por Andrés García
 
La gran literatura nace de los extremos. Bien sea del insólito abandono de un pueblo costeño, de la alineación de una burocracia despiadada, de la injusticia de los zares o de los horrores de las Guerras Mundiales. ¿Por qué? No lo sabemos... Quizás lo que sucede es que únicamente en aquel punto donde se pierden todas las referencias, puede un hombre ver las mismas cosas que han visto millones antes que él de un modo totalmente distinto.

Nuestra época no es una época extrema. Si miramos más allá del horror que desangra a Colombia, observaremos que el nuestro es un tiempo de hombres medianos. No hay grandes héroes, ni tampoco grandes villanos, porque toda acción debe ir respaldada no por la pasión, sino por un argumento racional. De hecho, hablar hoy de pasión es sinónimo de mal gusto; sólo se salva hasta cierto punto la pasión amorosa y únicamente si se padece por corto tiempo y no demasiado intensamente. Lo que nos lleva a una digresión importante: ¿Cómo escribir en una época donde uno debe sonrojarse al pronunciar palabras fundamentales como "espíritu" y "honor"?

Raul Fernando Zuleta "Zuleta"

Al observar la historia descubrimos que no es casual que estemos donde estamos. Como primer punto tenemos que desde la Ilustración la búsqueda fundamental de nuestra civilización se enuncia en tres principios: Igualdad, Fraternidad y Libertad. El problema es que, de ellos, el único que realmente se puede medir es el de la igualdad. ¿Y como se iguala una sociedad si no es sacando el promedio?.
La igualdad económica, quizás la única justificable, ha demostrado ser difícil de alcanzar, pero en otros aspectos ha triunfado este ideal: estamos hoy en presencia de una estandarización de los gustos, de los apetitos, de las pasiones. La literatura no es ajena a esta estandarización; basta ver los estantes de las librerías, plagados de libros de autosuperación, de poemitas insulsos, de predecibles best-sellers. La igualdad, entendida tal como se viene predicando desde hace dos siglos, no es entonces la búsqueda de una mejor humanidad, sino simplemente la aceptación de nuestros aspectos más vulgares.
Las editoriales buscan el público del "hombre común", del ciudadano promedio, porque es allí donde está el mercado... Y mercado es una palabra que sigue los tres principios de la Revolución Francesa; por una parte todos somos iguales ante las estadísticas y, por otra, podemos enunciar con orgullo: "Yo soy libre porque puedo comprar lo que quiera y tú eres mi hermano porque consumo lo que tú produces."
Ahora llegamos al meollo del asunto. La igualdad de gustos, representada en el mercado y forzada por una sociedad y un sistema educativo que aplastan la individualidad, "obliga" a las editoriales a buscar el gran público. Y qué quiere ese ciudadano promedio, ese "hombre común": ¿Acaso quiere épica de Quijotes que lo haga sentir más pequeño? ¿O quizás grandes angustias y pasiones que lo impulsen a contemplar insatisfecho su propia vida? No, el hijo de la democracia igualitaria quiere un libro que pueda leer, disfrutar y luego olvidar.
Ese libro puede emplear básicamente dos recursos. El primero, un tema con el que el hombre promedio se pueda identificar, cercano a su propia vida y que llene sus necesidades de cariño y comprensión, como los manuales de autoayuda o las novelas rosa. Y el segundo, una trama tan alejada y superficial que resulte por completo ajena y el lector pueda olvidarse de sí mismo por un rato, como es el caso de la mayoría de las novelas de espías y obras de suspenso.
La búsqueda de las grandes editoriales en nuestros días es entonces la búsqueda de la literatura light, de una literatura dietética donde los personajes no se angustian demasiado, no se apasionan más de la cuenta y no piensan más de lo estrictamente necesario.
Pero sería muy fácil culpar a las editoriales. Lo cierto es que los escritores tenemos la mayor de las responsabilidades. Es fácil vernos como víctimas de las políticas de mercado, pero ¿cuándo en la historia los escritores habíamos estado tan cómodos? Hoy no tenemos por qué pasar hambre en un cuartucho a lo Dostoievski, pues podemos conseguir empleo como profesores, guionistas de televisión o creativos en una agencia de publicidad. Desde la antigüedad clásica, nunca en la historia el gremio de escritores ha estado tan confortablemente instalado como hoy, disfrutando de tantas ventajas materiales y de tal prestigio social. Quizás por ello también hoy el número de escritores es exponencialmente mayor. Una reflexión superficial podría conducirnos entonces a creer que, ya que los escritores están bien, la literatura también debe estar en el máximo punto de su evolución, cuando lo cierto es que, a excepción de algunas obras aisladas, no resiste una comparación con aquello que se escribía hace sólo unas décadas en genio y vigor.
 

Raul Fernando Zuleta "Zuleta" Quizás la razón principal es que poco a poco los escritores hemos ido perdiendo nuestro furor. Al aceptar una sociedad donde todo se mide por la igualdad estadística, nos hemos estandarizado y nos hemos dejado atrapar por puestos y remuneraciones estables. ¿Cuántos entre quienes nos llamamos escritores dedicamos la mayor parte del tiempo a escribir? ¿Nos apasiona, de verdad nos apasiona, la literatura? ¿Qué lugar ocupa entre nuestras prioridades? ¿A qué estaríamos dispuestos a renunciar por ella? Respondamos honestamente: ¿En qué nos diferenciamos los escritores de oficio de aquellas personas que simplemente escriben por "hobby? ¿Hay alguna diferencia real aparte de una mejor redacción y ortografía?

 
Lo que sucede es mucho más preocupante que una variación de aquel viejo cuento de vender el alma por un pedazo de pan. Nos amenaza algo peor que el fin de la literatura; nos amenaza el fin de la pasión. Los escritores no somos víctimas, sino victimarios. Al renunciar al examen profundo de la vivencia humana, al aceptar las respuestas fáciles de las metas igualitarias, le negamos a la sociedad una de sus grandes fuerzas de transformación: personajes ficticios que osan llevar sus pasiones hasta el fin e inspiran a seres reales a atreverse.
Nada hay más triste en literatura que un escritor que ha renunciado al sueño de la gran obra. Ésa que lo definirá no ante los otros sino ante sí mismo, ésa que marcará el punto máximo de su búsqueda. Y no se puede llegar al máximo si no se ha renunciado al mínimo.
No basta con ser iguales, hay que ser mejores.

Andrés García. Escritor y ensayista. Colabora actualmente con la Revista Universidad de Antioquia. Tiene un libro inédito de cuentos: Los exiliados de la arena.

 
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