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Al observar la historia descubrimos que no
es casual que estemos donde estamos. Como primer punto tenemos
que desde la Ilustración la búsqueda fundamental
de nuestra civilización se enuncia en tres principios:
Igualdad, Fraternidad y Libertad. El problema es que, de ellos,
el único que realmente se puede medir es el de la igualdad.
¿Y como se iguala una sociedad si no es sacando el
promedio?.
La igualdad económica, quizás la única
justificable, ha demostrado ser difícil de alcanzar,
pero en otros aspectos ha triunfado este ideal: estamos hoy
en presencia de una estandarización de los gustos,
de los apetitos, de las pasiones. La literatura no es ajena
a esta estandarización; basta ver los estantes de las
librerías, plagados de libros de autosuperación,
de poemitas insulsos, de predecibles best-sellers. La igualdad,
entendida tal como se viene predicando desde hace dos siglos,
no es entonces la búsqueda de una mejor humanidad,
sino simplemente la aceptación de nuestros aspectos
más vulgares.
Las editoriales buscan el público del "hombre
común", del ciudadano promedio, porque es allí
donde está el mercado... Y mercado es una palabra que
sigue los tres principios de la Revolución Francesa;
por una parte todos somos iguales ante las estadísticas
y, por otra, podemos enunciar con orgullo: "Yo soy libre
porque puedo comprar lo que quiera y tú eres mi hermano
porque consumo lo que tú produces."
Ahora llegamos al meollo del asunto. La igualdad de gustos,
representada en el mercado y forzada por una sociedad y un
sistema educativo que aplastan la individualidad, "obliga"
a las editoriales a buscar el gran público. Y qué
quiere ese ciudadano promedio, ese "hombre común":
¿Acaso quiere épica de Quijotes que lo haga
sentir más pequeño? ¿O quizás
grandes angustias y pasiones que lo impulsen a contemplar
insatisfecho su propia vida? No, el hijo de la democracia
igualitaria quiere un libro que pueda leer, disfrutar y luego
olvidar.
Ese libro puede emplear básicamente dos recursos. El
primero, un tema con el que el hombre promedio se pueda identificar,
cercano a su propia vida y que llene sus necesidades de cariño
y comprensión, como los manuales de autoayuda o las
novelas rosa. Y el segundo, una trama tan alejada y superficial
que resulte por completo ajena y el lector pueda olvidarse
de sí mismo por un rato, como es el caso de la mayoría
de las novelas de espías y obras de suspenso.
La búsqueda de las grandes editoriales en nuestros
días es entonces la búsqueda de la literatura
light, de una literatura dietética donde los personajes
no se angustian demasiado, no se apasionan más de la
cuenta y no piensan más de lo estrictamente necesario.
Pero sería muy fácil culpar a las editoriales.
Lo cierto es que los escritores tenemos la mayor de las responsabilidades.
Es fácil vernos como víctimas de las políticas
de mercado, pero ¿cuándo en la historia los
escritores habíamos estado tan cómodos? Hoy
no tenemos por qué pasar hambre en un cuartucho a lo
Dostoievski, pues podemos conseguir empleo como profesores,
guionistas de televisión o creativos en una agencia
de publicidad. Desde la antigüedad clásica, nunca
en la historia el gremio de escritores ha estado tan confortablemente
instalado como hoy, disfrutando de tantas ventajas materiales
y de tal prestigio social. Quizás por ello también
hoy el número de escritores es exponencialmente mayor.
Una reflexión superficial podría conducirnos
entonces a creer que, ya que los escritores están bien,
la literatura también debe estar en el máximo
punto de su evolución, cuando lo cierto es que, a excepción
de algunas obras aisladas, no resiste una comparación
con aquello que se escribía hace sólo unas décadas
en genio y vigor.
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