I
nteligencia artificial, de Steven Spielberg

LA NARANJA MECÁNICA
por Santiago Andrés Gómez - La palomera perdida

Pocos se han fijado en la lista completa de efectos futuros sobre el planeta que el narrador de esta película expone al principio para ubicarnos, en realidad, en el presente. Yo recuerdo estos: los calores del invernadero han inundado las ciudades costeras, incluyendo Nueva York y Venecia; los gobiernos penalizan la procreación; mueren de hambre millones de personas en el Tercer Mundo. La historia interna de la película está en el futuro, pero nos trae al presente, nos muestra lo que somos: la fantasía nos habla de una realidad. Si se dice que han creado unos robots humanoides es porque somos robots virtuales.
 

Esta película, por la fórmula que le sirve de principio, nos muestra a un Spielberg en verdad cercano a su vena trascendental, la de Encuentros cercanos del tercer tipo, porque trata sobre un tema -al que tiene completo acceso- que involucra mucho de lo que a la humanidad concierne, a él interesa y al cine implica. Igual que Kubrick con Dr. Strangelove y 2001, Spielberg es un cineasta americano perfeccionista y conciente de que lo que hace se ve, se comenta y se aplica en las más altas esferas del planeta.

 
Kubrick pertenecía a una élite intelectual que se escandalizaba con la moral radical y el escándalo de Kubrick. De algún modo les resultó conveniente que este tema, realmente profundo y a la vez atractivo para las grandes masas, quedara en manos de Spielberg cuando Stanley Kubrick murió, un día después de enviar la primera copia lista de Ojos completamente cerrados a sus productores. Spielberg la hizo mucho más rápido de lo que la hubiera hecho Kubrick, sin duda, y por eso, a pesar de tener toda la tecnología del mundo y la usual perfección de Spielberg, es mucho menos inspirada visualmente que cualquier imagen de Kubrick. Esto se nota en planos que, además, pretenden ser homenaje a Kubrick.

Pero lo peor es la evidencia del compromiso político de Spielberg. Como en El planeta de los simios, de Burton, el director toma posiciones en cuanto al predominio de razas. Burton, muy sutil o abigarradamente, inmiscuye detalles que dejan ver el gobierno de la paradoja en estas relaciones de poder. Spielberg, al contrario, es demasiado evidente cuando es una negra, entre muchos blancos y una robot rubia, quien habla del conflicto esencial de la historia: ¿qué es lo que se le debe dar a cambio a una máquina humanoide que, además de desarrollar memoria y hábitos, lenguaje y puntos de vista, nos ame, nos necesite y nos quiera, una máquina que sueñe? El creador de este tipo de robot, personificado por William Hurt, sabe, en todo caso, que es la cuestión esencial.

Los robots están hechos para superar limitaciones humanas. Si creamos un robot superhumano estaremos creando un hombre inhumano. Si creamos, de otro lado, un robot humano, un robot que necesite del afecto de una identidad perdida, estaremos en verdad creando al hombre mismo. Esta es una inquietud que tuvo Kubrick siempre ante los impulsos mecánicos y la conciencia moral del ser en la creación de su destino. Para Spielberg en cambio es una realidad que no requiere mayor reflexión.

Cuando un niño se accidenta y queda en coma, y su familia decide criogenizarlo (algo insuficiente para su padre, quien a su vez tiene la opción de comprar el primer robot sustituto como hijo), en ese instante, aparece David en la película. Su presencia sirve a Spielberg para hacer comedia un rato, sobre todo cuando aparece el verdadero hijo de la pareja, a quien han podido sanar. El lenguaje audiovisual de Spielberg es el preciso de un storyboard o una tira cómica, y en ciertos momentos lo manipula para, además de motivar situaciones inventivas, mostrar la naturaleza propia de la historia. Pero él es un juguetón que se queda en la gracia superficial de los códigos y que cuando expresa algo es exageradamente conciente.

