Kubrick pertenecía a una élite intelectual que
se escandalizaba con la moral radical y el escándalo
de Kubrick. De algún modo les resultó conveniente
que este tema, realmente profundo y a la vez atractivo para
las grandes masas, quedara en manos de Spielberg cuando Stanley
Kubrick murió, un día después de enviar
la primera copia lista de Ojos completamente cerrados
a sus productores. Spielberg la hizo mucho más rápido
de lo que la hubiera hecho Kubrick, sin duda, y por eso, a
pesar de tener toda la tecnología del mundo y la usual
perfección de Spielberg, es mucho menos inspirada visualmente
que cualquier imagen de Kubrick. Esto se nota en planos que,
además, pretenden ser homenaje a Kubrick.
Pero lo peor es la evidencia del compromiso
político de Spielberg. Como en El planeta de los
simios, de Burton, el director toma posiciones en cuanto
al predominio de razas. Burton, muy sutil o abigarradamente,
inmiscuye detalles que dejan ver el gobierno de la paradoja
en estas relaciones de poder. Spielberg, al contrario, es
demasiado evidente cuando es una negra, entre muchos blancos
y una robot rubia, quien habla del conflicto esencial de la
historia: ¿qué es lo que se le debe dar a cambio
a una máquina humanoide que, además de desarrollar
memoria y hábitos, lenguaje y puntos de vista, nos
ame, nos necesite y nos quiera, una máquina que sueñe?
El creador de este tipo de robot, personificado por William
Hurt, sabe, en todo caso, que es la cuestión esencial.
Los robots están hechos para superar
limitaciones humanas. Si creamos un robot superhumano estaremos
creando un hombre inhumano. Si creamos, de otro lado, un robot
humano, un robot que necesite del afecto de una identidad
perdida, estaremos en verdad creando al hombre mismo. Esta
es una inquietud que tuvo Kubrick siempre ante los impulsos
mecánicos y la conciencia moral del ser en la creación
de su destino. Para Spielberg en cambio es una realidad que
no requiere mayor reflexión.
Cuando un niño se accidenta y queda
en coma, y su familia decide criogenizarlo (algo insuficiente
para su padre, quien a su vez tiene la opción de comprar
el primer robot sustituto como hijo), en ese instante, aparece
David en la película. Su presencia sirve a Spielberg
para hacer comedia un rato, sobre todo cuando aparece el verdadero
hijo de la pareja, a quien han podido sanar. El lenguaje audiovisual
de Spielberg es el preciso de un storyboard o una tira cómica,
y en ciertos momentos lo manipula para, además de motivar
situaciones inventivas, mostrar la naturaleza propia de la
historia. Pero él es un juguetón que se queda
en la gracia superficial de los códigos y que cuando
expresa algo es exageradamente conciente.
Algunos accidentes permiten suponer al padre
artificial de David que ha querido matar a su verdadero hijo,
entonces decide devolverlo para que acaben con él,
pero su esposa, conmovida, prefiere abandonar a David con
un osito, un superjuguete, un robot, que es su amigo. David
se encuentra con otro robot que está especializado
en cumplir funciones de amante, como nos lo muestra tal vez
la mejor secuencia de la película, con una mujer que
necesita de sus servicios pero es asesinada cuando está
con él, por lo que sabe que será detectado y
destruido. Aquí se hace implícito que estos
robots temen a la muerte, cosa que nunca se había dicho
y que los humaniza tanto como el amor, del que sólo
David es depositario.
Los humanos, como ha dejado ver el falso papá
de David, no muestran ningún reparo en acabar con los
robots. Tan pronto David está lejos de su hogar, como
los simios con los humanos en El planeta de los simios,
los humanos persiguen a los robots, que se llaman Meca, como
los replicantes de Blade Runner. A partir de este momento
Spielberg despliega todo su militarismo visual de alta tecnología
y cerebro Disney, desde el circo donde destrozan los Meca
hasta la falsa ciudad del juego, el placer y la lujuria, que
recuerda, en este caso fatalmente, a ¿Quién
engañó a Roger Rabbit?, adonde el robot
amante ha llevado a David para ayudarlo a encontrar el Hada
Azul de Pinocho y así poder ser humano y recibido de
nuevo en casa.
El doctor Sétodo, un olograma interactivo,
le da una dirección a David y David parte en busca
del Hada Azul y encuentra a William Hurt, su fabricante. Hurt
tiene en su escritorio una foto de un niño igual a
David. No sabemos si el inventor ha aprovechado la figura
de su hijo para crear a David o si la foto es de David, el
primer ejemplar de los demás David que David encuentra
puestos en fila, listos para despachar. Hurt le dice haber
puesto el nombre del Hada Azul en la información del
Dr. Sétodo y su propia dirección porque sabía
que David buscaría información del Hada Azul
y por eso lo estaba esperando allí.
David es apresado en el fondo del mar para
que en un futuro otros seres lo rescaten. Con la ilusión
del Hada Azul lo enjaulan al frente de una estatua igual a
la del Hada Azul, a la cual él se queda hablando cuando
se duerme porque han pasado dos mil años y unos seres
humanoides, no humanos, lo sacan de su sueño. Estos
seres, como Hurt, explican la situación verbalmente,
cuando lo impresionante han sido las imágenes del fondo
del mar, verdaderamente notables, y ellas han sido las que
se han impuesto para uno entender o sólo seguir la
trama.
Al parecer, según estos seres que despiertan
a David, en el tiempo queda el hilo del pasado de todas las
cosas que nos sucedieron y que hicimos. A final de cuentas
parece que todo existe y sucede y por lo tanto se podría
volver al pasado ya que está en todos los sitios. Estos
seres pretenden cumplir el sueño de lo único
humano que queda sobre el planeta, que son los sueños
de David, y traer de nuevo a la vida un ser humano de esos
sueños: la madre de David. Pero sólo un día
podrá durar ese regalo porque luego ella, como David,
se desvanece tan pronto duermen, se disuelven en la noche,
madre de todos los sueños.
Suena bien, pero la historia tiene una densidad
y una abstracción que no conjugan con el aliento de
cine de aventuras que la película pretende emanar en
conjunto. Spielberg tratando de hacer Stalker o 2001
o, por supuesto, Solaris, no resulta sino en una mixtura
indigesta. Vuelve uno a pensar en la honda significación
de películas más sólidas y comprometidas
y claras como Ojos completamente cerrados. En realidad,
el único que podía haber hecho la película
se llamaba Stanley Kubrick.
Pero Kubrick murió un día después
de terminar esa película de altas conjuraciones, Ojos
completamente cerrados, en una semana misteriosa en la
que murieron Guayasamín, Bioy Casares y Menuhin. Esos
ancianos magistrales en la filigrana de sus obras humanistas
se perdieron y el cine de Kubrick quedó en manos de
una verdadera inteligencia artificial, una verdadera naranja
mecánica, una sensibilidad falsa. |