, quien
para las primeras páginas es un chicuelo desenfadado
que sólo sabe usar su cauchera contra las formas emplumadas
de la naturaleza. Naturaleza que sabe desquitarse, por supuesto:
en algún momento, entusiasmado el mequetrefe ornitocida
con la cacería de un quimérico pato canadiense,
su carrera de cazador azuzado le lleva hasta las márgenes
de una charca donde, impunemente, contempla la espléndida
desnudez de Zenaida, quien toma un refrescante baño
en compañía de su padrastro (una situación
que, si no a Laurencio, sugiere al lector que esa palabra
del título puede no ser el mejor calificativo para
el caso de tan audaz quinceañera).
Desde entonces nos las vemos con un Laurencio transformado,
que comienza a intuir el verdadero sentido (si es que hay
un sentido verdadero) de los
eventos naturales. Y como la inocencia de sus vacaciones se
ha echado a perder por la contemplación de un pubis
y de dos senos palpitantes ("esos botones de cayeno que
le brotaban con fuerza de los cojines del pecho, y [...] el
vello apretado que oscurecía su entrepierna",
p. 65), ahora le es inevitable modificar su forma de ser y
su sensibilidad, de tal forma que acaba por sentir conmiseración
por las aves y por prometerse olvidar para siempre sus días
de cazador. Iniciado como voyerista, Laurencio ha de volverse
un ser contemplativo, y por ello buscará todo su solaz
en el vislumbre de pajarillos cantores y bosques en floración.
Y es que, ¡ah!, "Cómo nos cambia el tamaño
de ciertos eventos!" (p. 82).
Al cierre de la novela estamos pues ante un pequeño
hombre recién parido. Y como es menester que el neonato
sea bautizado para ganarse un lugar en la sociedad organizada,
un caudal de aguas viene a correr para allanar esa necesidad:
las aguas de la última meada nocturna de Laurencio.
Y no se crea que se trata de una micción pueril de
bebé indefenso amordazado en sus propios pañales;
nada de eso: el hombrecito, sonámbulo y de pie sobre
la alta cama, estrella una potente cascada amoniacal contra
las paredes del aposento, en la última noche del último
paseo candoroso de su vida. Un poco de picardía freudiana
quizá nos llevaría a colegir que esa singular
operación puede significar la protesta furibunda porque
el pequeño órgano esté amarrado a una
unívoca e higiénica función y, asimismo,
la celebración por haber intuido el furor de otros
placeres.
Una interpretación maliciosa, sin duda. Pero tal vez
empuje a ello el modo provocador y divertido con que España
narra los hechos aquí apelmazados. Porque, entiéndase:
no es ésa una narración que pueda obviarse impunemente.
1Tomás
Carrasquilla: Entrañas de niño.
Grandeza (Medellín: U.P.B,
1995; p. 136).
2
La novela fue finalista en el Premio Nacional de Novela "Eduardo
Caballero Calderón", auspiciado por Colcultura,
en 1996. Ha sido editada varias veces, pero mi lectura ha
corrido sobre las 124 páginas de la última edición
(Medellín: Mar a Dentro, 2000). En las próximas
citas indico inmediatamente la página correspondiente
para evitar la solemnidad de estos llamados marginales.
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