Algunos accidentes permiten suponer al padre artificial de David que ha querido matar a su verdadero hijo, entonces decide devolverlo para que acaben con él, pero su esposa, conmovida, prefiere abandonar a David con un osito, un superjuguete, un robot, que es su amigo. David se encuentra con otro robot que está especializado en cumplir funciones de amante, como nos lo muestra tal vez la mejor secuencia de la película, con una mujer que necesita de sus servicios pero es asesinada cuando está con él, por lo que sabe que será detectado y destruido. Aquí se hace implícito que estos robots temen a la muerte, cosa que nunca se había dicho y que los humaniza tanto como el amor, del que sólo David es depositario.

Los humanos, como ha dejado ver el falso papá de David, no muestran ningún reparo en acabar con los robots. Tan pronto David está lejos de su hogar, como los simios con los humanos en El planeta de los simios, los humanos persiguen a los robots, que se llaman Meca, como los replicantes de Blade Runner. A partir de este momento Spielberg despliega todo su militarismo visual de alta tecnología y cerebro Disney, desde el circo donde destrozan los Meca hasta la falsa ciudad del juego, el placer y la lujuria, que recuerda, en este caso fatalmente, a ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, adonde el robot amante ha llevado a David para ayudarlo a encontrar el Hada Azul de Pinocho y así poder ser humano y recibido de nuevo en casa.

El doctor Sétodo, un olograma interactivo, le da una dirección a David y David parte en busca del Hada Azul y encuentra a William Hurt, su fabricante. Hurt tiene en su escritorio una foto de un niño igual a David. No sabemos si el inventor ha aprovechado la figura de su hijo para crear a David o si la foto es de David, el primer ejemplar de los demás David que David encuentra puestos en fila, listos para despachar. Hurt le dice haber puesto el nombre del Hada Azul en la información del Dr. Sétodo y su propia dirección porque sabía que David buscaría información del Hada Azul y por eso lo estaba esperando allí.

David es apresado en el fondo del mar para que en un futuro otros seres lo rescaten. Con la ilusión del Hada Azul lo enjaulan al frente de una estatua igual a la del Hada Azul, a la cual él se queda hablando cuando se duerme porque han pasado dos mil años y unos seres humanoides, no humanos, lo sacan de su sueño. Estos seres, como Hurt, explican la situación verbalmente, cuando lo impresionante han sido las imágenes del fondo del mar, verdaderamente notables, y ellas han sido las que se han impuesto para uno entender o sólo seguir la trama.

Al parecer, según estos seres que despiertan a David, en el tiempo queda el hilo del pasado de todas las cosas que nos sucedieron y que hicimos. A final de cuentas parece que todo existe y sucede y por lo tanto se podría volver al pasado ya que está en todos los sitios. Estos seres pretenden cumplir el sueño de lo único humano que queda sobre el planeta, que son los sueños de David, y traer de nuevo a la vida un ser humano de esos sueños: la madre de David. Pero sólo un día podrá durar ese regalo porque luego ella, como David, se desvanece tan pronto duermen, se disuelven en la noche, madre de todos los sueños.

Suena bien, pero la historia tiene una densidad y una abstracción que no conjugan con el aliento de cine de aventuras que la película pretende emanar en conjunto. Spielberg tratando de hacer Stalker o 2001 o, por supuesto, Solaris, no resulta sino en una mixtura indigesta. Vuelve uno a pensar en la honda significación de películas más sólidas y comprometidas y claras como Ojos completamente cerrados. En realidad, el único que podía haber hecho la película se llamaba Stanley Kubrick.

Pero Kubrick murió un día después de terminar esa película de altas conjuraciones, Ojos completamente cerrados, en una semana misteriosa en la que murieron Guayasamín, Bioy Casares y Menuhin. Esos ancianos magistrales en la filigrana de sus obras humanistas se perdieron y el cine de Kubrick quedó en manos de una verdadera inteligencia artificial, una verdadera naranja mecánica, una sensibilidad falsa.

 

 

 
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