Los otros, de Alejandro Amenábar

CASA TOMADA
por Santiago Andrés Gómez

Amenábar, el director, es afortunadamente tan ambiguo en ésta como en sus otras películas. En un principio la voz de Nicole Kidman nos dice que nos contará una historia que demoró tres mil quinientos años en suceder, pero sólo terminó en siete días. ¿Se refiere a la historia de la Biblia? Después de preguntarnos ella misma que si ya estamos bien cómodos, nos ubicamos en una isla en el Canal de la Mancha, en 1944, en una gran mansión rodeada por la niebla, y un grito desgarra la pantalla.
 

Se trata de Grace, que ha despertado, al parecer, de una pesadilla. La cámara la capta tal como estaba antes de dormirse: en su misma perspectiva, con la cara acostada. Tres sujetos se acercan a la mansión y, entre ellos, en su diálogo, se preguntan por alguien. "Muerto, como todos los demás", es la respuesta. Tocan la puerta. Grace abre. Ellos se ofrecen para trabajar en la casa. Es precisamente lo que Grace esperaba, puesto que sus otros criados se han ido todos, de un momento a otro, hace poco.

 
Grace les indica que hay ciertas reglas que deben seguir en la casa. Una de ellas es mantener las cortinas negras corridas para que la luz no entre. Otra es que, para abrir cualquier puerta, la anterior debe estar cerrada. Todo esto atiende a una enfermedad que sufren sus hijos, una enfermedad que hace que su piel se lacere al contacto con la luz. Los criados, una chica muda, un jardinero anciano y Miss Lally, una ama de llaves en su madurez, no pueden preguntar por lo que ya son órdenes inflexibles de su patrona.

Los niños estudian con su mamá y esperan a su padre, que está en la guerra. Un día, mientras en la gran mansión cada uno lee la Biblia por separado, Grace escucha un llanto de niño. No sabe de quién se trata, primero va a donde su hijo, luego a donde la otra. El llanto de pronto se ha apagado. La niña habla de un tal Víctor que ve a veces. Grace no le cree. Su hermanito se siente asustado cuando, en la noche, la niña lo despierta para que vea a Víctor, que ha corrido las cortinas. El no lo ve porque, según ella, Víctor se ha escondido detrás de las cortinas. El niño trata de dormir, pero cuando su hermanita dice a Víctor que lo toque, y una mano toca su rostro, empieza a gritar.

Grace se ve cada vez más disturbada por estos incidentes. Un día, mientras sus hijos estudian otra vez la Biblia, ella escucha que alguien se mueve en el piso de arriba. Cuando se percata de que no puede ser alguien conocido, sube y descubre muchas figuras cubiertas por sábanas. Busca entre ellas la razón práctica de su desconcierto. Escucha susurros de una conversación a su alrededor. Quita desesperada las sábanas a las figuras, que son estatuas de santos, también un espejo con su propia imagen, en donde, atrás suyo, ve que la puerta se cierra sola; Grace se asusta de verdad.

En la noche escucha que tocan el piano de la mansión. Se levanta y baja al primer piso con su escopeta y cuando abre la puerta de la sala del piano, la música se detiene y no hay nadie sentado frente al piano abierto. Cierra el piano, sale en busca de quien haya podido ser el intérprete, no ve a nadie, va a entrar otra vez y un portazo desde adentro la tumba al suelo.

Alejandro Amenábar, que también es el músico de esta película, utiliza todos los trucos que el cine clásico de terror ya parecía haber gastado de tanto usar desde hace mucho tiempo, pero con una finura y una economía de medios tales que dejan de ser clichés para constituirse en sustancia de la película; no los advertimos desde antes, no sabemos que existen, pese a la sensación evidente de su inminencia. Los fantasmas no se hacen presentes. A veces dejan huellas, a veces pasan intempestivamente sobre nosotros, sin que percibamos más que el poder de una manifestación.

La hija de Grace dibuja a los fantasmas que ha visto. Hay, entre ellos, una mujer muy anciana, de ojos blancos, que "la asusta mucho". Una noche, buscándola, Grace ve a esa anciana con las ropas de su hija y trata de estrangularla, pero es su hija en realidad y ella ha tenido una ilógica y perversa alucinación. La niña, llorando, le reclama haberse puesto "como en aquella otra ocasión". ¿Cuál otra ocasión? No lo sabemos bien aún.

Entre tanto, los criados permanecen al margen de la situación. Miss Lally, que no puede evitar enfrentarse a la patrona, trata de aconsejarla y, cuando debe aceptarlo, le dice que ella también cree en fantasmas. Grace decide ir al pueblo en busca de ayuda, pero la densa niebla la hace perder. Es cuando se encuentra con su esposo, que vuelve a casa, pero no por mucho tiempo. Él recibe quejas de su hija, Grace lo abraza, pero parece lejos de todo, atado al campo de batalla, abstraído por el olor de una muerte que ya no lo abandona. Grace se lamenta, pues dice que él se marchó a la guerra por huir de ella. Llora y se aman. Al otro día se marcha.
 

 

Los criados han ocultado, con un montón de hojas secas, unas cruces de cementerio que sobresalen en el terreno de la mansión. Un día, cuando ya todo parece que va a explotar de tensión, los niños despiertan y ven que no hay cortinas. Empiezan a gritar. Su madre trata de ocultarlos en cualquier sombra, pero no hay cortinas en toda la casa -a ellos, por demás, parece que no les sucede nada aún estando expuestos a la luz-. Todo indica que hay una especie de conspiración por parte de los criados y Grace los echa. Miss Lally le dice al jardinero que ya no aguanta más, que quiten las hojas que cubrían las tumbas del cementerio.

En una brillante secuencia de montaje paralelo, mientras la niña va en busca de su padre y halla las tumbas y Grace descubre una foto de los criados muertos en el siglo XIX, se descubre que los muertos del cementerio son los criados. Los niños se refugian en el armario de su pieza y empiezan a oír unas voces que los invitan a jugar. La puerta se abre: es la vieja de ojos blancos. Miss Lally le ha dicho a Grace que ellos no quieren hacer daño a la familia. Grace encuentra a sus niños acompañados de otra familia, la familia de Víctor, que hace juegos espiritistas y, cuando arranca las hojas que escribe la espiritista de ojos blancos, cuando les mueve la mesa, todos la toman por fantasma. Es verdad. Sus hijos, y ella, son los fantasmas. Ella los había matado a ellos, en uno de esos ataques histéricos que le hemos visto en toda la película, enloquecida por unas condiciones de vida así como las de su casa, segura también de haber perdido a su marido. Amenábar trata, como vemos, el tema de Medea desde una perspectiva católica, pues al final el alma o el espíritu de Miss Lally la invita a la reconciliación con sus hijos. Los fantasmas del principio son los seres reales del final. Los otros se convierten en nosotros, hablando de espíritus, nada hay más real. "¿Acaso no somos espíritus que se han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?", dice Carlyle.

 
Otto Preminger era austríaco y su cine, pese a ser americano, es europeo también, y lo mismo se puede decir del cine de muchos maestros americanos como el turco Elia Kazan, el alemán Billy Wilder, el inglés Alfred Hitchcock o el irlandés John Ford. Luis Buñuel fracasó de algún modo en los grandes estudios y Amenábar, como él, realiza su primera película americana de modo independiente. Le garantiza la producción y la distribución el nombre de Tom Cruise, quien lo apadrinó luego de ver Abre los ojos, por los derechos de la cual pagó también para producirla nuevamente y protagonizarla. El caso es que Los otros, más aún que Abre los ojos, es una película atípica en el mercado del costoso cine de los Estados Unidos, y el hecho de su gran taquilla, apoyada, sin duda, por la presencia de Kidman y el nombre de Cruise en el afiche, en momentos de separación de la pareja, no deja de hacer de Amenábar un cineasta tan autor de sus obras como cuando era un estudiante universitario. Sucede que desde siempre ha sido un gran maestro, así de simple.
 

 
 
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